Pieza independiente
Cuatro rondas
Pembrolizumab · Jimmy Carter, agosto de 2015
I
El 20 de agosto de 2015, en Atlanta, un hombre de noventa años se sentó delante de las cámaras a explicar lo que le habían encontrado.
Dos semanas antes le habían quitado del hígado una masa pequeña en una operación programada [a primeros de mes, sin que se anunciara], y la masa era un melanoma. La resonancia que le hicieron después encontró cuatro puntos en el cerebro, de unos dos milímetros cada uno.
Se llamaba Jimmy Carter y había sido presidente de los Estados Unidos. Dijo delante de los periodistas que al enterarse había dado por hecho que le quedaban unas semanas, lo dijo sin dramatismo y con la agenda del mes siguiente encima de la mesa.
Esa misma tarde recibió la primera sesión de radiación dirigida a los cuatro puntos. Y empezó a recibir, cada tres semanas, un anticuerpo aprobado once meses antes.
El 6 de diciembre de 2015, en la clase de escuela dominical que daba en una iglesia de Plains [Georgia, seiscientos ochenta habitantes], contó que la última resonancia no mostraba nada. Ni los cuatro puntos ni ninguno nuevo.
Le habían puesto al menos cuatro rondas. Siguió poniéndoselas.
II
Carter no fue el primer cuerpo; fue el cuerpo que lo hizo público, y la diferencia está documentada con fechas.
El primero entró en diciembre de 2011, en un ensayo de fase uno que empezó como empiezan todos. Tres pacientes a un miligramo por kilo de peso, tres más a tres, tres más a diez, subiendo hasta encontrar dónde envenena. Ese primer cuerpo no tiene nombre público y su dosis está en una tabla [un miligramo por kilo, el escalón de abajo].
Lo que pasó después no pasa nunca. El ensayo se fue ensanchando sobre la marcha, cohorte tras cohorte, porque la gente respondía. Terminó con más de mil doscientos pacientes dentro y se convirtió en el ensayo de fase uno más grande de la historia de la oncología.
Un ensayo de fase uno sirve para averiguar la dosis tóxica en unas decenas de personas. Éste se transformó en un ensayo de eficacia sin parar la máquina, y la agencia estadounidense lo aprobó por la vía «acelerada» el 4 de septiembre de 2014 con esos datos.
El diseño se rompió por funcionar. Once meses más tarde, a Carter le pusieron la primera bolsa.
III
A mí me han fotografiado entero por ochenta euros.
Es un mapeo de lunares. Se entra en ropa interior a una cabina con una plataforma marcada con dos huellas de pie —están puestas para que todo el mundo salga en la misma postura—, el aparato da una vuelta, dispara desde varios ángulos y compone un muñeco con todas las manchas numeradas. Después una dermatóloga mira las que el programa ha marcado y pasa una lente de aumento por tres o cuatro.
Tardó doce minutos [nueve de ellos quitándome y poniéndome la ropa]. El informe llegó en un correo con un archivo adjunto de cincuenta y dos megas.
Dice que no hay hallazgos de interés y que vuelva en doce meses.
Eso es lo que puedo comprar. Lo que le pusieron a Carter cuesta once mil setecientos noventa y cinco dólares la bolsa según la tarifa del fabricante, y se pone cada tres semanas hasta que deja de hacer falta o hasta que deja de funcionar.
Lo mío es la detección; la detección siempre es barata, y por eso es lo único que se ofrece en el mostrador de la calle.
IV
El linfocito que sabe reconocer ese melanoma ya está dentro del tumor.
Ésa es la parte que cuesta creer. No hay que fabricar nada ni enseñarle nada a nadie: la célula que podría comerse el tumor entró, lo tocó, lo reconoció y se apagó allí mismo.
Se apagó porque tiene un freno, y el freno está puesto por un buen motivo. Cuando pasas una infección, el ejército que la combate tiene que desmovilizarse al terminar, y si no se desmoviliza se pone a comerse lo tuyo. Para eso existe un enchufe en la superficie del linfocito que, cuando recibe la señal correcta, ordena parar.
El tumor aprende a dar esa señal. Fabrica la pieza que encaja en el enchufe y la saca por fuera como una bandera, de modo que cada linfocito que se le acerca recibe la orden de retirarse en el momento de tocarlo.
El anticuerpo se sienta encima del enchufe. Nada más. A esta familia se la llama «inhibidores de punto de control», y el punto de control es el freno.
No se agarra al tumor, no lo perfora, no le corta el riego y no entra en ninguna célula cancerosa; en toda esta serie es el primer fármaco que no llega a tocar la enfermedad de la que trata. Lo que hace es tapar el sitio por donde llegaba una orden, y el ejército que ya estaba allí, parado, se vuelve a poner en marcha.
El cuerpo responde a eso con lo que se esperaría de un ejército al que se le levanta la orden de alto el fuego. Entre un cinco y un diez por ciento de los pacientes desarrollan una inflamación seria en algún órgano propio: el tiroides, el intestino, la hipófisis, la piel, el hígado. Algunas de esas averías se apagan con corticoides y otras se quedan de por vida [una tiroides quemada no vuelve; una diabetes de éstas tampoco].
De la radiación de Carter se sospecha una cosa que en él no se demostró. Al reventar las células del tumor con radiación quedan flotando trozos reconocibles, y un sistema inmunitario sin freno tiene de golpe mucho más que leer.
V
Todos los fármacos de esta serie meten algo. Una molécula que se puede pesar, una pieza que encaja en un sitio, una secuencia que el cuerpo ejecuta.
Éste retira.
Lo que se administra es la supresión de una orden que el cuerpo se estaba dando a sí mismo, y el tratamiento entero consiste en que el enfermo deje de obedecerse. La diana no es el tumor ni una proteína del tumor; la diana es la prudencia del paciente.
Por eso el precio se cobra en la misma moneda. Quien levanta el freno se queda sin la garantía de que el ejército distinga entre el melanoma y su propio tiroides, y esa garantía es lo que uno estaba pagando con la enfermedad.
VI
Contra mí: el caso de Carter es la peor prueba posible.
Es un paciente [uno], de noventa años, famoso, irradiado al mismo tiempo en las cuatro lesiones que después desaparecieron. No hay manera de repartir el mérito entre la radiación y la bolsa, y ningún comité aceptaría ese expediente como evidencia de nada. Hizo más por la reputación del fármaco que el ensayo de mil doscientos que lo aprobó, y lo hizo por motivos que no tienen que ver con la farmacología.
Además, la mayoría no responde. En el seguimiento a cinco años de aquel ensayo enorme, de los pacientes con melanoma avanzado seguía vivo un treinta y cuatro por ciento; de los que ya habían recibido otros tratamientos antes, menos. Dos de cada tres se murieron con el mejor fármaco de su generación puesto.
Antes de 2011, con melanoma en el cerebro, la mediana de supervivencia era de unos cuatro meses.
VII
Vuelvo a la clase de la escuela dominical.
Un señor de noventa y un años le cuenta a un grupo de vecinos sentados en sillas plegables que la resonancia salió limpia, y lo cuenta en el mismo tono con el que en agosto había contado lo otro. No hay nada en esa escena que un médico pueda usar. Es un anciano hablando en una sala con moqueta —no hay bata ni hospital en ninguna parte de la escena— y en las fotografías se le ve la marca del esparadrapo en el dorso de la mano izquierda.
Vivió nueve años más. Murió el 29 de diciembre de 2024, a los cien [había nacido el 1 de octubre de 1924], y en las necrológicas venía el nombre comercial del fármaco.
Cuatro lesiones de dos milímetros, una sesión de radiación dirigida y al menos cuatro rondas entre agosto y diciembre.
Primer paciente del ensayo, diciembre de 2011, sin nombre público.
Tamaño final de aquel ensayo de fase uno: más de mil doscientos pacientes. Aprobación, 4 de septiembre de 2014.
Supervivencia a cinco años en melanoma avanzado: treinta y cuatro de cada cien.
Inflamación grave de un órgano propio, entre cinco y diez de cada cien.
Precio de catálogo de una bolsa de doscientos miligramos: once mil setecientos noventa y cinco dólares. Al año, por encima de doscientos mil.
Ventas mundiales del producto en 2024: veintinueve mil quinientos millones de dólares, el fármaco más vendido del mundo.
Mi mapeo de lunares: ochenta euros, y vuelva en doce meses.