Pieza independiente
Treponema pallidum · Londres, 1767
El cuerpo que no consta
I
En 1767, en Londres, se metió en un pene material tomado de un enfermo de gonorrea: dos punciones, una en el glande y otra en el prepucio.
El experimento tenía una pregunta clara. Se discutía si la gonorrea y la sífilis eran dos enfermedades o una sola con dos caras, y la manera de zanjarlo parecía obvia [tomar la secreción de una y ver qué produce].
Lo que apareció fue primero una secreción y más tarde una úlcera dura —el chancro— y después los signos de la segunda enfermedad.
El cirujano que lo hizo se llamaba John Hunter y era el anatomista más influyente de Inglaterra. Publicó el caso en 1786, en su tratado sobre la enfermedad venérea [un libro que se reeditó durante medio siglo], y concluyó que ambas eran manifestaciones de un mismo veneno.
En el texto no dice de quién era el cuerpo.
II
Lo que ocurrió con ese silencio es la mitad de esta pieza.
Durante siglo y medio la historia se contó con un protagonista: Hunter se había inoculado a sí mismo, heroicamente, y había pagado su error con la enfermedad. Esa versión se popularizó en 1925, en una conferencia conmemorativa dictada en su honor [la oración hunteriana de aquel año], y de ahí pasó a los manuales, a las biografías y a los discursos de graduación como «el experimento de Hunter».
Un biógrafo posterior, Qvist, la desmontó. El tratado no lo dice; la correspondencia no lo dice; la cronología de la enfermedad de Hunter no encaja bien, y hoy se acepta que el sujeto fue con bastante probabilidad otro hombre, del que no consta ni el nombre ni la edad ni cómo llegó allí.
El experimento más consecuente de la medicina venérea del siglo XVIII no tiene cuerpo identificado.
La versión heroica se sostuvo porque resuelve dos cosas a la vez. Da un sujeto a un acto que no lo tenía y convierte un error científico en un sacrificio personal, que es una forma de error que no obliga a revisar nada. Un cirujano que se envenena a sí mismo por saber no es alguien que se equivocó con un solo caso: es alguien que pagó. Las dos frases describen el mismo experimento y solo una de ellas exige mirar el método.
Y la versión con protagonista no se inventó para engañar a nadie. Se inventó porque una historia necesita un cuerpo, y cuando el archivo no lo da, alguien lo pone.
III
El error, sin embargo, no estaba en de quién era el pus. Estaba en el enfermo de origen.
Aquel hombre tenía las dos enfermedades a la vez, cosa nada rara entonces y que nadie podía comprobar, porque no había manera de distinguirlas más que por lo que salía después. De modo que la muestra llevaba dentro las dos cosas y produjo las dos cosas, y de un solo caso salió una doctrina.
La unidad venérea se enseñó durante setenta años. El tratamiento que se derivaba de ella era el mismo para todo: mercurio, en fricciones, en píldoras o en vapores, hasta que al enfermo le salivaba la boca y se le caían los dientes.
La dosis se ajustaba por la saliva. Se consideraba que el tratamiento iba bien cuando el paciente producía un litro o más al día [la salivación es el primer signo de la intoxicación por mercurio], de modo que el criterio de eficacia y el criterio de envenenamiento eran el mismo.
IV
Quien las separó lo hizo con el mismo método y en mayor cantidad.
Entre 1831 y 1838, en un hospital de París, Philippe Ricord inoculó a enfermos ingresados por centenares —tomando material de unos y poniéndolo en otros— y estableció que las dos enfermedades eran distintas y que la secreción de una no producía la úlcera de la otra.
No eran dos, además. En 1889, un dermatólogo italiano separó una tercera, la úlcera blanda, que hasta entonces se había ido metiendo en el mismo saco: la doctrina de la unidad no se equivocaba por juntar dos cosas, sino por juntar tres.
De esos cuerpos tampoco consta nada. Eran pacientes de un hospital de venéreas de París, y ésa es toda la descripción que hay.
La frase que resuelve el asunto en los manuales es que Ricord «demostró la dualidad» de las enfermedades venéreas. La demostración consistió en inocular a enfermos ingresados, con lo que tenía otro enfermo ingresado, durante siete años.
V
El organismo que causa una de las dos se vio por primera vez en 1905, en Berlín, y explica por qué se tardó tanto.
Es una espiral finísima: entre una décima y dos décimas de micra de grosor, tan estrecha que queda por debajo de lo que un microscopio corriente separa, y tan poco teñible que el nombre que se le puso significa pálida. Con las tinciones habituales no se ve; hay que mirarla con luz lateral, sobre fondo oscuro, viva y moviéndose [el nombre de la técnica es campo oscuro y se sigue usando].
No se ha conseguido cultivarla de forma corriente en un tubo. Tiene un genoma pequeño al que le faltan las rutas para fabricarse casi todos sus componentes, de manera que los toma del cuerpo en el que está; y se divide una vez cada treinta horas [una bacteria intestinal tarda veinte minutos].
Su superficie lleva muy pocas proteínas asomando, y ésa es la razón mecánica de que el sistema inmunitario tarde tanto en fijarla. Las estirpes con menos cosas que reconocer por fuera persistieron en los cuerpos más tiempo; las otras se eliminaron antes. No hay disfraz ni astucia en eso: hay un inventario de superficie más corto.
VI
La objeción es que Hunter no fue ni un chapucero ni un fanfarrón.
Hizo el único experimento que su época permitía hacer, con la única herramienta disponible, y publicó el resultado con sus observaciones. El fallo fue el número: un caso, en un enfermo del que no podía saber que tenía las dos infecciones, convertido en regla general.
Un caso único basta para derribar una afirmación universal. No basta para fundar una. Esa asimetría es la lección, y setenta años de mercurio es lo que costó aprenderla.
VII
Nada de esto la afectó.
Siguió pasando de un cuerpo a otro en Londres, en París y en todas partes, dividiéndose cada treinta horas y tomando prestado lo que no sabe fabricar. En 1932 se puso en marcha en Alabama un estudio en el que a cuatrocientos hombres negros con la enfermedad se les observó sin tratamiento durante cuarenta años, con penicilina disponible desde los años cuarenta.
Setenta y un años entre la inoculación de Londres y las de París que la corrigieron.
Ciento treinta y ocho hasta que se vio el organismo al microscopio.
Ciento cincuenta y ocho entre el experimento y la conferencia que le puso protagonista.
Treinta horas para dividirse una vez.
Un cuerpo, en 1767, del que no consta el nombre.