Pieza independiente

Franz Boas · Nueva York, 1912

Cambió en una generación

I

La comisión del Congreso que estudiaba la inmigración entre 1907 y 1911 produjo cuarenta y dos volúmenes, y uno de ellos lo firmó Franz Boas.

El encargo era directo. Había que documentar los tipos físicos de las poblaciones que estaban llegando a los puertos del este, porque la discusión política de aquellos años giraba en torno a si los recién llegados del sur y del este de Europa eran asimilables o constituían un material humano distinto.

Boas aceptó, pidió dinero para hacerlo bien y montó un dispositivo que nadie había montado antes a esa escala [el presupuesto fue de unos cien mil dólares de entonces]. Equipos de medidores recorrieron escuelas, talleres y viviendas de Nueva York durante dos años [hubo que formarlos, y Boas escribió el manual de procedimiento].

Midieron a 17.821 personas, una por una, con el mismo compás y el mismo plano de orientación. Inmigrantes llegados de adultos y sus hijos nacidos en Estados Unidos, de las mismas familias siempre que se pudo.

II

Lo que se medía era, sobre todo, el índice cefálico.

Es un número sencillo. Se toma la anchura máxima de la cabeza, se divide por su longitud máxima y se multiplica por cien [el compás de espesor cuesta poco y no se descalibra]. Un valor bajo significa una cabeza alargada; uno alto, una cabeza redonda. Nada más.

Retzius lo había definido en 1842, y desde entonces era el instrumento central de la clasificación racial europea. Tenía dos virtudes que lo hacían irresistible; se toma en dos minutos con un compás, y el resultado es un número limpio que se puede promediar y tabular.

Y tenía una propiedad que nadie ponía en duda. Se suponía estable. Era el carácter que no se movía, el que permanecía igual generación tras generación y permitía por tanto rastrear poblaciones a través de los siglos.

Toda la construcción dependía de eso. Un rasgo que cambia no sirve para marcar un tipo.

III

Boas comparó el índice de los padres con el de los hijos, y se movía.

Los grupos que llegaban con cabezas largas las tenían más redondas en la generación nacida allí; los de cabezas redondas, más alargadas. Los dos se desplazaban, en direcciones contrarias, hacia valores intermedios.

Y había un segundo hallazgo que ataba el primero — el desplazamiento era mayor cuanto más tiempo llevaba la madre en el país antes del parto. Un niño nacido a los diez años de la llegada se apartaba más del tipo de sus padres que uno nacido al año.

Eso descarta la explicación fácil [que fueran matrimonios entre grupos distintos]. Si fueran matrimonios mixtos, el tiempo de residencia de la madre no tendría por qué importar. Lo que la cifra señalaba era el entorno — alimentación, enfermedad, condiciones de la casa, lo que pasa en el útero y en los primeros años.

El carácter estable no era estable, y la palabra que sobraba era la primera. Se movía en una sola generación, dentro de la misma familia, sin que cambiara la ascendencia de nadie.

IV

El informe se publicó en 1912 y hay que decir qué efecto tuvo, porque el efecto fue ninguno.

No se ocultó, no se tergiversó y no se discutió. Se publicó entero, con sus tablas, y la comisión siguió adelante como si no lo hubiera encargado.

La comisión lo incluyó en sus volúmenes y recomendó restringir la inmigración. En 1924 se aprobó una ley de cuotas por nacionalidad, calculada para reducir al mínimo la entrada desde el sur y el este de Europa, y estuvo vigente cuarenta años.

Boas pasó el resto de su vida discutiendo contra eso, y lo hizo desde dentro: formó a una generación entera de antropólogos estadounidenses y les dejó escrito que la cultura no se hereda en el hueso. En 1933 los nazis quemaron sus libros. Él murió en 1942 en un almuerzo en Nueva York, hablando de racismo, en mitad de una frase.

Hay además una objeción contra mí mismo que es seria y que conviene poner. En 2002, un reanálisis de los datos originales sostuvo que los efectos que Boas había encontrado eran pequeños y que su interpretación los había estirado. Al año siguiente, otro equipo reanalizó los mismos datos con otros métodos y concluyó que Boas tenía razón.

Es la misma estructura que la disputa sobre Morton, con los papeles cambiados; dos relecturas modernas de un dato antiguo que no coinciden. Y es el mismo recordatorio — que un reanálisis no es un veredicto, es otra lectura con sus propios supuestos.

V

Lo que no está en disputa es lo que el episodio enseña sobre el instrumento.

El índice cefálico se midió bien durante setenta años. Nadie falseó compases y las series publicadas eran, en general, correctas. El problema nunca fue la precisión.

El problema era que se había decidido de antemano qué significaba el número, y esa decisión no se revisaba al llegar datos nuevos. Cuando un cráneo no encajaba, se buscaba una explicación para el cráneo; nunca para la tabla.

Boas no inventó un instrumento nuevo ni refutó nada desde fuera. Usó el mismo compás, en el mismo plano, con la misma fórmula, y le hizo una pregunta que nadie le había hecho: si esto es estable, ¿qué pasa si mido a los padres y a los hijos?

Bastó con tomarle la palabra.

VI

En la comisión que encargó aquel trabajo no había ningún interés en demostrar lo que se demostró. Querían un catálogo de tipos y pagaron por él.

Lo que recibieron fue un documento, impreso con dinero público y encuadernado junto a los otros cuarenta y un volúmenes, que decía que la medida sobre la que se apoyaba toda la clasificación se movía sola en un barco y dos décadas.

Lo publicaron igual. Después aprobaron la ley.

El informe ocupa el volumen treinta y ocho, encuadernado en el mismo tafilete que los demás, con el sello del Senado en la portada.

Nadie lo retiró y nadie lo discutió en la comisión. Simplemente se archivó junto a los otros cuarenta y uno, y el que quisiera leerlo podía.

Los datos de 1912 siguen disponibles, tabulados, con las series completas. Cualquiera puede bajarlos y volver a mirarlos, que es lo que se hizo en 2002 y en 2003 y lo que se seguirá haciendo.

Es la única cosa buena que la antropometría dejó montada: la costumbre de publicar la serie entera y no solo la conclusión.

Sin esa costumbre, nada de esta serie se podría contar. No habría cuadernos de Morton que volver a medir en 2011, no habría tablas de Boas que volver a analizar en 2003, y no habría manera de distinguir a quien se equivocó de quien mintió.

Los que montaron el aparato dejaron, sin querer, el instrumento con el que se les desmonta.

Es poca cosa al lado de lo demás. Pero es lo que separa una ciencia equivocada de una creencia, y la diferencia importa, porque una creencia no tiene cómo corregirse.

James Void Voyage · 12.10.2026