Pieza independiente
Helicobacter pylori · Fremantle, julio de 1984
Caldo de carne
I
A finales de julio de 1984, en un hospital de Fremantle, en la costa oeste de Australia, un médico de treinta y dos años se bebió un vaso de caldo de carne con mil millones de bacterias dentro. Era martes y eran las diez de la mañana.
Se llamaba Barry Marshall y era médico en formación en el servicio de microbiología. Había pedido que le hicieran una endoscopia antes, para dejar constancia de que su estómago estaba limpio [con biopsia, y salió negativa].
Al tercer día tenía náuseas; su madre le dijo que le olía mal el aliento. Después empezó a vomitar, por la mañana, sin fiebre.
El día diez le repitieron la endoscopia. El estómago estaba inflamado y lleno del organismo que se había tragado.
No le salió una úlcera. Le salió una gastritis, que es otra cosa y es la que había que demostrar.
Tomó antibióticos, se curó y publicó el caso.
II
Lo que aquel vaso contradecía llevaba en pie setenta y cuatro años y tenía forma de frase.
En 1910 un cirujano alemán la había dejado escrita en cinco palabras: «sin ácido no hay úlcera». La frase era correcta en su mitad mecánica, porque sin ácido la mucosa no se digiere a sí misma, y de esa mitad correcta salió todo lo demás.
Si la causa era el ácido, la pregunta siguiente era por qué unas personas fabricaban de más. La respuesta que se dio durante medio siglo fue ésta: el carácter. Se describió un tipo de enfermo de úlcera —ambicioso, contenido, incapaz de parar— y se le trataron los nervios con dietas de leche, reposo, sedantes y, en los casos serios, una operación que cortaba el nervio que ordena secretar ácido al estómago [el vago, seccionado a propósito].
Desde 1976 hubo además pastillas que apagaban la secreción. Funcionaban muy bien. La úlcera cerraba en semanas y volvía en meses; había que seguir tomándolas.
En 1988, una de esas pastillas era el medicamento más vendido del mundo y fue el primero de la historia en pasar de mil millones de dólares al año.
Un tratamiento que hay que repetir toda la vida es un buen negocio y también es una descripción exacta de una enfermedad mal entendida.
III
El organismo mide entre dos y tres micras [una célula de la piel mide treinta] y es una espiral con cuatro o seis colas que giran.
No vive en el ácido. Vive en la capa de moco que recubre el estómago por dentro, pegada a las células y por debajo de esa capa, donde el pH está cerca del neutro; el ácido queda por encima, en la cavidad, que es donde todo el mundo miraba.
Para el tránsito hasta ahí hay un mecanismo que no es una defensa sino una química. La bacteria fabrica una enzima que parte la urea —una molécula que está en el estómago de cualquiera, disuelta— y la parte en dióxido de carbono y amoniaco. El amoniaco es alcalino; neutraliza el ácido de alrededor en una nube de unas pocas micras.
No hay decisión en ninguna parte de esto. Las estirpes que llevaban esa enzima dejaron descendencia en un estómago y las que no la llevaban no la dejaron, y eso es todo lo que significa que hoy la lleven todas.
El mismo mecanismo sirve hoy para detectarla. Se le da al paciente urea marcada, se le hace soplar en una bolsa a los veinte minutos y se mide lo que ha partido.
IV
La habían visto antes y está publicado.
La primera descripción de bacterias en el borde de una úlcera humana es de 1875. En 1893 un histólogo italiano, Giulio Bizzozero, las dibujó en el estómago de perros, con detalle y con lámina. En 1906 aparecieron en estómagos de enfermos de cáncer. En 1938 un patólogo las encontró en series de autopsias; en 1940, dos investigadores las encontraron en estómagos extirpados en quirófano.
Cinco hallazgos en sesenta y cinco años, cada uno publicado, cada uno olvidado.
En 1954 se cerró el asunto. Un gastroenterólogo de Washington, Eddy Palmer, hizo el estudio más grande que se había hecho: mil ciento ochenta personas, una quinta parte sanas y el resto con molestias digestivas, con un aparato de succión que sacaba la muestra a ciegas [a ciegas quiere decir sin ver de dónde]. Buscó específicamente los organismos que los otros decían haber visto y no encontró ninguno. Concluyó que lo descrito hasta entonces era contaminación de la superficie por bacterias tragadas.
El trabajo era grande, era cuidadoso y era el mejor diseñado de todos. Tiñó las muestras con hematoxilina-eosina, que es el colorante corriente de cualquier laboratorio de anatomía patológica y el que mejor enseña la forma de un tejido.
Con esa tinción el organismo no se ve.
Veinticinco años sin que nadie volviera a mirar.
V
En 1979, en Perth, un patólogo llamado Robin Warren estaba revisando una biopsia gástrica de rutina teñida con plata.
La tinción de plata deposita metal alrededor de lo que hay y lo saca del fondo en negro; Warren vio bacterias curvadas en la superficie del epitelio, en gran cantidad, y vio que debajo de ellas el tejido estaba inflamado. Empezó a buscarlas en todas las biopsias que le llegaban y aparecían una y otra vez.
El médico joven del hospital se interesó y se pusieron a cultivarlas, sin conseguirlo durante meses [el cultivo salió por accidente, en unas placas que se quedaron olvidadas en la incubadora durante un puente de Pascua].
En 1983 publicaron dos cartas y en 1984 un artículo. La reacción fue tibia y razonable: una bacteria que aparece encima de un tejido inflamado puede estar causando la inflamación o puede estar instalada en un tejido que ya estaba inflamado por otra cosa, y la histología sola no distingue las dos cosas.
Lo que hacía falta era otra cosa: dársela a alguien sano y ver qué pasaba. Se intentó con lechones y no funcionó, porque el organismo es casi exclusivo del estómago humano.
De ahí el vaso de caldo.
VI
Lo que cambió en 1984 no fue el conocimiento. Fue el sitio donde se permitía que estuviera la causa.
Los datos estaban desde 1875 y se descartaron cinco veces, y no se descartaron por descuido: se descartaron porque una bacteria en el moco no explica lo único que un médico tiene delante, que es por qué este enfermo y no el de al lado.
El carácter sí lo explicaba. La úlcera del ejecutivo contenido era una respuesta completa al caso concreto, con su biografía, su trabajo y su manera de callarse, y por eso aguantó setenta años sin una sola prueba.
Y la objeción de entonces sigue viva, que es lo incómodo. La lleva la mitad de la humanidad [unos cuatro mil millones de personas]. La inmensa mayoría de los que la llevan no tienen úlcera nunca y se mueren de otra cosa a los ochenta años con la bacteria puesta desde la infancia.
De modo que la pregunta que hacía la doctrina vieja [por qué éste] nunca ha tenido respuesta, y la respuesta nueva contestó a otra pregunta. Una explicación que sirve para la enfermedad y no sirve para el enfermo tardó un siglo en imponerse sobre una que servía para el enfermo y no explicaba la enfermedad.
VII
A ella no le pasó nada de esto.
Estaba en los mismos estómagos antes de 1875 y después de 1984, en la misma capa de moco y a la misma profundidad, partiendo urea. No se enteró de que la fotografiaron en 1893, ni de que en 1954 se decidió que no existía, ni de que en 1989 dejó de llamarse «Campylobacter» y se le dio el género con el que se la conoce, ni de que en 2005 dos hombres fueron a Estocolmo por haberla mirado.
En 1994 se la clasificó como cancerígeno de grupo uno: la misma categoría que el tabaco y el amianto. Ese mismo año, un comité recomendó por primera vez tratar la úlcera con antibióticos.
Ciento nueve años desde la primera vez que se describió en el borde de una úlcera hasta el vaso de caldo.
Mil ciento ochenta estómagos mirados en 1954 con el colorante que no la enseña.
Veinticinco años entre ese estudio y la biopsia teñida con plata.
Quince años más entre esa biopsia y la recomendación de dar antibióticos.
Mientras tanto, el medicamento más vendido del mundo era uno que había que tomar todos los días para que la úlcera no volviera.