Pieza independiente
Dos a seis semanas
Fluoxetina · el ensayo de 1976, sin nombres
I
Del primer cuerpo humano que recibió fluoxetina se sabe casi todo menos quién era.
La molécula se sintetizó en 1972 en un laboratorio de Indianápolis. El compuesto llevaba número antes que nombre. Ese mismo año se comprobó en tejido animal que hacía una cosa muy concreta y ninguna otra [dejar la serotonina más rato fuera, sin tocar lo demás]. Esa selectividad era el hallazgo; los antidepresivos que había entonces movían media docena de cosas a la vez y se notaba en el cuerpo de quien los tomaba. Las primeras administraciones a personas son de 1976. Después vinieron los ensayos con pacientes deprimidos, a doble ciego y contra placebo, con sus tablas, sus abandonos y sus recuentos. La aprobación llegó el 29 de diciembre de 1987 y a las farmacias el año siguiente.
En los informes publicados no hay un solo nombre. Hay una ene, unos criterios de inclusión, una edad media, una tasa de abandono y una lista de efectos adversos ordenada por frecuencia [náuseas arriba del todo, como sigue estando hoy].
No es que el archivo se descuidara. Es que el protocolo lo exigía, y por eso los sujetos aparecen como lo que el método necesitaba que fueran, casos comparables entre sí.
II
La fecha en la que eso se volvió obligatorio se puede señalar, y está muy cerca.
En julio de 1972 la prensa estadounidense destapó lo que llevaba cuarenta años ocurriendo en el condado de Macon, Alabama: trescientos noventa y nueve hombres negros con sífilis observados sin tratamiento desde 1932, para ver cómo evolucionaba la enfermedad sin tocarla. La penicilina estaba disponible desde los años cuarenta y no se les dio. El estudio se cerró ese mismo año, cuando salió en los periódicos y no antes. Nadie dentro lo paró en cuarenta años; lo pararon las páginas de un diario y la vergüenza pública, que es un mecanismo de control lento, caro y bastante poco fiable.
De ahí sale, dos años después, la ley que obliga a los comités de ética, al consentimiento informado y al anonimato de los sujetos; de ahí sale también que los cuerpos de 1976 no tengan nombre.
La coincidencia de fechas no es una ironía: es una relación de causa. La molécula se sintetizó el mismo año en que se hizo público lo de Macon County, y para cuando llegó a personas, el sistema ya estaba montado para que ninguna de ellas contara por separado.
Thompson tiene nombre porque en 1922 no había nada de esto. Había un chico de catorce años, un extracto turbio y una sala.
El anonimato no es un agujero del registro. Es la protección, y se compró con lo que se les hizo a trescientos noventa y nueve hombres que sí tenían nombre.
III
La caja trae veintiocho comprimidos de veinte miligramos y en la farmacia costaba menos de tres euros. Es un objeto de una modestia ofensiva para lo que hace. Cartón fino, blíster de aluminio, un prospecto doblado en ocho que nadie despliega entero y una pastilla verde y blanca que se traga sin agua si hace falta.
La primera semana no pasa nada bueno. Náuseas por la mañana, la mandíbula apretada de un modo que se nota al día siguiente en las sienes, sueño roto a las cuatro y cuarto con una precisión de reloj. Sudor. Bostezos raros, muchos, a media tarde [nadie avisa de los bostezos y son lo primero que aparece]. Nada de eso es el efecto; es el cuerpo protestando por la interrupción.
A la tercera semana empecé a notar que las cosas seguían siendo iguales de malas y me daban un poco menos igual. No es alegría; es que el suelo sube.
Hacia la quinta, la mañana dejó de tener ese momento de las siete y media en el que uno calcula cuántas horas quedan hasta poder volver a la cama.
De esa mejora no hay nada que contar, y ése es el problema de escribir sobre esto —lo que el fármaco hace bien no produce escenas—. Produce mañanas ordinarias, que es justo lo que uno quería y justo lo que no se puede narrar.
IV
Entre dos neuronas hay un hueco de unos veinte nanómetros, y por ese hueco se lanza la serotonina cuando la primera quiere decirle algo a la segunda. Lo que se vierte no se queda ahí mucho rato. En la pared de la que lo soltó hay una bomba que lo aspira de vuelta para reutilizarlo, y esa recogida es rapidísima: cuestión de milisegundos.
La fluoxetina se sienta en la bomba. No la rompe ni la envenena; se le encaja encima y la ocupa, de modo que la serotonina que ya está fuera se queda fuera más tiempo del que le correspondía.
Eso ocurre el primer día. Desde la primera pastilla.
Si el bloqueo es inmediato y el alivio tarda de dos a seis semanas, entonces el alivio no puede ser el bloqueo. Lo que el fármaco hace en el minuto uno no es lo que cura. Lo que cura es lo que la instalación de detrás hace durante el mes siguiente, mientras aguanta esa cantidad de serotonina que no esperaba. Los receptores de la otra orilla se reajustan: unos se retiran, otros cambian de número, y el circuito entero se reordena despacio para funcionar con lo que hay [semanas, no días, porque eso es lo que tarda una célula en fabricar y retirar piezas].
Esa reordenación es el tratamiento. La molécula solo sostiene la condición para que ocurra, y después se queda ahí, semana tras semana, porque si se va, la instalación vuelve.
En ese mismo cableado hay otra cosa conectada, y no se puede separar. El orgasmo es un reflejo, y como todo reflejo tiene un umbral y necesita que unas señales suban mientras otras bajan. La serotonina es de las que tienen que bajar. Es el freno.
El fármaco mantiene el freno puesto.
V
La octava semana fue la primera vez, y no la conté como un problema porque fue casi cómoda.
Ella estaba encima, había ido bien durante mucho rato, y al llegar al punto donde normalmente ya no hay marcha atrás, no hubo punto. Seguía todo [la erección, el deseo, las ganas, la respiración]. Faltaba el final, que es una cosa que uno no sabe que es un acto separado hasta que se separa.
Cuarenta minutos [los conté después, por el reloj de la mesilla, porque ya me había convertido en alguien que mide]. Después una pausa amable, una frase de las que se dicen en esos casos, y a dormir. Al día siguiente, igual. A la semana siguiente, igual.
Lo raro no es la ausencia. Lo raro es que el deseo no se va con ella. El cuerpo quiere lo mismo de siempre, con la misma urgencia y la misma temperatura, y llega hasta un metro del sitio y se queda ahí, mirando. En una semana aprendes a parar antes, con naturalidad, como quien deja de pedir postre.
Se lo dije al médico en una consulta de once minutos. Me dijo tres cosas, todas ciertas: que es frecuente, que «en la mayoría de los casos» revierte al suspender y que valorásemos si compensaba. Compensaba. Lo dije en voz alta y salí con la receta renovada para seis meses.
Ahí está la firma. Nadie me engañó, nadie me ocultó nada, la información estaba en el prospecto, en letra pequeña y verdadera, bajo el epígrafe «frecuentes» y con su porcentaje al lado. Pero la firma se da antes de saber lo que se firma, porque los dos efectos tardan lo mismo en aparecer. Cuando llega el bueno, ya llevas cinco semanas; cuando llega el otro, llevas ocho y hace tres que estás mejor.
Nadie devuelve eso.
Y hay una asimetría fina en el contrato. El beneficio se nota en la parte del día que uno comparte con todo el mundo [el trabajo, la mesa, la calle], y el precio se paga en la única parte que no se comparte con nadie salvo con una persona. Por eso se firma tan fácil, y por eso casi nadie lo comenta después.
VI
Es la primera molécula de consumo masivo que negocia una cosa por otra dentro del mismo cuerpo, con las dos sobre la mesa. No se cambia tristeza por placer, porque el placer sigue entero y el deseo también. Se cambia tristeza por un reflejo. La gente firma, y firma de verdad, sabiendo, eligiendo y repitiendo la receta cada mes.
Hay además un detalle de medición que vale por todo el asunto. Cuando los estudios esperan a que el paciente lo cuente por su cuenta, los efectos sexuales aparecen en una de cada diez personas, más o menos. Cuando se les pregunta directamente, uno por uno y con una lista delante, aparecen en la mitad o en más de la mitad [la diferencia entre ambas cifras es un dato sobre nosotros, no sobre la molécula].
El fármaco es el mismo. Lo que cambia es si alguien pregunta.
Ese hueco tiene una explicación sencilla y ninguna es tranquilizadora. Un hombre de cincuenta y dos años con un episodio depresivo grave no levanta la mano en la consulta para decir que hace seis semanas que no se corre, una mujer tampoco, y el médico, con once minutos por paciente, tampoco abre ese cajón si no está en el formulario. El efecto existía igual. Lo que no existía era el renglón donde anotarlo.
VII
Yo lo seguí tomando. Lo tomé un año y pico más, y hubo meses en los que fue lo único que impidió cosas que no voy a contar aquí. Escribir con guasa sobre el precio erótico de un antidepresivo desde el otro lado del episodio es fácil, y quien esté dentro de uno leerá esto y sabrá perfectamente que cambiaría lo que fuera.
La segunda objeción es peor y va contra la pieza entera. Lo que llevo diez párrafos señalando —que los cuerpos de 1976 no tienen nombre— es justo lo que hace que sepamos que esto funciona. Si aquellos sujetos tuvieran nombre y biografía, tendríamos anécdotas en vez de un fármaco fiable. Yo me tomé mi pastilla con la tranquilidad de saber que funciona, y esa tranquilidad la pagaron ellos siendo un número.
No hay manera de tener las dos cosas. Se elige, y ya está elegido; lo eligieron en 1974, con la ley recién escrita y el escándalo todavía caliente.
VIII
En los informes de 1976 falta el nombre y falta otra cosa: nadie preguntó por esto. Las escalas que se usaban medían el estado de ánimo, el sueño, el apetito y la ansiedad, y la vida sexual no era un apartado, de modo que lo que no se pregunta no aparece en la tabla y lo que no aparece en la tabla no existe en el expediente. El efecto llevaba ahí desde el primer ensayo, en los mismos cuerpos anónimos, esperando a que a alguien se le ocurriera preguntar.
Tardaron años en preguntar. En 2019 el regulador europeo aceptó además una cosa más incómoda: que en algunos casos no revierte al dejarlo.
1972, síntesis del compuesto y destape de lo de Macon County.
1976, primeras personas, sin nombres, según exigía el protocolo.
29 de diciembre de 1987, aprobación.
2019, la ficha del producto admite que la disfunción sexual puede persistir después de suspender el tratamiento.
Caja de veintiocho comprimidos de veinte miligramos, genérica: menos de tres euros.