Pieza independiente
El cuaderno
Ácido acetilsalicílico · Elberfeld, 10 de agosto de 1897
I
El 10 de agosto de 1897, en un cuaderno de laboratorio de una fábrica de tintes reconvertida en farmacéutica, alguien anotó una síntesis que había salido limpia.
Era un asiento corto, con su fecha, su número de experimento y las cantidades; el tipo de línea que se escribe sin pensar que va a durar. Lo firmaba Felix Hoffmann, veintinueve años, químico de plantilla. La sustancia era ácido acetilsalicílico, que no era nueva —se había obtenido antes, mal y sin interés— y que esta vez salió pura y estable.
Un cuaderno de laboratorio parece un documento histórico y no lo es. Es un papel de empresa.
Está numerado, encuadernado y guardado por la compañía que paga el sueldo del que escribe. Su función tampoco es dejar constancia para la posteridad; es probar quién inventó qué, el día que haya que cobrarlo o defenderlo ante un juez.
Ese cuaderno decidió una historia durante un siglo.
II
La versión que llegó a todo el mundo tiene la forma de un cuento y se la sabe cualquiera.
Hoffmann buscaba algo para el reúma de su padre, que no toleraba el salicilato que le daban; probó a acetilarlo, le salió, se lo dio y el padre mejoró. Es una historia perfecta; tiene motivo, tiene afecto y tiene un hijo bueno.
Apareció por escrito en 1934, en una nota de la propia empresa, treinta y siete años después de los hechos [ni Hoffmann ni nadie la había contado antes por escrito].
En 1934, en Alemania. Ese dato no es un adorno del contexto.
Porque el jefe del laboratorio farmacéutico en 1897, el hombre que estaba por encima de Hoffmann y que dirigía aquella línea de trabajo, se llamaba Arthur Eichengrün y era judío. En la versión de 1934 no aparece. No aparece disminuido ni discutido: no aparece.
III
Eichengrün no era un ayudante al que se le olvida citar.
Había entrado en la empresa en 1896 y le hizo ganar dinero de verdad con un tratamiento para la gonorrea que se vendió durante décadas [aquello sí llevaba su nombre]. Después montó su propia fábrica y patentó materiales que se usaron en cine y en aviación. Era, por currículo, uno de los químicos industriales importantes de su país.
En los años treinta le fueron quitando las cosas por partes: la empresa, las patentes, el nombre en los papeles. Cada una de esas pérdidas tiene su expediente administrativo, su sello y su funcionario; nada de esto ocurrió en la sombra. En mayo de 1944, con setenta y seis años, lo deportaron a Theresienstadt, donde pasó catorce meses.
Sobrevivió. Volvió a Alemania con setenta y siete años, sin fábrica, sin patentes y con una parte de la familia muerta.
En diciembre de 1949, con ochenta y dos años, publicó en una revista farmacéutica alemana un artículo titulado «Cincuenta años de aspirina». Ahí contó su versión de lo ocurrido medio siglo antes: que la síntesis se hizo bajo su dirección y siguiendo su indicación, y que Hoffmann la ejecutó sin saber para qué servía.
Murió ese mismo mes, el 23 de diciembre, unas semanas después de publicarlo.
La empresa mantuvo su versión.
IV
Lo que yo tengo en el armario del baño cuesta menos de dos euros y son veinte comprimidos.
Me tomé uno en enero, a las ocho de la mañana, después de una noche de las que ya no me corresponden por edad —y de una discusión tonta en un portal a las cuatro—. Dolor de cabeza en la nuca. Sed. Esa sensibilidad rara a los sonidos de la cocina [la nevera, sobre todo]. El comprimido tarda media hora y lo que hace es limpio y modesto. Baja el dolor un escalón y lo deja ahí.
Al día siguiente me corté afeitándome, en el borde de la mandíbula: un corte de nada, de los de todas las semanas.
Estuvo sangrando veinte minutos. Dos trozos de papel higiénico pegados, el segundo empapándose otra vez, y yo en el espejo calculando si podía salir de casa así [tenía que salir]. No dolía, no era grave, y no paraba.
Eso lo hizo un comprimido que me había tomado veinticuatro horas antes, y lo iba a seguir haciendo ocho días más. Un analgésico barato [el más barato que hay] para una resaca, con efectos que duran más que la resaca, que el dolor y que el recuerdo de haberlo tomado.
V
Por dentro pasa esto.
El comprimido se deshace en el estómago, donde el ácido es tan fuerte que la molécula no llega a cargarse eléctricamente, y al no estar cargada atraviesa la pared sin permiso y sin transportador. Ya en la sangre se encuentra con un túnel estrecho [una enzima con forma de canal] por el que tiene que pasar cierta grasa para convertirse en dos cosas a la vez, la señal del dolor y la orden de taponar una herida.
La aspirina no obstruye ese túnel. Deja un trozo de sí misma dentro.
Se le desprende un fragmento y se suelda a la pared del canal, a mitad de camino, con un enlace que no se deshace. Para siempre, en ese túnel concreto.
La mayoría de las células lo resuelven sin drama: leen la instrucción que tienen guardada, fabrican un túnel nuevo y a las pocas horas están otra vez trabajando.
La plaqueta no puede.
Una plaqueta no es una célula entera. Es un trozo que se desprende de una célula grande de la médula y sale a la circulación sin núcleo, o sea sin las instrucciones, o sea sin manera de fabricar nada nuevo. Sale a la calle con las herramientas que lleva encima, y con ninguna más.
De modo que la plaqueta que se encontró con mi comprimido del martes se quedó inutilizada, y no por un rato: para el resto de su vida, que son ocho o diez días. La médula va soltando plaquetas nuevas cada día, alrededor de un diez por ciento; por eso el efecto se deshace despacio en vez de terminarse.
Quien toma una aspirina al día no vuelve a tener la misma sangre dos veces.
VI
Lo que hay debajo de esta molécula no es un mito que creció solo, como la sala que despierta o el rosal del policía. Es otra cosa y hay que llamarla por su nombre.
Un mito lo fabrica el tiempo y nadie es responsable [se cuenta mal, se repite, y al cabo de treinta años ya es verdad]. Esto lo escribió alguien, en una oficina, con una fecha, y sabiendo lo que hacía.
El registro no se perdió. Se editó. Y no se editó por descuido administrativo, sino en el año y en el país en que a un hombre se le quitaban primero las patentes, después la fábrica y después el nombre.
El archivo lo administraba una de las partes, y no había otro. El cuaderno era suyo, la nota de 1934 era suya, el relato del hijo bueno era suyo, y la otra versión tuvo que esperar a que su autor saliera de un campo, cumpliera ochenta y dos años y la publicara en una revista, semanas antes de morirse.
No hace falta decidir quién tenía razón para ver el desequilibrio. Basta con mirar quién tenía el papel.
El papel, en esta industria, es la mitad del asunto. Una patente es un documento; una prioridad de invención es un documento; la historia oficial de una empresa es un folleto que se imprime en su propia imprenta. Quien guarda los tres decide, durante décadas, qué fue lo que pasó, sin necesidad de mentir en ninguna línea concreta.
VII
Contra esto hay una objeción y es seria, así que la pongo entera.
Eichengrün también es parte interesada. Reclamaba una autoría que le habría dado prestigio y dinero, lo hizo cincuenta y dos años después de los hechos, cuando casi todos los testigos habían muerto, y lo hizo desde una biografía que da toda la razón moral del mundo pero ninguna prueba documental. Su relato de 1949 no se puede verificar más que el asiento de 1897. Son dos afirmaciones y ninguna prueba.
Hay algo peor, y me toca a mí. Es muy cómodo contar esto desde aquí, con el hombre ya muerto, la empresa ya señalada y yo con mi comprimido de dos euros en el baño.
Lo único que me parece firme es lo pequeño: dos personas dijeron cosas incompatibles, y una de ellas era dueña del cuaderno, de la imprenta y del edificio.
VIII
En el cuaderno sigue estando la entrada del 10 de agosto de 1897, con su número, su fecha y su firma. Es un documento auténtico. Nadie ha falsificado un renglón.
Lo que no hay en ninguna página es qué se le pidió a ese hombre esa mañana, quién se lo pidió y por qué [un cuaderno registra resultados, no órdenes].
10 de agosto de 1897, asiento de laboratorio con la síntesis limpia.
1934, la empresa publica su versión oficial y en ella falta un nombre.
Mayo de 1944, Theresienstadt, catorce meses.
Diciembre de 1949, la otra versión, publicada a los ochenta y dos años.
23 de diciembre de 1949.
Caja de veinte comprimidos, hoy, en cualquier farmacia: menos de dos euros.
Ocho o diez días por cada uno.