Pieza independiente

La caries sin nada

Éter · Edward Gilbert Abbott, 16 de octubre de 1846

I

El 16 de octubre de 1846, a las diez de la mañana, en un anfiteatro quirúrgico de Boston lleno de médicos que habían ido a ver el ridículo, a un impresor de veinte años le quitaron un tumor del cuello sin que gritara.

Se llamaba Edward Gilbert Abbott. El cirujano era John Collins Warren [sesenta y ocho años, toda una carrera operando gente sujeta por ayudantes]. El que administró el éter fue un dentista, William Morton, con un aparato de cristal que había preparado esa misma semana.

Abbott respiró el vapor unos minutos y se quedó quieto. Warren cortó, ligó y cerró. El paciente se movió algo y emitió algún sonido, pero después dijo que no había sentido dolor, solo una sensación de que le rascaban el cuello.

Warren se giró hacia la sala y dijo que aquello no era ninguna patraña.

Era la primera vez en la historia que un cuerpo humano se abría sin que su dueño sufriera: en la sala había gente que llevaba treinta años oyendo gritar.

II

Hay que decir qué era una operación antes de esa mañana.

Era una carrera. La habilidad de un cirujano se medía en segundos: el paciente estaba despierto y sujeto por tres o cuatro hombres, y cada segundo de más era dolor y riesgo de que se moviera. Un buen cirujano amputaba una pierna en menos de un minuto [los había que lo hacían en treinta segundos, y presumían].

Eso quiere decir que la anestesia no solo quitó el sufrimiento. Cambió lo que se podía hacer. Con el paciente quieto y dormido se podía operar despacio, mirar bien, ir a sitios donde antes no se entraba porque no daba tiempo.

Casi toda la cirugía que existe hoy es hija de ese cambio de ritmo.

Antes de 1846 la cirugía era externa: amputaciones, cálculos de vejiga, tumores de la piel, fracturas abiertas. Nadie abría un abdomen por gusto y nadie entraba en un pecho [el que lo intentaba, mataba]. No por falta de conocimiento anatómico, que lo había desde el Renacimiento, sino porque ningún cuerpo despierto aguanta que le abran el vientre mientras cuatro hombres lo sujetan.

III

En marzo le pedí a mi dentista que me hiciera un empaste sin anestesia.

Era pequeño, en un molar inferior, y no había que tocar nervio. Se lo pedí por curiosidad y porque llevaba semanas leyendo sobre 1846. Ella dijo que sí con la naturalidad de quien ha oído peticiones peores [la anestesia también la cobra]. Me advirtió de dos cosas; que en cuanto dijera algo paraba, y que probablemente me arrepentiría.

No me arrepentí, y tampoco fue heroico. La fresa en el esmalte no duele; suena [y el sonido es la mitad del miedo]. Cuando llegó a la dentina empezó una cosa aguda, eléctrica, muy concreta [aparecía y desaparecía con el contacto], y que se aguanta perfectamente si uno sabe que dura veinte segundos.

Duró doce minutos en total —los vi en el reloj de la pared, que estaba detrás de ella—. Cerré los puños tres veces y no dije nada.

Lo que me llevé no fue la valentía, que no tiene ningún mérito con un empaste. Fue el cálculo. Todo el rato estuve midiendo cuánto quedaba, como quien mira el reloj en el dentista, y esa aritmética ocupaba el sitio entero de mi cabeza.

Multiplíquese eso por una amputación y por veinte minutos.

Y quítese de la cuenta lo único que yo tenía y que ellos no: la certeza de que aquello iba a terminar bien y a una hora conocida. Eso no es un matiz del experimento; es el experimento entero, y hace que lo mío no valga como comparación sino como escala.

El empaste costó cuarenta y cinco euros y la anestesia que no me puso habría costado doce más.

Salí a la calle con la boca entera, sin ese labio muerto que dura tres horas y que hace beber agua de lado. Comí normal a las dos. Estuve raro el resto de la tarde, con una especie de alerta tonta en el cuerpo, como si hubiera hecho un ejercicio y no supiera cuál.

IV

Por dentro, el éter es el fármaco más grosero de esta serie y sigue sin entenderse del todo.

No hay cerradura. No hay una proteína concreta a la que se enganche, ni una señal que interrumpa, ni un receptor con su nombre. Es una molécula pequeña, volátil y grasa, que se respira, pasa del pulmón a la sangre y de la sangre al cerebro en segundos, y que se disuelve en las membranas de las células nerviosas.

Ahí dentro hace lo que hace un disolvente; cambia el ambiente. Las membranas se vuelven un poco más fluidas, y los canales que están incrustados en ellas —las compuertas por donde entran y salen las cargas que producen los impulsos— dejan de abrirse y de cerrarse con la misma precisión. Unos se abren de más y otros de menos.

El resultado no es un bloqueo limpio. Es un desajuste general del sistema, que se desconecta por capas y por orden; primero la corteza, después la memoria, después el movimiento voluntario, y al final, si se sigue, la respiración.

Ese último punto es la razón de que la anestesia sea una profesión. La diferencia entre dormir a alguien y matarlo es una cuestión de cantidad [un margen estrecho, medido en respiraciones], y en 1846 esa cantidad la calculaba a ojo un dentista con un frasco.

Lo que el cuerpo hace al respecto es poco y rápido: en cuanto se deja de respirar el vapor, la molécula sale por donde entró, se va con el aire exhalado casi entera, y el cerebro vuelve a ajustarse solo. Por eso el éter se despeja en minutos y por eso, mal medido, mata en minutos.

Hay además un detalle doméstico que explica por qué desapareció. El éter arde. Arde con facilidad, y en un quirófano del siglo diecinueve la luz venía de una llama; durante décadas se operó con una sustancia inflamable evaporándose alrededor de una lámpara de gas. Los incendios de quirófano no son una leyenda del oficio [son una línea en las estadísticas de la época].

V

Lo que se inventó esa mañana no fue un fármaco.

El éter se conocía desde el siglo dieciséis, se vendía en las boticas y se usaba en fiestas para reírse. Había gente que lo esnifaba en veladas y se caía por las escaleras sin sentirlo; lo llamaban diversión de éter. Estuvo ahí, disponible y barato, durante trescientos años. En cualquier botica. Por unas monedas.

Lo que faltaba no era la sustancia. Era la idea de que el dolor de una operación era opcional.

Eso es lo raro del asunto y lo que no se puede reducir a química. Durante siglos, gente inteligente que tenía el frasco en el armario vio a otra gente gritar en una mesa y no relacionó las dos cosas, porque el dolor formaba parte de la operación igual que la sangre.

La invención fue quitarle al dolor su condición de cosa natural.

Eso tiene una consecuencia que va más allá de la medicina, y es la que me interesa. A partir de esa mañana, cualquier dolor evitable que no se evita pasa a ser una decisión de alguien. Ya no es el mundo: es un presupuesto, una política de servicio o un descuido. La anestesia no solo alivió; repartió responsabilidades que antes no existían.

VI

Contra mí, y esta vez es concreto.

Yo me hice un empaste de doce minutos y escribí seiscientas palabras sobre ello. Abbott estuvo veinte minutos con un cirujano dentro del cuello y lo único que dejó escrito alguien por él es que sintió como si le rascaran.

Hacer turismo por el dolor ajeno con un anestésico a doce euros esperando en el mostrador es una posición ridícula, y lo fue durante todo el rato que estuve en la silla contando segundos.

La diferencia entre él y yo no es la resistencia. Es que yo podía parar cuando quisiera, y lo sabía, y eso cambia entero lo que se siente.

VII

Abbott no se hizo famoso. Murió a los treinta y seis años, tuberculoso, en 1855, y su tumor del cuello resultó ser benigno.

Del éter se pasó pronto a otras cosas menos inflamables, porque aquello ardía con una facilidad peligrosa en quirófanos iluminados con llama. Morton se arruinó pleiteando por la patente de algo que llevaba tres siglos a la venta.

El anfiteatro donde ocurrió todavía existe y lo llaman «el domo del éter». Se puede entrar.

Es una sala pequeña, con gradas de madera en semicírculo y muy poca distancia entre la primera fila y la mesa. Lo primero que se piensa al verla no es en la operación. Se piensa en la acústica: en lo cerca que estaban los que miraban, y en lo que se oía desde ahí arriba los cien años anteriores a aquella mañana.

16 de octubre de 1846, unos minutos de vapor y veinte de operación.

Trescientos años de la sustancia en las boticas antes de esa mañana.

Empaste sin anestesia, doce minutos, cuarenta y cinco euros.

La anestesia que no me puse: doce euros.

James Void Voyage · 20.09.2026