Pieza independiente

El niño del jardinero

Vacuna antivariólica · James Phipps, 14 de mayo de 1796

I

El 14 de mayo de 1796, en un jardín de Berkeley, un médico rural le hizo dos cortes en el brazo a un niño de ocho años y le metió dentro pus de la mano de una ordeñadora.

El niño se llamaba James Phipps y era hijo del jardinero de Edward Jenner; el médico era el patrón de su padre. La ordeñadora se llamaba Sarah Nelmes y tenía viruela de las vacas, una enfermedad leve que sale en las manos de quien ordeña y se pasa sola.

Phipps tuvo unos días de malestar, algo de fiebre y una llaga en el sitio de los cortes [nueve días, según la anotación]. Nada más.

El 1 de julio, seis semanas después, Jenner volvió a cortarle el brazo y le inoculó viruela humana. Viruela de verdad, la que mataba a uno de cada tres.

No pasó nada: ni pústula, ni fiebre, ni enfermedad. Lo repitió más veces a lo largo de los años siguientes y siguió sin pasar nada.

Hay que detenerse en lo que eso significa como procedimiento. El experimento consistía en infectar a propósito a un niño sano con una enfermedad mortal para ver si el tratamiento previo lo protegía [dos cortes, seis semanas de espera, y a ver]. Si Jenner se hubiera equivocado, el niño se moría.

No se equivocó. Ése es todo el argumento moral que hubo.

Hay un detalle de clase que suele caerse del relato. Jenner tenía a mano niños de familias que dependían de él y los usó: además de Phipps, inoculó al hijo pequeño de su propia casa y a varios críos del pueblo y del hospicio. No eran voluntarios en ningún sentido que hoy reconoceríamos —eran los que había, y estaban cerca—.

II

La idea no era suya y él nunca dijo que lo fuera.

Las ordeñadoras lo sabían: las que pasaban la viruela de las vacas no cogían la otra, y en algunos sitios de Inglaterra ya se hacía por costumbre familiar. Antes había existido la variolización, traída de Oriente: inocular viruela humana suavizada. Funcionaba bastante bien salvo por un detalle —mataba a uno o dos de cada cien y podía iniciar un brote—.

Lo que hizo Jenner fue sustituir el material peligroso por uno inofensivo y escribirlo.

La palabra que inventó viene de vaca, y por eso todas las vacunas del mundo se llaman como se llaman. La primera se llamó así porque salía de una ubre.

Lo que sí puso él fue el método y la insistencia. Mandó su trabajo a la sociedad científica de Londres, que se lo rechazó; lo publicó por su cuenta en 1798, con setenta y cinco páginas y sus propias láminas; y se pasó los años siguientes mandando hilo impregnado por correo a quien se lo pidiera [gratis, y a veces con instrucciones de su puño] para que pudieran repetirlo en otros países.

La vacuna viajó en sobres, entre hojas de papel; así llegó a España, y de España a América en los brazos de veintidós niños expósitos que se fueron contagiando por turnos durante la travesía.

III

Yo no tengo la marca y mi madre sí.

Es un círculo de un centímetro escaso en el hombro izquierdo, con la piel más fina y un relieve irregular; como una moneda mal acuñada. Se la hicieron de niña con una aguja bifurcada. Durante décadas, esa marca fue la manera de saber, mirando un brazo desnudo en una playa, quién había nacido antes de cierta fecha.

Se la he tocado alguna vez, de mayor, con esa curiosidad tonta de tocar una cicatriz ajena. La piel de ahí es más suave que la de alrededor.

Yo no la llevo porque a mí ya no me la pusieron. Dejaron de ponerla porque la enfermedad se había acabado, y se había acabado porque durante casi dos siglos todo el mundo llevó esa marca.

Es el único caso de esta serie en que el cuerpo de ahora no tiene nada que contar. No hay dosis, no hay efecto adverso, no hay precio y no hay caja en el cajón.

No tengo nada porque la cosa funcionó. Ésa es toda la herencia: una ausencia en el hombro.

Hay una asimetría rara en eso y no se me va de la cabeza. De todas las moléculas de esta serie, ésta es la única cuyo éxito se mide en que su historia sea aburrida para quien vino después. Las demás dejan cajas, precios, efectos y calendarios. Ésta deja un hueco donde tendría que haber una cicatriz, y un recuerdo de segunda mano en la piel de mi madre.

En casa de mi madre hay una cartilla de vacunación de los años sesenta, de cartón, con sellos de tinta y una firma distinta en cada línea. La he mirado con la curiosidad con la que se mira un billete antiguo. La caligrafía de los médicos rurales de entonces era mejor que la de ahora, y cada sello costaba un desplazamiento a un pueblo [autobús, espera, vuelta].

IV

Lo que pasa por dentro no es química, y por eso esta pieza es rara dentro del expediente.

No hay una molécula ocupando una cerradura ni una enzima que se quede agarrada. Lo que entra en el brazo es un virus entero, vivo, parecido pero no igual al peligroso, y lo que hace el cuerpo es lo único que hace falta.

Unas células que viven debajo de la piel y que están todo el día cogiendo trozos de lo que pasa se llevan fragmentos de ese virus a un ganglio cercano, que es una sala pequeña donde se reúnen las que deciden. Allí enseñan el fragmento [una rueda de reconocimiento, con millones de sospechosos]. Entre los millones de defensas disponibles hay unas pocas cuya forma casualmente encaja con ese trozo concreto, y ésas reciben la orden de multiplicarse.

Tardan entre una y dos semanas, que es el motivo de que una vacuna no sirva de nada si te la pones el día que te contagias.

De esa multiplicación salen dos cosas. Unas células que fabrican anticuerpos ahora, para esta pelea, y otras que no hacen nada y se quedan [las de memoria, que son el invento]. Esas segundas son el asunto. Se quedan en la médula y en los ganglios durante años, a veces durante toda la vida, sin hacer nada, esperando a que vuelva a aparecer la misma forma.

Cuando el virus de verdad llega, no se encuentra un cuerpo que empieza de cero. Se encuentra un cuerpo que ya tiene el molde hecho y que responde en horas.

Por eso la protección de Phipps no estaba en su brazo. Estaba en su médula, y ahí siguió hasta que se murió.

Por eso una vacuna tampoco es un fármaco en el sentido de las demás. Un fármaco hace algo mientras está dentro y deja de hacerlo cuando se va. Esto no hace nada: le enseña a otro a hacerlo, se marcha en unos días, y lo que queda funcionando durante cincuenta años es el cuerpo del vacunado.

V

La viruela es la única enfermedad humana que hemos eliminado del planeta.

El último caso natural fue en Somalia, en 1977: un cocinero de hospital llamado Ali Maow Maalin, que sobrevivió. El año siguiente murió una fotógrafa médica en Birmingham por una fuga de laboratorio [el virus ya solo existía en dos neveras], y en 1980 la organización sanitaria mundial declaró oficialmente que aquello se había terminado.

Eso quiere decir que, por una vez, una historia de medicina sí acaba bien, y hay que decirlo sin adornarlo, porque pasa una vez cada doscientos años.

Lo que no acaba bien es el procedimiento. Jenner experimentó con el hijo de su jardinero, es decir con un niño cuyo padre trabajaba para él y difícilmente podía decir que no. Después le regaló una casa [con jardín, en el mismo pueblo]. Las dos cosas son verdad y la segunda no arregla la primera.

VI

La objeción contra mí es sencilla y me incomoda más que otras.

Yo no llevo la marca, y no la llevo porque me tocó nacer en el lado correcto de una frontera temporal que trazaron otros. Escribo sobre el riesgo que corrió un niño de ocho años en 1796 desde la posición de quien se benefició de ese riesgo sin haber puesto nada.

Y hay una segunda cosa que no se arregla escribiéndola. Todo lo que sé de la viruela lo sé por fotografías; no queda nadie a mi alrededor que la haya visto. La desaparición completa de una enfermedad tiene ese efecto secundario: se lleva consigo la memoria de por qué había que hacer algo.

VII

De James Phipps se sabe poco más. Vivió en Berkeley, tuvo hijos, Jenner le dio una casa con jardín y lo revacunó unas cuantas veces a lo largo de su vida, probablemente para comprobar que aquello seguía funcionando.

Murió en 1853, a los sesenta y cinco años, en el mismo pueblo donde le hicieron los cortes. Su casa todavía se enseña; la llaman «la casita de Phipps».

En su lápida no pone nada de esto; ni una línea.

14 de mayo de 1796, dos cortes en un brazo de ocho años.

1 de julio de 1796, la prueba con viruela humana.

1977, el último caso natural del mundo.

1980, la declaración oficial.

Coste de una dosis para mí, hoy: no existe la dosis.

James Void Voyage · 20.09.2026