Pieza independiente
Paul Broca y Francis Galton · París y Londres, 1861–1884
El que medía entró en la muestra
I
En abril de 1861, un hombre llamado Louis Victor Leborgne murió en el hospital de Bicêtre, en París.
Llevaba veintiún años sin poder decir más que una sílaba. La repetía para todo, y por eso en la sala lo llamaban Tan. Entendía lo que le decían, obedecía instrucciones, se enfadaba y tenía opiniones; sencillamente, lo único que salía de su boca era esa sílaba.
Paul Broca lo examinó pocos días antes de que muriera y después abrió su cerebro. Encontró una lesión en el lóbulo frontal izquierdo, en una circunvolución concreta, y presentó el caso ante la Sociedad de Antropología de París aquel mismo año.
Era la primera localización de una función mental en un trozo de tejido concreto. Es una de las piezas fundacionales de la neurología y es correcta.
El cerebro de Leborgne no se cortó. Broca lo conservó entero, en alcohol, para que pudiera volver a examinarse más adelante. Sigue en París, y en 2007 se le hizo una resonancia que mostró que la lesión era bastante mayor de lo que Broca pudo ver desde fuera. La conclusión sobrevivió al dato nuevo, que es lo que se le pide a una conclusión.
II
La sociedad ante la que Broca presentó aquel caso la había fundado él mismo dos años antes, y su programa principal no era la neurología.
Era medir cráneos. Broca diseñó para ello unos veintisiete instrumentos [compases de espesor, goniómetros, un aparato para orientar la cabeza en un plano fijo] y definió decenas de índices, ángulos y distancias con una precisión que no existía antes. Buena parte del vocabulario técnico de la antropometría es suyo.
El propósito declarado era establecer, mediante esas medidas, una jerarquía entre los grupos humanos.
Aquí aparece el problema que persiguió a la disciplina durante cincuenta años; los datos no colaboraban. Los cerebros de hombres eminentes salían a veces pequeños, y los de personas sin ningún mérito reconocido salían grandes. El de un novelista célebre se midió en torno a los mil gramos, muy por debajo de la media. El de otro escritor pasó de los dos mil.
Cada vez que ocurría se añadía una corrección: por la edad, por la estatura, por la enfermedad que lo había matado. Las correcciones se aplicaban, caso por caso, hasta que el resultado volvía a su sitio.
III
Broca hizo entonces algo que conviene mirar despacio, porque parece lo contrario de lo que es.
Dejó dispuesto que su propio cerebro pasara a la colección. Lo pesaron al morir, en 1880, y la cifra está publicada — alrededor de mil cuatrocientos gramos, que es una cifra corriente. Ni alta ni baja. Media.
Visto de lejos, es el gesto del científico honrado. No se exime, se mete en la muestra, acepta de antemano que el número que salga valdrá igual que los demás.
Visto de cerca, no sirve de nada. Incluirse en la muestra protege contra una sola cosa —contra exceptuarse— y el sesgo de aquel programa no estaba ahí. Estaba en otro sitio: las columnas de la tabla se habían decidido antes de medir a nadie, y ningún dato nuevo —ni siquiera el propio— corrige una columna mal trazada. Solo cae dentro de ella.
IV
Al otro lado del canal, el mismo movimiento tomó una forma más moderna y más eficaz.
En 1884, en la Exposición Internacional de Salud de South Kensington, Francis Galton abrió al público un laboratorio antropométrico. Se entraba por una puerta, se recorría una fila de puestos y se salía por la otra con una tarjeta. Costaba tres peniques [la entrada a la exposición iba aparte].
Lo que se medía era estatura, peso, envergadura, fuerza de tracción y de presión, capacidad respiratoria, tiempo de reacción y agudeza visual y auditiva. Pasaron por allí más de nueve mil personas en unos meses, por curiosidad y por entretenimiento, y pagaron por el privilegio.
Galton se midió a sí mismo, como Broca.
Lo que hizo después con esos datos es la parte que nadie discute. Buscando regularidades entre padres e hijos se topó con que los hijos de padres altos tienden a ser altos, pero menos; y de ahí sacó la regresión hacia la media. Buscando cómo expresar la fuerza de esa relación llegó a lo que hoy es el coeficiente de correlación.
Son dos de las herramientas más usadas de la estadística. Salieron de ahí.
Hay un detalle del montaje que conviene retener. La gente pagaba por entrar y se llevaba su tarjeta con sus cifras, de modo que el sujeto creía estar comprando un servicio. Lo que de verdad salía de allí era la serie, que se quedaba Galton.
Es la primera vez que alguien construye un conjunto de datos poblacional haciendo que los medidos financien la medición. El modelo no ha envejecido.
V
Galton había acuñado el año anterior, en 1883, la palabra con la que quería nombrar el programa entero: eugenesia.
La idea era directa y él la escribió sin rodeos: si las cualidades se heredan y se pueden medir, entonces cabe intervenir sobre quién tiene descendencia; y hacerlo deliberadamente es preferible a dejarlo al azar.
El laboratorio de los tres peniques era la primera pieza de ese plan. Hacía falta saber cómo se distribuían las cualidades en la población antes de proponer nada, y la manera de averiguarlo era conseguir que la población entrara voluntariamente a dejarse medir.
La objeción honesta contra mí mismo es que leer a Broca a través de esto es injusto. Su trabajo sobre el lenguaje es bueno, es suyo y sigue en pie, y la neurología le debe algo real. Juzgar una carrera por su peor mitad es barato y aquí está al alcance de la mano.
Pero las dos mitades salieron de la misma sala y del mismo armario de instrumentos. El compás con el que localizó una función en un lóbulo es el compás con el que medía índices para ordenar continentes.
Hay una simetría entre los dos que no es casual. Broca midió cráneos y se dejó el cerebro; Galton midió cuerpos vivos y se midió a sí mismo. Los dos entendieron que un programa sobre la herencia humana no puede exceptuar al que lo escribe, y los dos lo resolvieron del único modo que se les ocurrió: entrando.
Y los dos fallaron en el mismo sitio. Puedes meterte en la muestra; no puedes meterte en la decisión de cómo se agrupa la muestra, porque ésa ya la tomaste.
VI
Queda el frasco.
En un armario de París hay un cerebro en alcohol que perteneció a un hombre que durante veintiún años solo pudo decir una sílaba, y que no dejó dicho si quería estar ahí. A nadie se le ocurrió preguntárselo, y probablemente no habría podido contestar.
En otro armario, a pocos metros, está el del hombre que lo examinó. Ése sí lo dejó dicho.
Es la única diferencia entre los dos y es toda la diferencia que hay.