Pieza independiente

Eugen Fischer · Rehoboth, 1908

De un estudio a una ley

I

En 1908, un anatomista alemán de treinta y cuatro años viajó a un pueblo del suroeste africano llamado Rehoboth y pasó allí varios meses midiendo gente.

La comunidad que estudió descendía de colonos europeos y de mujeres nama, llevaba generaciones existiendo como grupo propio y tenía su propia administración. Eran unas pocas miles de personas y Eugen Fischer examinó a unas trescientas.

El procedimiento fue el de la época, y conviene verlo de cerca porque es el aparato entero de la disciplina en una mesa de pueblo. Estatura y proporciones, índice cefálico, forma de la nariz, color de los ojos comparado contra una tabla de ojos de cristal [había dieciséis tonos numerados], textura del pelo comparada contra un muestrario de mechones montados en cartón [la escala Fischer de cabello se siguió vendiendo décadas].

Lo que buscaba era si los caracteres se mezclaban o se heredaban por separado; si un hijo sale a medio camino entre sus padres, o si hereda la nariz de uno y los ojos del otro. Mendel se había redescubierto ocho años antes y la pregunta estaba abierta en serio; nadie sabía todavía si lo que valía para los guisantes valía para una nariz.

II

El libro salió en 1913 y hay que decir qué tipo de libro es, porque de eso depende todo lo demás.

Es un trabajo competente, y hay que decirlo en voz alta. Las series están publicadas, los métodos descritos, las fotografías tomadas con escala. La conclusión central —que los rasgos se transmiten por unidades independientes y no se promedian en una papilla— era, en lo esencial, correcta, y se correspondía con lo que la genética confirmaría después.

Durante décadas se citó como un estudio pionero de genética de poblaciones humanas [y lo era].

Y en el mismo volumen, después de los cuadros, hay unas páginas de recomendación. Fischer sostiene que el grupo estudiado es útil mientras sirva como capa intermedia en la administración colonial, y que debe protegerse en esa posición y no más allá. Escribe que conviene impedir nuevas uniones.

Eso no sale de los datos. No hay ninguna medida en el libro que lleve a ello, y él no finge que la haya. Es una recomendación de política, puesta a continuación de unas tablas y en el mismo tipo de letra.

Ahí está la operación entera de esta serie, y cabe en un cambio de párrafo. Las tablas se pueden comprobar: cualquiera con un compás puede ir a Rehoboth y repetirlas. Las páginas siguientes no se pueden comprobar con ningún instrumento, y van impresas con la misma autoridad tipográfica que las anteriores.

Un lector que confía en las tablas —y hace bien en confiar— hereda sin darse cuenta la confianza en lo que viene después.

III

Hay que decir también de dónde venía el material con el que se trabajaba en aquellos años, porque no fue un trabajo de campo cualquiera.

Entre 1904 y 1908, las tropas coloniales alemanas habían arrasado a los pueblos herero y nama. Hubo una orden de exterminio firmada, hubo empuje al desierto y hubo campos de concentración. Murieron decenas de miles de personas.

De aquellos campos salieron cráneos hacia los institutos alemanes, en cajas, para investigación antropométrica. Hay constancia de que se obligó a prisioneras a limpiarlos; algunas eran parientes de los muertos.

IV

Y hay un dato administrativo que explica por qué aquello fue posible a esa escala, y es el mismo que recorre la serie: existía una infraestructura esperando. El cajón, la etiqueta, el número de entrada y el inventario llevaban medio siglo montados para la historia natural, y admitían cualquier cosa que cupiera en un cajón.

Nadie tuvo que inventar nada para recibir aquellas cajas. Solo hubo que anotarlas.

Fischer no dirigió los campos y su estudio de Rehoboth es otra cosa. Pero trabajaba dentro de una disciplina que en ese momento estaba recibiendo material humano desde una guerra colonial, y que no se preguntó en voz alta de dónde llegaba.

V

Lo que vino después es el asunto de la pieza, y conviene seguirlo paso a paso porque ninguno de los pasos es un salto.

En 1927, Fischer fue nombrado director del instituto alemán de antropología, herencia humana y eugenesia, recién creado y financiado con dinero público y extranjero. Era el puesto más alto de la especialidad en el país.

En 1933 el instituto empezó a formar a los médicos que aplicarían la ley de esterilización [cursos de pocas semanas, con certificado]. En 1935 se promulgaron las leyes que definían la ciudadanía por ascendencia, y el libro de 1913 estaba entre la literatura técnica que sostenía la noción de que la mezcla producía efectos mensurables y evitables.

El instituto emitía además dictámenes de ascendencia a petición de los tribunales. Un informe firmado allí decidía de qué lado de la línea quedaba una persona.

Y hay un último eslabón que suele contarse mal, así que lo digo despacio: el instituto siguió recibiendo material de los campos durante la guerra, enviado por alguien que había trabajado en él y que ahora tenía acceso ilimitado a sujetos.

VI

La objeción contra mí mismo es la de siempre en esta serie y hay que ponerla entera.

Esto es una cadena de veintidós años con muchos tramos, y en cada tramo había decisiones de otras personas. Un libro no promulga leyes. Que un trabajo se cite para justificar algo no lo convierte retroactivamente en ese algo, y esa inferencia, aplicada sin cuidado, haría responsable a cualquier autor de cualquier uso.

Pero hay dos cosas que no dependen de esa inferencia, y están documentadas.

La primera es que Fischer puso la recomendación dentro del libro. No se la pusieron después; venía en el volumen, a continuación de los datos, escrita por él.

La segunda es lo que hizo cuando ya no cabía ninguna duda. Siguió en el cargo, siguió publicando y se afilió al partido en 1940, cuando el programa estaba a la vista de cualquiera.

VII

Fischer se retiró al terminar la guerra y nunca fue procesado. En 1952 una sociedad científica alemana lo nombró miembro honorario. Murió en 1967, a los noventa y tres años, en su casa. Nadie le pidió cuentas.

Los cráneos empezaron a volver mucho más tarde. Veinte en 2011, veintiuno en 2014, más después, en ceremonias a las que viajaron delegaciones desde Windhoek a recogerlos. Alemania reconoció el genocidio en 2021.

Entre el barco que se llevó las cajas y el avión que trajo las primeras de vuelta pasaron más de cien años.

Entre las trescientas personas que se dejaron medir en un pueblo en 1908 y el párrafo de una ley que decidía quién era ciudadano hubo veintidós años, un cargo, un instituto y ninguna medida nueva.

Ninguna medida nueva. Eso es lo que hay que retener.

El tramo que va del dato a la ley no lo recorrió un descubrimiento; lo recorrió un hombre cambiando de despacho. Las tablas de 1913 siguieron diciendo lo mismo todo ese tiempo, y lo que cambió alrededor fue quién las citaba y para qué.

Un dato no se vuelve peligroso al medirse mal. Se vuelve peligroso cuando alguien con autoridad lo pone al lado de una recomendación.

James Void Voyage · 12.10.2026