Pieza independiente

Egipto · 27 de enero de 2011, 22:34 UTC

El interruptor

I

El 27 de enero de 2011, a las 22:34 hora universal, las rutas de Egipto empezaron a desaparecer de las tablas del mundo.

No se cayeron de golpe ni se cayeron solas. Durante unos veinte minutos fueron retirándose en tandas: primero las de un operador, luego las de otro, luego las del tercero. Alrededor de tres mil quinientos bloques de direcciones dejaron de estar anunciados. Con ellos se fue el ochenta y tantos por ciento de la conectividad del país.

Lo que se vio desde fuera fue eso, y se vio con precisión porque las retiradas de rutas quedan registradas; hay colectores que guardan cada anuncio y cada retirada con marca de tiempo, de modo que el apagón de Egipto tiene una gráfica y la gráfica tiene escalones.

Los escalones son la parte interesante del asunto. Un corte físico no produce escalones. Produce un acantilado. Lo que produce escalones es una persona llamando por teléfono a cuatro empresas, una detrás de otra.

II

La pregunta que importa no es cómo se hizo sino por qué se pudo hacer, y la respuesta está en la estructura del mercado egipcio de entonces [cuatro licencias de ámbito internacional].

El tráfico internacional del país pasaba por cuatro operadores con licencia. Cuatro. Los demás proveedores, que eran decenas, compraban su conectividad internacional a esos cuatro, de modo que apagar cuatro era apagar todos.

Encima, los cables submarinos que llegan a Egipto amarran en un número pequeño de estaciones, y los permisos para operarlas los concede el Estado. La concentración no era un accidente del mercado; era el resultado de un régimen de licencias que se había diseñado, años antes y por razones de recaudación y de control, para que hubiera pocos titulares.

Hubo una excepción, y confirma el mecanismo en vez de desmentirlo. Noor Group, un operador pequeño, siguió funcionando varios días más. Por él pasaba la conexión de la bolsa de El Cairo y de varias entidades financieras; la lectura que se hizo entonces —y que nadie ha desmentido con documentos— es que apagarlo tenía un coste que las otras tres llamadas no tenían.

El interruptor existía. Tenía además una cláusula de excepción, y la cláusula era el dinero.

III

Aquello se presentó en su momento como un episodio excepcional de un gobierno en apuros. Trece años después no es excepcional en absoluto.

La organización que lleva la cuenta documentó en 2023 casi trescientos cortes deliberados en una cuarentena de países; fue el peor año de la serie. Los motivos registrados son exámenes oficiales, protestas, elecciones, operaciones militares y disturbios, y el primero de esa lista no es una errata.

La India encabeza la lista desde hace años, con cortes regionales que se decretan por distritos. Irán apagó casi todo durante una semana en noviembre de 2019, cuando las protestas por el precio del combustible. En Birmania, después del golpe de 2021, hubo cortes nocturnos programados durante meses, de una de la madrugada a nueve de la mañana, con la regularidad de un horario de transporte.

El procedimiento es el mismo en todos los casos y no requiere tecnología especial. Se ordena a los operadores con licencia que retiren sus anuncios, o que filtren, o que bajen el ancho de banda hasta hacerlo inútil [la práctica tiene nombre propio: estrangulamiento]. La orden puede ser verbal. A menudo lo es.

Hay un rasgo del procedimiento que conviene no pasar por alto. Casi nunca se apaga todo: se apaga una provincia, o se apaga el acceso móvil y se deja el fijo, o se dejan funcionando los sistemas de pago y se corta lo demás.

Eso no es moderación. Es que un apagón total tiene un coste económico que se puede calcular y que alguien calcula, y lo que se busca es la combinación más barata que consiga el efecto. Hay estimaciones publicadas del coste diario de un corte por país, y los gobiernos que los decretan las conocen.

IV

Lo que separa a un país que puede apagarse de uno que no es su topología, y conviene decirlo sin consuelo porque funciona en las dos direcciones.

Un país con cuatro operadores internacionales y dos estaciones de amarre se apaga con cuatro llamadas, y eso es aritmética antes que política. Un país con doscientos sistemas autónomos independientes, varios puntos neutros de intercambio y amarres en costas distintas no se apaga con llamadas; habría que cortar cables, y cortar cables deja marcas y tarda.

Eso no es una virtud moral de nadie. Es el resultado de decisiones de regulación tomadas por motivos que no tenían nada que ver con esto: cuántas licencias se conceden, si se obliga al operador dominante a ceder acceso, si hay un punto neutro nacional o cada quien compra tránsito en el extranjero.

Y hay un efecto de segundo orden que merece el nombre. Cuando un país no tiene punto neutro propio, el tráfico entre dos de sus propios proveedores sale al extranjero y vuelve — a Londres, a Marsella, a Ámsterdam. Dos vecinos de la misma ciudad se escriben a través de otro continente — pagando tránsito en las dos direcciones y pasando por jurisdicciones que no son la suya.

Durante años ésa fue la situación normal en buena parte de África. Los programas de puntos neutros regionales que arrancaron en los años diez se montaron para arreglar exactamente eso, y lo que midieron al terminar no fue sólo la bajada de latencia: fue la bajada de la factura.

V

Baran construía su argumento sobre un supuesto que en su contexto era evidente: que los enlaces se cortan porque los destruye alguien desde fuera.

La red que modelaba era militar, el adversario era externo y el daño era físico. Con esa suposición, repartir enlaces es una defensa, y cuantos más haya, mejor.

El apagón de Egipto no fue un ataque externo y no destruyó nada. Los cables siguieron enteros, los equipos siguieron encendidos y el personal siguió en su puesto. Lo único que pasó es que los titulares de las licencias dejaron de anunciar lo que sabían alcanzar, que es exactamente lo que el protocolo les permite hacer en cualquier momento y sin dar explicaciones.

Contra eso la redundancia de enlaces no defiende, porque los enlaces no estaban rotos. Un país puede tener la malla más tupida del mundo y apagarse igual, si quien decide anunciarla son cuatro personas.

La pregunta que Baran no se hizo —y no tenía por qué, en 1964— no es cuántos nodos hacen falta para que la red sobreviva. Es cuántas personas distintas tienen que decir que sí para que la red funcione.

En Egipto, en enero de 2011, eran cuatro.

Mubarak dimitió el 11 de febrero. Internet había vuelto nueve días antes, el 2, a las 09:29 de la mañana. Tardó menos de una hora en estar entera, porque restablecer es más rápido que cortar: no hubo que llamar a nadie dos veces.

James Void Voyage · 12.10.2026