Pieza independiente
Cinco días
Penicilina · Albert Alexander, 12 de febrero de 1941
I
El 12 de febrero de 1941, en la enfermería del Radcliffe de Oxford, a un policía de cuarenta y tres años le pusieron por vena ciento sesenta miligramos de un polvo pardo que en el mundo no existía casi. Doscientas unidades, se decía entonces, porque aquello no se medía en peso sino en actividad: la medida se llamaba «unidad Oxford» y salía del propio laboratorio que lo fabricaba.
Se llamaba Albert Alexander. Llevaba meses con una infección que le había empezado en la cara y se le había ido a los ojos, al cuero cabelludo y al pulmón. Le habían quitado un ojo. Tenía abscesos que se drenaban y volvían, fiebre alta sostenida, y el resto del cuerpo iba detrás [en 1941 eso se llamaba septicemia y se moría uno de ello, sin más]. La herida venía de un bombardeo alemán sobre su comisaría el 30 de noviembre de 1940 —metralla en la cara—, aunque durante décadas se contó que se había arañado con un rosal.
A las veinticuatro horas le bajó la fiebre, volvió a comer y las supuraciones empezaron a secarse. Nadie había visto nunca una cosa así; la gente con esa infección mejoraba o no mejoraba, pero no mejoraba en un día.
El equipo que se lo puso llevaba meses fabricándolo a mano, en un laboratorio universitario en guerra. Florey dirigía, Chain había resuelto la parte química y Heatley se había inventado los cacharros: bandejas, frascos, una centrifugadora hecha con una lechera y una bomba de librería.
El problema era la cantidad. En Oxford la producían cultivando moho en bandejas y en orinales de cerámica —fue lo único que encontraron con la forma adecuada y en número suficiente—, y toda la producción del laboratorio no daba para un hombre adulto. Como el riñón la expulsa casi entera y en pocas horas, se le recogía la orina, se llevaba al laboratorio y se recuperaba de ahí el fármaco para volvérselo a inyectar.
Aun así se acabó. Cinco días: ciento veinte horas de tratamiento para una infección que llevaba cuatro meses instalada.
Le suspendieron el tratamiento porque no había más. La infección volvió a subir, y murió el 15 de marzo de 1941, un mes justo después de la primera inyección.
II
Las historias de fármacos suelen terminar en que la cosa funciona y cuesta un dinero. Ésta termina en otro sitio: la cosa funcionó, estaba demostrada en su cuerpo, y no había.
Merece la pena pararse en eso, porque no fue un fallo del laboratorio ni una tragedia del destino [ni nadie se equivocó de dosis]. La molécula estaba descubierta desde 1928 y purificada lo bastante en 1940. Lo que faltaba no era ciencia; era una fábrica. En febrero de 1941 la capacidad mundial de producción de penicilina cabía en una habitación con bandejas, y esa habitación no podía curar a un adulto con una infección extendida.
El siguiente paciente fue un chico de quince años, con menos peso y menos infección, y ése sí se curó con lo que había. La diferencia entre los dos no fue el diagnóstico ni la suerte: fue cuántos miligramos hacían falta para llenar un cuerpo.
El descubrimiento no salva a nadie. Lo que salva es la capacidad de fabricar, y esa es una historia de ingeniería química y de tanques, no de genios mirando una placa.
Esa historia empieza cinco meses después de la muerte de Alexander. En el verano de 1941 Heatley cruza el Atlántico con muestras del moho, y el trabajo se traslada a un laboratorio agrícola de Peoria, en Illinois, donde alguien prueba a alimentar el cultivo con el agua de maceración del maíz, un residuo de la industria local. El rendimiento se multiplica. Después aparece una cepa mejor en un melón podrido comprado en el mercado de la misma ciudad, y después el cultivo pasa de las bandejas a tanques con aire inyectado.
Con eso, y no con otra cosa, se llegó a tener penicilina suficiente para los heridos del desembarco de Normandía en junio de 1944 [el mismo producto, otra escala]. Tres años desde el hombre que se quedó sin frasco.
III
Yo tuve un flemón en enero, del lado derecho, con esa hinchazón que deforma la cara y que a la segunda noche no deja dormir de un lado.
La dentista me miró ocho segundos, dijo una palabra que ya conocía y escribió una receta. En la farmacia, una caja de veinte cápsulas por menos de cuatro euros, una cada ocho horas, con comida o sin ella, da igual [esa indiferencia al estómago es justo el invento de 1972].
De las tres primeras tomas me acuerdo por la hora [dos de la tarde, diez de la noche, seis de la mañana], y de la sexta ya no, porque a esas alturas el dolor había pasado a ser una molestia y la molestia no obliga a mirar el reloj.
A las cuarenta y ocho horas se había acabado el asunto [hinchazón abajo, temperatura normal, dormir del lado que quisiera]. Al cuarto día me olvidé de la toma de la mañana y la recuperé por la tarde, sin consecuencias. La caja la terminé por disciplina y no por síntomas [ocho cápsulas más, sin nada que curar], y la última cápsula me la tomé de pie en la cocina, con la boca ya bien, pensando en otra cosa.
Cada vez que orinaba, en esos siete días, estaba tirando por el retrete el fármaco que a Alexander le recogían para volvérselo a poner.
IV
Por dentro lo que pasa es una obra mal terminada.
La bacteria está construyendo su pared todo el tiempo y no puede parar, porque esa pared es lo único que la separa de reventar por su propia presión interna. Tiene dentro más sal y más materia que fuera, el agua empuja hacia adentro, y sin pared rígida el bicho se hincha hasta romperse; la presión de ahí dentro es varias veces la de un neumático de coche.
Hay una enzima que hace de albañil y va cosiendo las hiladas entre sí. La penicilina se parece lo bastante a la pieza que el albañil agarra para coser. El albañil la agarra. Se queda agarrado, con la pieza falsa en la mano, inutilizado para siempre.
La pared sigue creciendo y ya no se cose. Cada vez más larga, cada vez más floja, hasta que la bacteria estalla desde dentro por seguir construyendo. No la envenena: la deja trabajando.
Nuestras células no tienen pared, y por eso el fármaco puede ser tan brutal con una y tan indiferente con la otra.
Lo que le pasaba a la molécula en 1941 explica el resto de la historia. El ácido del estómago la deshace, así que no se podía tragar; había que ponerla en vena o en músculo. El riñón, además, la reconoce como algo que sobra y la echa en un par de horas casi intacta; de ahí los orinales, y de ahí la bicicleta con la que llevaban aquello al laboratorio.
La que yo me tomé es una prima suya de 1972, a la que le añadieron una pieza para que aguante el ácido. Todo lo que cambió entre su cuerpo y el mío cabe en esa frase: la misma idea, capaz de sobrevivir a un estómago.
De ahí sale la caja de cartón, y de la caja de cartón sale todo lo demás. Un fármaco que se traga se receta por teléfono, se toma en casa, se olvida una toma y se compra sin que nadie vea al enfermo. Uno que se inyecta obliga a un hospital, a una enfermera y a un registro.
V
Mi caja de cuatro euros existe porque la escasez se resolvió, y la escasez se resolvió tan bien que ahora el problema es el contrario. Cada vez que alguien se toma una de éstas, las bacterias que peor la sufren se mueren y las que mejor la aguantan se quedan con el sitio. Eso no es un efecto secundario; es el mecanismo funcionando al derecho. Yo me tomé veinte cápsulas por un flemón que quizá se habría resuelto con un drenaje y tres días de paciencia.
A Alexander le faltó la abundancia que a mí me sobra. La abundancia que a mí me sobra es lo que está gastando el fármaco que a él le faltó.
No hay manera limpia de decir esto sin que suene a sermón, así que lo digo sucio: yo me lo tomé, me alivió, y lo volvería a hacer.
VI
Del expediente de Alexander queda poco y lo poco que queda es de contabilidad.
Ciento sesenta miligramos el primer día, doscientas unidades. Dosis repetidas cada tres horas mientras hubo, día y noche, con el laboratorio trabajando en paralelo para reponer lo que salía por el riñón. Orina recogida durante cinco días para recuperar lo que su propio cuerpo devolvía. Suspensión por agotamiento de existencias. Recaída. Muerte un mes después de la primera inyección.
Su hija fue quien contó, muchos años más tarde, lo del bombardeo. Una nieta suya ha descrito la versión del rosal como propaganda de la época.
Lo que no hay en ese expediente es la palabra que hoy usaríamos. No murió de la infección; murió de una rotura de suministro, que es una cosa que pasa en los almacenes y no en los cuerpos [en su expediente, sin embargo, consta lo primero].
12 de febrero de 1941, ciento sesenta miligramos por vía intravenosa.
Cinco días de tratamiento, con la orina recuperada.
15 de marzo de 1941.
Caja de veinte cápsulas de quinientos miligramos, hoy, en una farmacia española: menos de cuatro euros.