Pieza independiente
El renglón escrito
Etinilestradiol · Río Piedras, Puerto Rico, 1956
I
En abril de 1956, en un barrio de viviendas sociales de Río Piedras, doscientas veintiuna mujeres empezaron a tomarse una pastilla diaria que todavía no tenía nombre comercial.
El ensayo se hizo allí porque en Estados Unidos había restricciones legales para investigar anticonceptivos [en varios estados, empezando por Massachusetts] y en la isla no. La dirigía sobre el terreno una médica llamada Edris Rice-Wray, con una trabajadora social puertorriqueña —Iris Rodríguez— haciendo el trabajo de puerta a puerta que sostiene cualquier ensayo de campo.
La pastilla funcionaba. Protección completa, sin un solo embarazo entre quienes la tomaron como estaba indicado.
También producía mareos, náuseas, dolores de cabeza, vómitos y dolor abdominal [las mismas cinco cosas que hoy siguen en el prospecto]. Alrededor de un diecisiete por ciento de aquellas mujeres informó de reacciones adversas y veinticinco abandonaron por ese motivo.
Rice-Wray lo escribió y lo firmó: ella estaba allí, contando quién dejaba de venir. Informó de que el compuesto daba una protección prácticamente total y de que producía demasiadas reacciones como para ser aceptable en un uso general.
La respuesta fue atribuir aquellas quejas a causas psicológicas y continuar.
Tres mujeres murieron durante los ensayos. No se les hizo autopsia a ninguna.
II
Aquí hay que ir despacio, porque la diferencia con otros expedientes es fina y es toda la pieza.
En un ensayo farmacológico corriente, lo que falla es que nadie pregunta. El formulario tiene las casillas que tiene, lo que no está en la casilla no se anota, y lo que no se anota no existe en el informe. Eso es un defecto de instrumento; se corrige añadiendo un renglón.
En Río Piedras el renglón existía. Alguien escribió en él. Lo firmó una médica que estaba delante, contando mujeres que abandonaban.
Se decidió no hacerle caso.
No es lo mismo un archivo que no recoge que un archivo que recoge y descarta. El segundo requiere una lectura, una reunión y una decisión [tres personas como mínimo, y un acta].
III
La pastilla de 1956 llevaba diez miligramos de progestágeno, y diez miligramos es una cantidad que se ve a simple vista. Las de ahora llevan veinte o treinta microgramos de estrógeno con su progestágeno correspondiente, y microgramo es la milésima parte de un miligramo.
La historia del estrógeno de aquella pastilla es de las mejores que tiene la farmacología, porque nadie lo puso ahí.
El progestágeno que fabricaban salía contaminado, con entre un cuatro y un siete por ciento de una sustancia que no pretendían añadir. Cuando purificaron el producto y quitaron esa impureza, las mujeres del ensayo empezaron a sangrar fuera de tiempo. Así que volvieron a meterla, ya a propósito y en la cantidad que les pareció [un dos por ciento], y el compuesto se quedó con las dos cosas.
El estrógeno de la primera píldora de la historia empezó siendo un defecto de fabricación. Nadie lo diseñó. Se quedó porque quitarlo daba problemas.
IV
Nunca he tomado nada para no tener hijos.
Esa frase se puede leer deprisa y hay que leerla despacio; describe a la mitad de la población y no se dice casi nunca. No he tomado nada, no he ido a ninguna consulta por ese motivo, no he tenido efectos adversos, no he pagado una caja, no he llevado una alarma en el teléfono y no he tenido que pensar, ningún día de mi vida, en si me tocaba hoy.
Lo que sí he hecho es estar delante [una posición cómoda, que no hay que confundir con otra cosa].
En su casa la caja está en el cajón de la mesilla, no en el baño, porque el baño lo comparte. La alarma suena a las diez y media de la noche. Es un sonido que he oído decenas de veces en medio de una conversación, de una película o de estar dentro de ella; se levanta, va a por el vaso de agua, vuelve. Tarda cuarenta segundos —los he contado alguna vez, tumbado, sin decir nada—.
Hubo tres meses en los que se lo quitó, por unas migrañas que le empezaron con aura. Entonces el asunto pasó a existir para mí de otra manera. Hubo que hablar de fechas. Hubo un par de noches en que la cuenta no salía; las dos las recuerdo. Y hubo una farmacia de guardia un domingo por la mañana [veintiséis euros] en la que el que pagó fui yo, que es el gesto más barato de toda esta historia y el único que me tocó.
Volvió a la caja en marzo, con otra marca y menos dosis [de treinta microgramos a veinte], y las migrañas se fueron.
Lo que esa pastilla hace en una casa no es evitar embarazos. Es quitar de en medio una aritmética que antes estaba encima de cada noche, y que sigue estando encima de un solo cuerpo.
V
Por dentro el mecanismo no engaña al cuerpo, que es como suele contarse. Lo sostiene.
El estrógeno natural de una mujer no sirve para hacer una pastilla, porque el hígado lo destruye casi entero en cuanto pasa por él la primera vez. Basta con añadirle una pieza pequeña de dos carbonos en el sitio adecuado para que el hígado no sepa agarrarlo: eso es lo que significa el nombre de esta molécula, y es todo el invento. Una hormona que sobrevive a su propio hígado.
Ya en la sangre se comporta como la hormona que imita, y aquí viene lo interesante. El cuerpo tiene un termostato en la cabeza que mide cuánto estrógeno y cuánta progesterona hay dando vueltas, y que decide con esa lectura si toca preparar la salida de un óvulo. Cuando los niveles están altos y estables, el termostato concluye que ese mes ya está resuelto y no da la orden.
No hay engaño. Hay una lectura correcta de una situación falsa.
El resto de lo que hace es más terrenal. Espesa el moco del cuello del útero hasta dejarlo intransitable; deja la pared interna delgada.
Hay además una parte que no es biología, sino diseño. La semana de descanso, con su sangrado, no hace ninguna falta fisiológica: se puso ahí para que el ciclo pareciera natural y para que la píldora resultara aceptable. Lo que baja esos días no es una regla, es un «sangrado por deprivación» provocado por retirar la hormona. El calendario de la caja es una decisión de marketing de hace sesenta años que sigue imprimiéndose en el blíster.
El cuerpo, mientras tanto, responde donde nadie estaba mirando. El hígado, que es el que recibe la dosis entera al tragarla, ajusta lo que fabrica, y entre lo que fabrica están los factores que hacen que la sangre coagule. Cuanto más estrógeno, más riesgo de trombo; la relación es de dosis, no de mala suerte. Esa relación con la dosis es la razón de que la cantidad haya ido bajando durante sesenta años, hasta la centésima parte.
En 1956 nadie sabía eso.
Tres mujeres murieron durante aquel ensayo y no se les hizo autopsia.
VI
La observación estaba hecha. Estaba escrita, firmada y fechada por una médica que estaba en el terreno. No faltó el dato: faltó que alguien lo tratara como un dato.
Convertir las quejas de doscientas mujeres en un asunto psicológico no es un fallo de registro; es una lectura del registro. Es, además, una lectura que solo se sostiene si de antemano ese informe pesa menos que el resultado que se estaba buscando.
Lo que hizo falta para seguir adelante no fue ignorancia. Fue interpretación. Eso es peor y es más común.
Nada de esto va contra la píldora, que me parece una de las cosas más importantes que ha fabricado nadie.
VII
La objeción es grande y va en dos direcciones.
La primera, contra la denuncia fácil. Es cómodo escribir el ensayo colonial con setenta años de distancia, y además es impreciso: aquellas mujeres querían un anticonceptivo, muchas lo pedían, y una parte importante siguió tomándolo cuando el ensayo terminó. Tratarlas solo como víctimas engañadas les quita lo único que no les quitó nadie, que fue querer aquello.
La segunda va contra mí. Escribo esto desde el único cuerpo de la casa que nunca ha tenido que decidir nada sobre este asunto, y la parte que me tocó de toda esta historia fue pagar una caja un domingo.
Eso no me descalifica para contarlo. Hay que decirlo antes y no después.
VIII
Del informe de Rice-Wray se conservan las dos frases que importan, y están juntas: que protegía y que producía demasiadas reacciones para ser aceptable.
Las dos eran verdad. La primera se usó. La segunda se archivó.
La aprobación llegó en 1957 para trastornos menstruales y en 1960 para lo que en realidad era. La dosis de estrógeno se ha ido reduciendo desde entonces, década a década, a base de casos y de registros, hasta quedarse en una fracción pequeñísima de aquella. Cada una de esas reducciones es, leída al derecho, una manera tardía de darle la razón a un informe de 1956.
Abril de 1956, doscientas veintiuna mujeres.
Diecisiete por ciento de reacciones adversas, veinticinco abandonos.
Tres muertas, cero autopsias.
1957 con una indicación y 1960 con la verdadera.
De diez miligramos y ciento cincuenta microgramos a veinte o treinta microgramos.
Caja de veintiocho comprimidos, hoy, en una farmacia española: entre dos y quince euros según la marca.