Pieza independiente
El agua de la fuente
Litio · Bill Brand, 29 de marzo de 1948
I
El 29 de marzo de 1948, en un hospital psiquiátrico de las afueras de Melbourne, un médico le dio a un hombre de cincuenta y un años una sal de un metal que no sirve para nada en el cuerpo humano.
El paciente se llamaba Bill Brand [en los papeles publicados figura como W.B.], era un excombatiente y llevaba treinta años con un cuadro maníaco. Cinco de ellos, ingresado sin salir. En su historia clínica está descrito como el enfermo más problemático de la sala: inquieto, sucio, destructivo, metido en todo.
A los cinco días estaba más tranquilo. A las tres semanas, según el médico, era otra persona [«tan normal como cualquiera», anotó]. A los tres meses se fue de alta y volvió a trabajar.
El médico se llamaba John Cade, trabajaba solo, en una cocina reconvertida en laboratorio, con material que pagaba de su bolsillo. Acababa de volver de tres años y medio en un campo de prisioneros japonés —donde pasó el tiempo observando a otros presos— y estaba convencido de que las enfermedades mentales tenían una causa química.
Su hipótesis era errónea. Su tratamiento funcionaba.
Las dos cosas a la vez, sin contradicción. Eso pasa más de lo que la divulgación admite: lo que hace que un tratamiento sirva es que el efecto se repita, no que la explicación sea correcta. La explicación llega después y a veces no llega nunca.
II
Hay que contar por qué llegó ahí, porque es el mejor ejemplo de la serie de un acierto obtenido por el camino equivocado.
Cade pensaba que la manía la causaba una sustancia tóxica que el propio cuerpo fabricaba y que se eliminaba por la orina. Para comprobarlo, inyectó orina de pacientes maníacos en cobayas y vio que los mataba [cosa que hace la orina de casi cualquiera, por el amoníaco].
Después quiso probar con ácido úrico, que no se disuelve bien, así que lo mezcló con una sal de litio para poder inyectarlo. Las cobayas de ese grupo se quedaron tranquilas y plácidas.
Lo que había encontrado no tenía nada que ver con lo que buscaba.
Probó entonces el orden inverso, que es lo que distingue a un investigador de un afortunado. Si el litio calmaba a la cobaya, la pregunta era si calmaba por sí solo o si hacía falta el resto de la mezcla; y, si lo hacía solo, cuánto aguantaba un cuerpo humano. Se lo tomó él durante días —anotando pulso y molestias— antes de dárselo a nadie. Probó el litio solo, en cobayas; después en sí mismo, durante días, para ver si era tóxico; y después en diez pacientes.
Con Brand funcionó de una manera que no tenía precedente.
III
Yo lo he tomado sin saberlo, como todo el mundo, en el agua.
El litio está repartido por la corteza terrestre y aparece en cantidades minúsculas en muchas aguas minerales. En algunos manantiales, bastante más. En el siglo diecinueve se vendían balnearios enteros por eso, y hubo una bebida gaseosa, de las que todavía existen, que llevaba litio en la fórmula y lo llevaba en el nombre. Aquella industria no mentía del todo y tampoco curaba: la sustancia era la correcta y la cantidad no.
Compré una botella de un agua que presume de su contenido: un euro con ochenta, litro y medio, sabor a nada con un fondo mineral [y una etiqueta con la analítica en letra diminuta].
La cuenta es fácil de hacer y desarma. Para llegar a la dosis que toma alguien con un trastorno bipolar habría que beberse varios miles de litros al día. No unos litros: miles.
Eso es todo lo que puedo aportar con mi cuerpo, y lo pongo porque la alternativa sería inventarme una experiencia que no tengo.
Lo que sí puedo describir es el gesto de comprarla. La botella estaba en un lineal de aguas de balneario, entre otras que presumen de magnesio y de bicarbonato, con un cartel de oferta de tres por cinco euros. La compré, la bebí en dos días y no pasó nada, que era el resultado previsto [y el único que la aritmética permitía].
Lo que sí he visto es la parte que nadie cuenta de este tratamiento. Las analíticas. Quien lo toma se hace controles de sangre cada pocos meses, de por vida, porque la diferencia entre la dosis que funciona y la que intoxica es estrechísima. La vida entera organizada alrededor de un número de laboratorio. El fármaco más barato del expediente es también el que más consultas consume [analítica, ajuste, control de tiroides y de riñón, año tras año].
Eso, en un sistema que cuenta el gasto por receta y no por resultado, lo hace parecer caro donde no lo es y barato donde no debería serlo. Un tratamiento que cuesta céntimos y exige seguimiento constante es, para una contabilidad sanitaria, más incómodo que uno caro que se toma y se olvida.
IV
Por dentro es el fármaco más desconcertante del expediente, porque después de setenta y cinco años seguimos sin saber bien qué hace.
Lo que entra es un átomo, no una molécula: un ion pequeño con una sola carga positiva, parecido en tamaño al sodio y al potasio [los dos que el cuerpo usa todo el rato], para hacer funcionar las células nerviosas.
Esa semejanza es la llave. El litio entra por los mismos canales por los que entra el sodio, se cuela en las neuronas y se queda dentro, porque las bombas que expulsan el sodio lo manejan mal.
Una vez dentro, estorba en varios sitios a la vez. Interfiere con unas enzimas que participan en el reciclaje de las señales internas, frena una cadena que regula el reloj biológico y la respuesta al estrés, y modifica el equilibrio entre la excitación y el freno en circuitos que se sabe que funcionan mal en esta enfermedad.
Nada de eso es una explicación limpia. Es una lista de sitios donde se le ha visto meter mano.
Lo que sí está claro es lo de la estrechez. Por debajo de cierta concentración no hace nada; un poco por encima produce temblor, sed, orina abundante y diarrea; y bastante por encima intoxica el riñón y el sistema nervioso de manera grave. El margen entero cabe en un factor de dos.
Por eso el litio es el único tratamiento corriente que obliga a medir su propia cantidad en sangre para siempre. No se ajusta por síntomas: se ajusta por análisis.
V
Lo que este caso enseña no es que un metal cure la manía.
Es que la molécula más barata y más eficaz de la psiquiatría moderna no la descubrió una industria ni salió de un programa de investigación. La encontró un médico de hospital psiquiátrico, solo, siguiendo una hipótesis falsa, con cobayas pagadas de su sueldo.
Por eso mismo casi no tiene detrás quien la defienda. El litio no está patentado, cuesta céntimos, y ninguna compañía tiene ningún incentivo en promocionarlo frente a fármacos más caros; es un carbonato, se saca de una mina y no hay nada que licenciar.
De los medicamentos que aparecen en esta serie, éste es el único cuyo problema es que no da dinero a nadie.
VI
La objeción se la pone el propio caso.
Bill Brand salió de alta, volvió a la comunidad y dejó de tomarlo; recayó, volvió a ingresar y murió en 1950, con signos de toxicidad por litio. El primer paciente tratado con éxito murió, dos años después, por el mismo tratamiento que lo había salvado.
Cade no publicó eso con la misma claridad con la que publicó lo primero.
Hay algo más que me obliga a bajar el tono: la razón por la que este fármaco tardó veinte años en usarse en muchos países no fue el escepticismo psiquiátrico. Fue que en 1949, en Estados Unidos, unas sales de litio vendidas como sustituto de la sal común mataron a varias personas, y el nombre quedó marcado.
La misma sustancia, en el mismo año, salvando en Australia y matando en América.
VII
Cade siguió trabajando en el mismo hospital, no patentó nada, no se hizo rico y no salió de Australia más que para dar alguna conferencia. Murió en 1980.
El litio sigue siendo, setenta y cinco años después, el tratamiento que mejor previene las recaídas en el trastorno bipolar y el único con evidencia sólida de que reduce el suicidio [que es la manera técnica de decir que mantiene viva a la gente].
29 de marzo de 1948, primera dosis.
Cinco días hasta el cambio; tres meses hasta el alta.
Un factor de dos entre la dosis que funciona y la que intoxica.
Analíticas cada pocos meses, de por vida.
Botella de agua mineral con litio: un euro con ochenta.
Varios miles de litros al día para llegar a una dosis terapéutica.