Pieza independiente
Catorce pinchazos
Vacuna antirrábica · Joseph Meister, 6 de julio de 1885
I
El 6 de julio de 1885, en un laboratorio de París que no era una clínica, un químico que no era médico le puso la primera inyección a un niño alsaciano de nueve años al que había mordido un perro rabioso dos días antes.
El niño se llamaba Joseph Meister. Tenía catorce mordeduras en las piernas, en las manos y en los muslos, algunas profundas, lavadas con ácido fénico por un médico de pueblo doce horas después del ataque.
La rabia, una vez que aparecen los síntomas, mata siempre. Entonces y ahora [hay tres o cuatro supervivientes documentados en la historia, y sobre todos ellos se discute].
Louis Pasteur no tenía licencia para tratar a nadie y lo sabía perfectamente; hizo venir a dos médicos para que examinaran al niño y firmaran, y uno de ellos le puso las inyecciones. El material era médula de conejo infectada y secada al aire durante días [catorce frascos numerados, uno por jornada de secado], que es como se debilitaba entonces un virus.
Trece inyecciones en diez días, empezando por la médula más vieja y menos peligrosa y terminando por la más fresca y más virulenta.
Meister no enfermó. Volvió a Alsacia y vivió.
De aquellos diez días no queda un relato suyo. Lo que hay es el cuaderno del laboratorio, con las fechas y los números de frasco, y una carta en la que Pasteur cuenta que no dormía por las noches pensando en lo que había hecho [«una angustia que no se puede describir», escribió]. Del niño, nada. Tenía nueve años, hablaba alsaciano y estaba en una ciudad que no conocía, con su madre, esperando a que le pincharan otra vez al día siguiente.
En los meses siguientes llegaron al laboratorio cientos de personas mordidas, desde Rusia y desde América, y Pasteur las fue tratando en una escalera que no era una consulta. En un año habían pasado por allí más de dos mil quinientas personas; la escalera se convirtió en un instituto.
II
Hay que decir en qué consistía el riesgo, porque no era el que parece.
Pasteur no estaba probando si su preparado funcionaba contra la rabia; estaba haciendo algo más incómodo, que era inocular a un niño sano material infeccioso, cada día un poco más virulento, con la esperanza de ir por delante de la enfermedad que ya venía subiendo por sus nervios.
Si se equivocaba en el orden o en los plazos, el tratamiento lo mataba; el propio remedio era el riesgo.
Hay otra cosa que el relato heroico suele saltarse, y es la que más pesa. No se sabe si aquel perro tenía rabia. No se le hizo comprobación. Una parte de los mordidos por perros rabiosos no desarrolla la enfermedad, de modo que Meister podría haberse salvado sin nada.
Aquello no era un ensayo clínico. Era una apuesta con un niño encima de la mesa, hecha por alguien que no podía firmarla.
III
A mí me mordió un perro en 2019, en un camino, en el muslo, y no pasó nada porque en Europa occidental la rabia urbana está eliminada.
Pero la profilaxis existe y la he visto de cerca: un amigo se encontró un murciélago en el dormitorio de una casa rural y le dijeron que no había manera de descartar un contacto mientras dormía. Le pusieron inmunoglobulina alrededor del sitio y cuatro dosis de vacuna repartidas en dos semanas.
Lo que a mí me tocó fue lo pequeño, la parte aburrida y gratuita. Lavado con jabón durante quince minutos largos en un baño de gasolinera, con el agua saliendo tibia y el jabón rosa de dispensador [la parte del tratamiento que más reduce el riesgo y la que nadie recuerda].
Una dosis de vacuna antirrábica, en una clínica del viajero, cuesta en España unos sesenta euros [la pauta completa son cuatro, más la inmunoglobulina si hay herida]. La inmunoglobulina, que se calcula por peso, puede pasar de los mil.
Hay países donde eso es más que un salario mensual, y ahí la rabia mata cada año a decenas de miles de personas —casi todas niños, casi todas mordidas por perros—. Es una enfermedad completamente evitable desde 1885.
IV
Por dentro, esta carrera es de las más raras de la biología.
El virus de la rabia entra por el músculo en el sitio del mordisco y no se mete en la sangre [sería un error suyo], porque allí lo estarían esperando. Lo que hace es buscar la terminación de un nervio y meterse dentro.
Después viaja por el interior del nervio hacia la médula y hacia el cerebro, a favor del sistema de transporte que la propia célula usa para mover cosas, y a una velocidad ridícula: unos pocos centímetros al día.
Esa lentitud es la única razón de que exista un tratamiento.
Porque mientras el virus sube por dentro del cable, escondido de la vista, el sistema inmunitario no se entera de nada; no hay fiebre, no hay inflamación, no hay síntomas. Ahí es donde entra la vacuna: llega por otra vía, se encuentra con las defensas en los ganglios y las pone a fabricar anticuerpos con dos o tres semanas de margen.
La carrera se gana por adelantarse [no por curar, que es otra cosa y aquí no existe]. Cuando el virus llega al cerebro ya no hay nada que hacer, y por eso la rabia sigue siendo prácticamente cien por cien mortal una vez que aparecen los primeros síntomas.
Por eso también la mordedura en la cara es peor que la del pie. No por gravedad de la herida; por distancia.
Un mordisco en el tobillo da semanas de margen. Uno en la mejilla puede dar días. La misma enfermedad, el mismo virus y la misma vacuna, con dos pronósticos distintos según la geometría del cuerpo.
V
Lo que Pasteur inventó no fue una vacuna, en el sentido en que lo era la de la viruela.
Aquélla se ponía antes, a gente sana, contra una enfermedad que quizá llegara algún día. Ésta se pone después, a alguien que ya está infectado, para ganarle una carrera a algo que ya va por dentro.
Es una categoría distinta y se llama profilaxis posterior a la exposición, una vacuna que llega tarde a propósito. Solo funciona con enfermedades lentas, y la rabia, que tarda semanas o meses en subir, es el caso perfecto.
También es la primera vez que un tratamiento se administra sin saber si hacía falta, porque no había manera de saber si aquel niño estaba infectado, y no la hay tampoco hoy en la mayoría de los casos. Se trata la posibilidad; se trata siempre, porque la alternativa es esperar a tener la certeza, y la certeza llega cuando ya es tarde.
De ahí sale una escena que se repite en cualquier consulta del mundo. Alguien entra con un arañazo de gato o con la duda de si un murciélago entró por la ventana, y sale con una pauta de cuatro pinchazos y una factura. La mayoría de esas personas no estaban infectadas. Todas hicieron bien en ir.
Eso tiene una consecuencia práctica que cambia la escena entera de una consulta. Nadie que reciba este tratamiento sabrá jamás si le hacía falta. No hay manera de comprobarlo después: si no enferma, puede ser porque la vacuna funcionó o porque el animal estaba sano. Todos los que se salvan quedan con la duda, y esa duda es el precio de estar vivo.
En el archivo de Pasteur hay una carta de un padre que pregunta si de verdad era necesario. Nadie pudo contestarle entonces y nadie podría contestarle hoy.
VI
La objeción va contra el propio Pasteur y contra la manera en que lo contamos.
Sus cuadernos de laboratorio, que se abrieron cien años después, muestran que había hecho antes intentos en humanos de los que no habló, y que el método que usó con Meister no era el que había descrito públicamente. Eso no le quita el resultado; le quita el relato limpio [que es lo que la escuela enseña].
Contra mí: puedo permitirme escribir sobre la rabia como historia, con distancia de museo, porque vivo en un sitio donde se vacuna a los perros. La enfermedad no se ha eliminado. Se ha eliminado de aquí.
VII
Meister vivió. De adulto trabajó como portero en el Instituto Pasteur, en el mismo edificio donde estaba la cripta del hombre que lo trató.
Murió en 1940, a los sesenta y cuatro años, unos días después de la entrada de las tropas alemanas en París —la misma ciudad, el mismo edificio, cincuenta y cinco años más tarde—. Sobre las circunstancias hay más versiones que documentos, así que no las pongo.
6 de julio de 1885, primera inyección, dos días después del mordisco.
Trece inyecciones en diez días, de menos virulenta a más.
Unos pocos centímetros al día: la velocidad del virus por dentro del nervio.
Cerca de cien por cien de mortalidad una vez que hay síntomas, hoy igual que entonces.
Vacuna en una clínica del viajero: unos sesenta euros la dosis.
Inmunoglobulina: más de mil.