Pieza independiente

Paul Baran · RAND, 1964

El panel que no se construyó

I

La figura tiene tres paneles y aparece en la primera página del primero de once volúmenes que la RAND Corporation publicó en agosto de 1964 [On Distributed Communications].

A la izquierda, una estrella: muchos puntos y un solo centro al que van todas las líneas. En el medio, unas cuantas estrellas unidas entre sí por los centros. A la derecha, una malla sin centro, donde cada punto toca a tres o cuatro vecinos y ninguno manda.

Debajo, tres palabras: centralizada, descentralizada, distribuida.

Desde entonces se cita en manifiestos de software libre, en presentaciones de criptomonedas [el documento de Bitcoin la hereda de segunda mano], en libros sobre organización horizontal y en artículos sobre el rizoma. Casi siempre con la misma lectura; la izquierda es el pasado autoritario, la derecha es el futuro repartido, y la historia va de una a otra.

Lo que no suele acompañar a la figura es la pregunta que la produjo.

II

En 1960 el sistema con el que Estados Unidos mandaba sobre sus fuerzas nucleares era de alta frecuencia y larga distancia, y pasaba por unos pocos centros de conmutación.

El cálculo que preocupaba en la RAND no era cuántas ciudades sobrevivirían a un primer ataque soviético. Era otro, más estrecho y más incómodo: si la Unión Soviética destruía esos centros, el presidente no podría dar la orden de responder.

De ahí sale el problema entero. Una represalia que no se puede ordenar no disuade, y una disuasión que no funciona invita exactamente al ataque que pretendía evitar. El sistema de mando era el punto por el que todo el aparato se volvía inútil, y era además el más fácil de alcanzar.

Paul Baran trabajaba en la división de matemáticas de la RAND y pasó dos años en eso. Lo que entregó no era un alegato sobre la libertad de las comunicaciones, sino un estudio de supervivencia, y la pregunta era cuánta red hay que destruir para que deje de poder transmitirse una orden.

III

La parte técnica del hallazgo es más interesante que el dibujo; es también la que casi nunca se cita.

Baran definió un número al que llamó nivel de redundancia: cuántos enlaces tiene cada estación, de media, por encima del mínimo que haría falta para que la red esté conectada. Nivel uno es un árbol, la red que se parte entera si se corta cualquier rama. Nivel ocho sería una malla cara y absurda.

Después simuló ataques. Destruía estaciones al azar, destruía enlaces, destruía las dos cosas, y medía qué fracción de los nodos supervivientes seguía pudiendo hablar con qué fracción.

El resultado es el que convirtió el informe en algo que había que leer. Con nivel de redundancia tres o cuatro —es decir, con cada estación conectada a tres o cuatro vecinos, que es poco y es barato— la red aguanta la destrucción de la mitad de sus nodos, y los supervivientes siguen comunicados casi todos con casi todos.

No hacía falta una malla perfecta. Hacía falta muy poca malla, y ése es el dato que sostiene el panel de la derecha.

Encima de esa topología Baran puso lo demás. Partir cada mensaje en bloques de mil veinticuatro bits, mandar cada bloque por su cuenta, dejar que cada nodo decidiera adónde pasarlo según una tabla que el propio tráfico iba corrigiendo. Un nodo que recibía un bloque y no sabía qué hacer con él lo mandaba a cualquier parte y el conjunto funcionaba igual. Lo llamó encaminamiento de patata caliente [hot potato routing].

Lo que estaba describiendo, con otro nombre, es la conmutación de paquetes.

IV

Baran propuso construirlo. Las fuerzas aéreas apoyaron el proyecto y encargaron una revisión independiente, que salió favorable.

La ejecución, sin embargo, no les correspondía a ellas sino a la Agencia de Comunicaciones de Defensa, que en aquel momento no tenía experiencia en nada digital. Baran calculó que construirlo mal era peor que no construirlo, porque un fracaso enterraría la idea durante una década; retiró la propuesta él mismo.

Antes de eso había ido a ver a AT&T, que era quien tenía los cables.

La respuesta de la compañía de teléfonos se ha contado muchas veces y conviene no adornarla. Sus ingenieros sostuvieron que aquello no podía funcionar, que una red donde los mensajes se parten y cada trozo busca su camino no es una red de comunicaciones, y que establecer un circuito y mantenerlo era la única forma seria de hacer las cosas. Baran recordaba que uno de ellos le dijo que no entendía cómo funcionaba un teléfono.

No era obstruccionismo ni era ceguera. Era un negocio entero —un siglo de conmutación de circuitos y de tarificación por minuto de llamada establecida— mirando una propuesta que lo volvía innecesario y concluyendo lo que suele concluirse en ese caso.

V

Cinco años después, en 1969, se encendió la ARPANET, que usaba conmutación de paquetes.

Aquí hay que separar dos cosas que llevan medio siglo pegadas. La ARPANET no se construyó para sobrevivir a una guerra nuclear: se construyó porque los ordenadores de investigación eran carísimos y escasos, y se quería que varios grupos pudieran usar los mismos. Quienes la hicieron lo han repetido muchas veces y tienen razón.

Lo que sí viene de la bomba es la técnica. Baran había diseñado el troceado de mensajes y el encaminamiento distribuido para que una orden de represalia se abriera paso por una red medio destruida, y esa técnica resultó ser también la manera barata de compartir una máquina cara. Donald Davies, en el Laboratorio Nacional de Física británico [Teddington], había llegado a lo mismo por su cuenta y sin pensar en ninguna bomba, y le puso el nombre que quedó.

De modo que la frase correcta no es que internet se hiciera para aguantar un ataque nuclear, ni que la supervivencia nuclear no tuviera nada que ver. Es que el método se inventó para eso y se adoptó para otra cosa.

VI

Queda el dibujo.

Lo que se construyó después de 1969 no fue el panel de la derecha. El tráfico intercontinental se concentró en unos pocos cables. El encaminamiento quedó en manos de una docena de redes que se intercambian el mundo sin cobrarse entre ellas, los nombres del mundo cuelgan de trece letras [A a M] repartidas entre doce operadores y la mayor parte de lo que se sirve pasa por un puñado de empresas que ponen sus máquinas delante.

Cada punto de esa lista es una decisión económica tomada por separado, y ninguna fue una conspiración. Concentrar sale más barato que repartir, siempre y en cada paso, y nadie tiene que querer un centro para que aparezca uno.

Baran murió en 2011. Para entonces su figura llevaba décadas ilustrando textos sobre organización horizontal, redes de pares y el final de las jerarquías, en los que el panel de la derecha se presentaba como la descripción de algo que ya existía.

El panel de la derecha es el único de los tres que nadie construyó. Lo que hay es el del medio.

James Void Voyage · 12.10.2026