Pieza independiente

La de las nueve y media

Vacuna de ARN mensajero · Jennifer Haller, 16 de marzo de 2020

I

El 16 de marzo de 2020, por la mañana, en un centro de investigación de Seattle, una mujer de cuarenta y tres años con camiseta de tirantes [la fotografía está en todas partes] recibió en el brazo la primera dosis de una vacuna que se había diseñado en dos días.

Se llamaba Jennifer Haller, trabajaba en una empresa tecnológica pequeña y tenía dos hijos adolescentes. Se apuntó porque vio el anuncio del ensayo, porque estaba sana y porque, dijo, quería hacer algo [el ensayo entero eran cuarenta y cinco voluntarios].

Ese mismo día empezaban los confinamientos en media Europa.

La secuencia del virus se había publicado el 11 de enero. La vacuna candidata estaba diseñada el 13. En sesenta y tres días se pasó de un archivo de texto con las letras del genoma a una aguja entrando en un brazo, que es el intervalo más corto de la historia entre saber y probar.

No hubo ceremonia. Hubo una enfermera con doble mascarilla, un fotógrafo de agencia y cuatro voluntarios más ese día.

II

Hay que decir qué es lo que se inyectó, porque no es lo que la gente cree.

No es un virus muerto, como la de la polio de Salk; no es un virus debilitado, como la de las gotas; no es una proteína purificada en una fábrica, como muchas de las modernas.

Es una instrucción.

Lo que va dentro de la jeringa es una hebra de material genético que contiene la receta de una sola pieza del virus, envuelta en una gota de grasa microscópica para que no se deshaga por el camino y pueda entrar en una célula.

La fábrica es el vacunado [la única vacuna que se termina de fabricar dentro de quien la recibe]. La célula lee la receta, fabrica esa pieza, la saca a su superficie, y el sistema inmunitario la encuentra ahí y aprende a reconocerla.

Por eso se pudo diseñar en dos días. No había que cultivar nada ni purificar nada. Había que escribir una secuencia en un ordenador y mandarla a sintetizar.

III

A mí me la pusieron un año y tres meses después, en un pabellón deportivo, a las nueve y media de la mañana.

Recuerdo la cola en zigzag entre vallas, el olor a gimnasio, las mesas plegables con voluntarios de protección civil y el cronómetro de quince minutos que había que esperar sentado después [por si acaso, y el por si acaso era muy concreto].

La aguja no se nota. El líquido, un poco.

Por la noche me subió la fiebre a treinta y ocho y medio y me dolió el brazo de una manera concreta, como si me hubieran dado un puñetazo en el deltoides. Dormí mal, con esa sensación de gripe de la primera hora. Al día siguiente estaba perfectamente.

Fue gratis [para mí y para todos los de aquella cola]. No pagué nada, no firmé ninguna factura y no vi ningún precio en ningún sitio.

Eso es lo más raro de toda esta serie, si se piensa con calma. La única pieza de las veinticuatro en la que el cuerpo de ahora no tiene cifra que poner al final.

Alguien la pagó, claro. No fui yo, y no me enteré.

IV

Por dentro, lo delicado no es la instrucción. Es el sobre.

Una hebra de ARN sola, inyectada en un músculo, dura segundos. El cuerpo está lleno de enzimas dedicadas a destruir material genético suelto, porque material genético suelto suele significar infección. Ése fue el obstáculo que tuvo bloqueada esta tecnología treinta años.

Hubo que resolver dos cosas.

La primera, que no la destruyeran antes de llegar. Se resolvió metiéndola dentro de una burbuja de grasa de un tamaño minúsculo, que la protege y que además se fusiona con la membrana de la célula y la deja dentro.

La segunda, más sutil, es la que valió un Nobel. El ARN de un virus, al entrar en una célula, hace saltar una alarma: la célula tiene sensores que detectan material genético que no es suyo y responden con una reacción inflamatoria tan fuerte que la vacuna resultaba intolerable. Dos investigadores —Katalin Karikó y Drew Weissman— descubrieron que cambiando una de las cuatro letras por una variante ligeramente modificada, la alarma no salta y la receta se lee igual.

Ese cambio de una letra es lo que hace posible todo lo demás; sin él, la vacuna existía en el papel y era inservible en un brazo.

Una vez dentro, la célula lee la instrucción con la misma maquinaria con la que lee las suyas, fabrica la pieza durante unas horas o unos días, y después la instrucción se degrada y desaparece. No entra en el núcleo, no se integra en el material genético y no queda nada.

Ésa es la diferencia con lo anterior. Una terapia génica inserta una instrucción que se queda para siempre; esto entrega una nota que se lee y se destruye.

V

Lo que cambió en 2020 no fue la biología. Fue el calendario.

Sesenta y tres días desde la secuencia hasta el primer brazo, y menos de un año hasta la aprobación de emergencia. Eso, en una industria donde diez años era lo normal, parece magia y no lo es: se hizo solapando etapas que siempre se hacen una detrás de otra, fabricando a riesgo antes de saber si funcionaba, y con una cantidad de dinero público que no tiene precedente.

Ninguna de esas tres cosas es un descubrimiento científico. Las tres son decisiones administrativas y financieras.

De modo que la lección de esta pieza es incómoda para todos. Buena parte del tiempo que tarda un medicamento en llegar no es tiempo de ciencia. Es tiempo de espera entre etapas, y se puede comprimir cuando hay voluntad y dinero.

Lo que no sabemos es cuánto de esa compresión se puede sostener sin pagarlo en otro sitio.

Parte de la factura ya se vio. Los efectos adversos raros, los que aparecen en uno de cada cincuenta mil, no se detectan en un ensayo de treinta mil personas por definición. Se detectaron después, con cientos de millones de dosis puestas, y cada uno de esos hallazgos llegó como noticia y como sospecha en vez de como lo que era, un sistema de vigilancia funcionando.

VI

La objeción tiene que ver con el privilegio del calendario.

Yo recibí la mía en junio de 2021, gratis, en un pabellón, con cita por mensaje de móvil. Ese mismo mes, en varios países, la proporción de población vacunada estaba por debajo del uno por ciento, y siguió así durante más de un año.

La velocidad de la que estoy hablando es la velocidad con la que llegó a mi brazo.

Hay una segunda cosa, más pequeña y más mía. He escrito que no tuve que pagar nada y que no me enteré de quién pagó. Eso último es lo que describe mejor mi posición en toda esta serie: el sistema funcionó tan bien que se volvió invisible, y lo invisible es difícil de defender cuando alguien lo ataca.

VII

Jennifer Haller no sabía si le habían puesto la vacuna o el placebo, porque en aquel primer ensayo no había placebo: era de seguridad, y todos recibieron producto.

Ha contado varias veces que lo peor no fue la inyección sino los mensajes que recibió después, unos agradeciéndoselo y otros acusándola de formar parte de un «experimento» contra la gente.

11 de enero de 2020, la secuencia publicada.

13 de enero, la vacuna diseñada.

16 de marzo, el primer brazo; sesenta y tres días.

Una letra cambiada en la receta para que no salte la alarma.

Junio de 2021, nueve y media de la mañana, un pabellón deportivo.

Treinta y ocho y medio de fiebre esa noche.

Precio para mí: ninguno.

James Void Voyage · 21.09.2026