Pieza independiente
Cables submarinos · Luzón, 2006 · mar Rojo, 2024
El fondo del mar
I
El 26 de diciembre de 2006, a las 20:26 hora local, un terremoto de magnitud siete sacudió el mar frente a Hengchun, en el extremo sur de Taiwán.
El temblor en tierra fue moderado y dejó dos muertos. Lo que hizo daño ocurrió abajo: el movimiento disparó corrientes de turbidez por el talud continental, avalanchas de sedimento que bajaron la pendiente arrastrando lo que encontraron.
Lo que encontraron fueron los cables que atraviesan el estrecho de Luzón [el paso entre Taiwán y Filipinas]. Se rompieron ocho o nueve en cuestión de horas.
Al día siguiente, Corea del Sur había perdido buena parte de su capacidad internacional; en China continental, Hong Kong y Taiwán el acceso a servicios de fuera del país quedó reducido a una fracción. Los bancos no podían liquidar operaciones en divisas. Se tardó casi cincuenta días en dejarlo todo reparado.
II
La parte que suele sorprender es la primera frase de cualquier informe del sector, y no es una metáfora: más del noventa y cinco por ciento del tráfico de datos entre continentes va por cable submarino. El satélite mueve el resto.
Hay algo más de quinientos cables activos y en torno a un millón y medio de kilómetros de tendido. Un cable intercontinental en aguas profundas tiene el grosor de una manguera de jardín; lleva dentro un manojo de fibras del espesor de un pelo, rodeado de acero y de un tubo de cobre que conduce la corriente con la que se alimentan los repetidores ópticos cada sesenta o cien kilómetros.
En las zonas llanas y profundas se deja apoyado en el fondo, sin enterrar. Enterrarlo cuesta dinero y sólo se hace cerca de la costa, donde hay anclas y redes de arrastre.
Con eso en la cabeza, la estadística de averías deja de parecer exótica. Se registran entre cien y doscientos cortes al año en el mundo. La mayoría los causa un ancla o un aparejo de pesca; después vienen los movimientos del fondo, y en último lugar los fallos del equipo. Casi nada es sabotaje.
No son accidentes raros. Son el régimen normal de funcionamiento.
III
Lo que convierte una avería corriente en un apagón regional es la geografía, porque los cables no están repartidos por el mar; están agrupados donde el mar deja pasar.
El estrecho de Luzón —entre Taiwán y Filipinas— es por donde entra y sale casi todo el tráfico del noreste de Asia. El estrecho de Malaca concentra la ruta entre el océano Índico y el mar de China. El corredor del mar Rojo, de Bab el-Mandeb a Suez, embuda el tráfico entre Europa y Asia, y además lo saca del agua: en Egipto los cables cruzan el país por conducto, que es el único tramo de todo el trayecto que no va por mar. Esos mismos cables vuelven a estrecharse después en el canal de Sicilia — dos cuellos en serie sobre una sola ruta, que no se compensan entre sí; se suman.
Son los mismos pasos que llevan siglos siendo estratégicos para los barcos, por la misma razón: es por donde se puede. Un cable entre Europa y Asia que no quiera dar la vuelta a África tiene que pasar por el mar Rojo, y en el mar Rojo hay un tramo donde quince o dieciséis cables van casi juntos.
Baran había calculado que una red con tres o cuatro enlaces por nodo sobrevive a la pérdida de la mitad de sus nodos. El cálculo es correcto, y supone que los enlaces son independientes. Dieciséis cables que comparten doscientos kilómetros de fondo no son dieciséis enlaces: son uno.
IV
En febrero de 2024 se cortaron tres de ellos en el mar Rojo — Seacom, AAE-1 y EIG — en el espacio de unos días.
La explicación más aceptada es que el Rubymar, un carguero alcanzado por un misil hutí el 18 de febrero, soltó el ancla al ser abandonado y la arrastró por el fondo mientras iba a la deriva, antes de hundirse. No hay confirmación pública definitiva, y conviene decirlo así: es la hipótesis que sostienen los operadores, no un hecho establecido.
El efecto sí está medido. Alrededor de una cuarta parte del tráfico entre Europa y Asia hubo que desviarlo, en parte por el otro lado del planeta, con el aumento de retardo que eso implica.
La reparación no fue rápida, y no por falta de técnica. Hacía falta permiso de las autoridades yemeníes para trabajar en esas aguas, y hacía falta un barco dispuesto a entrar en una zona donde estaban disparando a los barcos.
V
Hay un último tramo que casi nadie ve, y es donde el cable sale del agua.
Una estación de amarre es un edificio bajo, sin rótulo, a unos cientos de metros de una playa cualquiera. Dentro están los equipos que alimentan el cable con la corriente continua que mueve los repetidores, y el punto donde las fibras del mar se empalman con las de tierra. Suele haber un vallado, una cámara y nadie dentro la mayor parte del tiempo; se visita para mantenimiento, y poco más.
En España están en Conil, en Sopelana, en Altavista. En Reino Unido, en Bude, al lado de una estación de escucha de señales del gobierno — no es coincidencia, es la misma razón geográfica aplicada dos veces.
Y hay un cambio de propiedad que conviene anotar, porque mueve el dibujo entero. Los cables los tendían consorcios de operadores de telecomunicaciones que se repartían la capacidad. Desde mediados de los años diez, los que pagan los nuevos son en buena parte cuatro empresas de contenidos [las mismas que tienen las nubes], que ya no alquilan fibra ajena y tienden la suya.
El fondo del mar también se concentró, y lo hizo en menos manos que antes.
VI
Queda la flota, que es la parte de la que casi nunca se habla y es la que decide cuánto dura todo lo anterior.
Los barcos capaces de reparar un cable submarino en aguas profundas son unas decenas en todo el mundo; las cuentas del sector rondan la sesentena, y una parte de ellos se dedica a tender cable nuevo más que a repararlo. Muchos pasan de los veinte años. No se construyen apenas, porque el negocio consiste en cobrar una cuota de disponibilidad y esperar sentado, y eso no justifica un astillero.
El procedimiento es el de 1870, mejorado. El barco va a la posición estimada, arrastra un arpeo por el fondo hasta enganchar el cable, lo sube, corta, empalma un tramo nuevo y lo devuelve al mar. En cuatro mil metros de profundidad, cada pasada son horas.
Cuando se rompen ocho cables a la vez, no salen ocho barcos. Sale el que haya, y hace uno detrás de otro.
El contrato que sostiene todo esto es un acuerdo de mantenimiento por zonas: los operadores de una región pagan una cuota anual a un consorcio que mantiene barcos estacionados y disponibles. Funciona razonablemente bien cuando las averías son las de siempre, repartidas en el tiempo. No está dimensionado para que se rompa un estrecho entero.
Hay en el mundo menos barcos capaces de reparar un cable submarino que aviones de pasajeros despegando de un aeropuerto grande en una hora.