Pieza independiente
El cristal
Morfina · Friedrich Sertürner, 1804
I
En 1804, en la trastienda de una botica de Paderborn, un ayudante de veintiún años hirvió opio con amoniaco y obtuvo unos cristales blancos que no se parecían a nada.
Se llamaba Friedrich Sertürner y no era químico [ni tenía título, ni laboratorio, ni quien le corrigiera]. Era el ayudante, el que pesaba y molía lo que el boticario mandaba, y lo que le interesaba era una pregunta que nadie consideraba interesante: por qué dos partidas de opio con el mismo peso hacían cosas distintas.
La respuesta era que el opio no es una sustancia, es una mezcla, y que dentro había una cosa que hacía casi todo el trabajo. Sertürner la separó, la lavó, la volvió a cristalizar y la pesó. Le puso el nombre del dios del sueño.
Aquello fue lo primero que se pesó de verdad en la historia de la medicina. Antes se pesaban materiales, no principios activos. Hasta esa mañana se administraba corteza, hoja, raíz y resina, y la dosis dependía de la cosecha, del suelo, del año y del criterio del que la preparaba. A partir de ese cristal se pudo escribir una cantidad en un papel y esperar que significara lo mismo la semana siguiente.
II
En 1817, para demostrar que los cristales llevaban dentro toda la fuerza del opio, se los tomó; y se los dio también a tres chicos, ninguno mayor de diecisiete años.
Empezó con poco y fue subiendo, en tres tomas, en media hora. Los cuatro se pusieron rojos, con los ojos brillantes, y después vinieron las náuseas, el dolor de estómago, el sopor y una sensación de desmayo que él describió por escrito con bastante precisión para estar como estaba.
Se asustó. Bebió un cuarto de botella de vinagre fuerte y les hizo beberlo a ellos —seis u ocho onzas, según su propia cuenta—, y los cuatro vomitaron durante horas.
Los tres chicos estuvieron peor que él. No eran ayudantes de botica ni sabían lo que estaban tomando en el sentido en que hoy se entiende saberlo; eran tres críos de diecisiete años en una farmacia de provincias a los que un hombre de treinta y cuatro les dio una sustancia nueva calculando mal la dosis.
Eso está en el expediente y no hay manera de contarlo bonito: el primer ensayo de la primera molécula pura de la historia se hizo sobre tres menores que no pintaban nada ahí.
Lo que hizo después es lo que lo salva a medias: lo publicó entero, con los síntomas y con el error, y avisó por escrito de que aquella sustancia era peligrosa y de que había que tener cuidado con ella. Escribió que lo consideraba un deber.
Después se pasó el resto de la vida tomándola. Las dos cosas a la vez, durante veinticuatro años: la advertencia publicada y el frasco en el cajón.
III
La caja que me dieron a mí tenía veinte comprimidos de diez miligramos y costaba menos de cinco euros.
Fue por dos costillas rotas, en marzo, de una caída tonta bajando unas escaleras mojadas. Con las costillas no se puede hacer nada [no se escayolan, no se operan, se esperan seis semanas]. Duele al respirar, duele más al toser, y duele de una manera particular al girarse en la cama, que es lo que a uno lo despierta a las tres.
La primera noche en casa conté. Veinte comprimidos, cada seis horas, cuatro al día. Cinco días. Después de esos cinco días había paracetamol y ibuprofeno y una explicación amable sobre la inflamación.
Nunca en mi vida había hecho aritmética con una caja de medicinas. Con los antibióticos se cuenta al revés, cuántos días hay que aguantar tomándolos; aquí se cuenta cuántos quedan.
El primer comprimido tardó cuarenta minutos, y lo que hizo no fue quitar el dolor. El dolor seguía ahí, perfectamente localizado, con su borde y su forma; lo que pasó es que dejó de ser urgente. Respiré hondo a propósito, por probar. Me dolió igual [el mismo pinchazo, en el mismo sitio] y no me importó.
Dormí seis horas seguidas por primera vez en cinco días [el dolor me despertó dos veces y volví a dormirme las dos].
Lo demás vino solo: estreñimiento desde el segundo día, un picor raro en la nariz que se me quitaba rascando, y una tibieza general que no llamaría placer y que tampoco es neutra. El deseo desapareció los cinco días [eso es de manual y nadie lo menciona en la consulta]. Al cuarto día me di cuenta de que estaba mirando el reloj antes de que tocara.
Terminé la caja el quinto día, como estaba previsto, y no pedí más. La receta permitía renovarla [una vez, sin volver a consulta]. La tercera noche sin comprimidos dormí mal, y me quedé despierto sabiendo muy bien por qué.
IV
Por dentro el asunto tiene una rareza que hay que mirar de frente.
La molécula es rígida, cinco anillos pegados, bastante grande para lo que hace. Entra en la sangre, cruza al cerebro con dificultad —solo una parte pequeña llega— y ahí se encaja en unas cerraduras que ya estaban puestas.
Ésa es la parte extraña. Las cerraduras no las trajo la amapola; las tenía el cuerpo desde antes, y las usa con unas sustancias propias que fabrica él mismo cuando hace falta apagar un dolor a mitad de una carrera o de una pelea. La planta produce una llave que encaja en una cerradura humana, probablemente porque le sirvió para que no se la comieran.
Lo que la llave hace tampoco es lo que parece. La señal del dolor sigue saliendo de la costilla rota y sigue subiendo por la médula; la molécula se sienta en la puerta por donde esa señal pasa y baja el volumen, y arriba, en el cerebro, apaga la parte que convierte la señal en urgencia. Por eso el enfermo dice la frase que dicen todos: sigue doliendo y no me importa.
No es la indiferencia del quirófano ni la de una sala de 1952. Aquí lo que deja de importar es una sola cosa, muy concreta, y el resto del mundo se queda donde estaba.
El cuerpo, como siempre, responde. Si las cerraduras están ocupadas todo el día, la célula reduce su propia producción y las vuelve menos sensibles, de modo que la misma dosis hace menos y hace falta más para lo mismo. Eso empieza en días. Cuando se retira, queda un sistema con los frenos quitados y sin nada que los sujete durante unas horas, entre doce y setenta y dos, que es lo que la gente llama mono, y es literalmente eso: un cuerpo acostumbrado a que alguien de fuera haga un trabajo que él dejó de hacer.
Hay una excepción y es la que delata el asunto. El intestino tiene las mismas cerraduras y no se acostumbra nunca. La tolerancia llega para el sueño, para la euforia y para el dolor, y no llega para el estreñimiento, que dura lo que dure el tratamiento y no negocia.
V
Lo que ocurrió en aquella trastienda no fue el descubrimiento de un analgésico. Los analgésicos existían, y uno de ellos era el opio.
Lo que ocurrió fue que por primera vez una sustancia se separó de la planta que la contenía, se pesó y se pudo repetir.
Todo lo que viene después sale de esa operación. La quinina, la cocaína, la atropina y la cafeína se aíslan en las dos décadas siguientes, con el mismo procedimiento y casi con las mismas manos. Es un método, no una serie de hallazgos sueltos: hervir, precipitar, lavar, cristalizar, pesar. La farmacia deja de ser un oficio de mezclas y pasa a ser una industria de cantidades. El boticario que ajustaba a ojo se convierte en intermediario entre una fábrica y una receta. La palabra dosis, tal y como la usamos, tiene doscientos años y empieza ahí.
La misma operación tiene el otro filo, y no funciona como una consecuencia desgraciada; es la misma cosa mirada del revés. Pesar permite dar lo justo. Pesar permite también dar de más a propósito, saber cuánto es de más y venderlo por unidades.
Antes de 1804 nadie podía morirse de una cifra. Podía morirse de una decocción mal hecha, que es otra cosa y no se puede industrializar.
VI
La pieza fácil aquí es la epidemia, y no la voy a escribir.
No por delicadeza, sino porque no la tengo en el cuerpo. Lo que sé de eso lo sé por estadísticas, y escribir con voz de testigo sobre una cosa que he leído es el vicio que esta serie intenta no tener. Yo tuve una caja de veinte comprimidos, la conté, la terminé y dormí mal tres noches.
Lo único que puedo aportar de primera mano es de un tamaño ridículo al lado del asunto. El cuarto día miré el reloj antes de que tocara. Eso es todo lo que vi desde dentro, y ya me pareció bastante información.
VII
De los tres chicos de Paderborn no se sabe nada más [ni nombres, ni oficio, ni qué les contaron antes]. No hay nombres, ni edades exactas, ni qué fue de ellos; existen tres líneas en el informe de un hombre que estaba describiendo su propio envenenamiento.
De él sí se sabe, y bastante. Siguió trabajando, discutió durante años por el reconocimiento de lo que había hecho, tuvo dolores crónicos y los trató con lo mismo que había aislado. Murió el 20 de febrero de 1841, en Hameln, cincuenta y siete años después de aquellos cristales.
La era de la dosis exacta empezó con un error de dosis. El hombre que hizo posible escribir diez miligramos en un papel estuvo a punto de matar a cuatro personas por no saber cuánto era mucho [y tres de ellas no lo habían decidido].
1804, los primeros cristales.
1817, la prueba en sí mismo y en tres chicos de diecisiete años, con un cuarto de botella de vinagre para vomitarlo.
20 de febrero de 1841.
Caja de veinte comprimidos de diez miligramos, hoy, en una farmacia española: menos de cinco euros.
Cinco días.