Pieza independiente

La hija del que lo descubrió

Sulfanilamida · Hildegard Domagk, 1935

I

En diciembre de 1935, en una casa de Wuppertal, una niña bajaba unas escaleras con adornos de Navidad en las manos, tropezó, y la aguja de coser que llevaba se le clavó y se le partió dentro hasta el hueso de la muñeca.

Se llamaba Hildegard Domagk. En los relatos de la época se le dan seis años y en otras fuentes salen ocho, según dónde se fije su nacimiento; la cifra no la doy porque no la puedo fijar. La herida se infectó, la infección subió por el brazo, le operaron varias veces [drenajes sucesivos, sin resultado] y llegó un punto en que los médicos plantearon amputar. Era una infección por estreptococo; en aquel momento eso mataba a gente joven y sana con una eficacia que hoy cuesta imaginar.

Su padre trabajaba en un laboratorio farmacéutico y llevaba años probando colorantes en ratones —cientos de ratones, uno detrás de otro, sin resultado—.

Gerhard Domagk había encontrado en diciembre de 1932 que uno de esos tintes rojos, que servía para teñir tejidos, salvaba a ratones infectados con estreptococo. Funcionaba en el animal y no funcionaba en la placa de cultivo; una contradicción sin sentido aparente, que retrasó el asunto durante años.

Con la hija en la cama y la amputación encima de la mesa, cogió el compuesto del laboratorio y se lo dio [sin permiso de nadie, sin dosis establecida, sin precedente humano].

La niña se curó. Conservó el brazo y le quedó la piel de un tono rojizo durante bastante tiempo; aquello era, literalmente, un tinte.

II

Hay que decir lo que significa la frase anterior, porque no es un adorno: el primer antibacteriano eficaz de la historia era un colorante para telas.

La idea venía de una intuición muy vieja de la química alemana. Si un tinte se agarra selectivamente a una fibra y no a otra, quizá exista una sustancia que se agarre selectivamente a un microbio y no a las células del enfermo. Eso se llamó «la bala mágica» y se buscó durante treinta años en la industria del color, que en Alemania era la más potente del mundo.

El compuesto rojo de Domagk era eso. Lo llamaron Prontosil, y se vendía en frascos rojos y teñía todo lo que tocaba.

Después vino la parte humillante para la empresa. Un grupo del Instituto Pasteur descubrió que el tinte en sí no hacía nada: el cuerpo lo partía en dos y el trozo activo era la otra mitad, una molécula pequeña, incolora y sin patente, conocida desde 1908.

La sulfanilamida no pertenecía a nadie [la patente había caducado veinte años antes de que se supiera para qué servía]. Cualquiera podía fabricarla, y en dos años había cientos de preparados en el mercado.

III

Yo llevo una alergia anotada en la ficha de la farmacia y no sé de dónde viene.

Dice sulfamidas, en mayúsculas, y lleva ahí desde que era crío; hay una historia familiar sobre una erupción a los siete años que nadie recuerda bien [ni mi madre, que se acuerda de todo]. Cada vez que me recetan algo, alguien mira la pantalla, ve esa palabra y cambia de fármaco.

Eso quiere decir que la molécula de esta pieza es la única de toda la serie que no puedo tomarme.

Lo que sí he tenido es lo que ella evitaba. Una infección de garganta de las de verdad, a los treinta y cuatro años: treinta y nueve de fiebre durante cuatro días, ganglios en el cuello como canicas y un dolor al tragar que obligaba a calcular cada trago.

Me dieron otra cosa, de otra familia: ocho días, catorce euros con la receta.

Al tercer día ya estaba en la cocina comiendo sopa de pie a las once de la noche, con esa hambre rara de después de la fiebre [la que aparece de golpe y desordena la casa]. Lo único que me quedó fue el cansancio de una semana.

Con lo que tenía yo, en 1934, había una probabilidad real de que aquello siguiera bajando hacia el pecho o subiendo hacia otros sitios. No una posibilidad remota. Una probabilidad con números. La diferencia entre las dos escenas son ocho comprimidos y una tarde.

Eso es lo que quiero que se quede, porque es lo que menos se nota. La sensación de que una infección de garganta es una molestia y no un riesgo es un invento reciente, de mil novecientos treinta y tantos, y se sostiene sobre una cadena industrial que funciona todos los días sin que nadie la mire.

IV

Por dentro, esta molécula hace la jugada más elegante de la farmacología, y la hace por parecido.

Las bacterias tienen que fabricarse su propio ácido fólico, que es una vitamina imprescindible para construir material genético nuevo, y lo fabrican a partir de una pieza pequeña que se llama, en corto, PABA. Nosotros no lo fabricamos: el fólico lo comemos, viene en las verduras, y por eso no tenemos esa cadena de montaje.

Ahí está la diferencia que lo explica todo.

La sulfanilamida se parece muchísimo a esa pieza pequeña. Tanto que la enzima que la monta la confunde, la agarra y se pone a trabajar con ella; y como no es la pieza correcta, la cadena se atasca.

La bacteria deja de fabricar fólico. Sin fólico no puede copiar su material genético, y sin copiarlo no puede dividirse.

Fíjese en lo que no hace: no la mata. La deja parada, incapaz de multiplicarse, y el trabajo de matarla lo termina el sistema inmunitario del enfermo, que es el que iba perdiendo la carrera por número.

Por eso la sulfanilamida no servía de nada en la placa del laboratorio si la placa llevaba el material equivocado [con caldo rico en PABA, no pasa nada], y por eso Domagk tardó años en entender sus propios resultados.

Y por eso también la resistencia apareció rápido. Basta con que la bacteria cambie un poco la forma de esa enzima para que deje de confundirse, o con que consiga fólico del entorno, y la trampa se acaba.

V

Lo que ocurrió en los dos años siguientes no tiene que ver con la química.

Al no estar patentada la molécula activa, decenas de empresas se pusieron a venderla sin control, y en 1937 una compañía estadounidense la disolvió en un líquido dulce para hacerla más fácil de tomar a los niños. El disolvente era dietilenglicol; es decir, anticongelante.

No se hizo ninguna prueba de toxicidad porque no había ninguna ley que la exigiera.

Murieron ciento siete personas, la mayoría niños; el químico que preparó el jarabe se suicidó antes del juicio.

De ahí, y solo de ahí, salió la ley estadounidense de 1938 que obliga a demostrar que un medicamento es seguro antes de venderlo. Todo el edificio regulatorio moderno empieza en ese jarabe [y no en ninguna reflexión ética previa].

La cronología merece leerse dos veces. Primero se vendió, después murieron los niños, después se escribió la ley. Nadie se adelantó. La ley que salió de ahí es la que hoy obliga a demostrar que algo no hace daño antes de ponerlo a la venta, que es la regla que damos por evidente cada vez que abrimos una caja.

La misma molécula que salvó a la hija de su descubridor mató a ciento siete personas dos años después, y por razones que no eran farmacológicas sino administrativas.

VI

Contra mí, y va por un sitio incómodo.

He escrito que Domagk trató a su hija con un compuesto experimental y lo he contado como se cuenta siempre, con ternura. Visto de otra manera, es un padre que le administra a a una niña una sustancia que nunca se había probado en humanos, sin más autorización que la suya.

Funcionó, y por eso es una anécdota bonita en vez de un expediente.

Es la tercera vez en este trabajo que aparece la misma estructura: alguien con acceso privilegiado a una sustancia la usa en un cuerpo cercano porque no hay tiempo o no hay permiso, y la historia lo juzga por el resultado. Si el resultado hubiera sido otro, la frase que estaríamos escribiendo sería distinta y la sustancia sería la misma.

VII

A Domagk le dieron el Nobel en 1939 y la Gestapo lo detuvo para que lo rechazara, porque el régimen tenía prohibido aceptarlo. Firmó la renuncia —lo tuvieron una semana detenido— y recogió la medalla en 1947, sin el dinero, que ya había prescrito.

Su hija vivió. La piel volvió a su color, y ella llegó a mayor sin que nadie volviera a hablar del asunto en público.

De todo lo que pasó en aquella casa queda una foto de familia y un párrafo en una biografía. No hay historia clínica, no hay dosis anotada y no hay seguimiento. La primera persona tratada con el primer antibacteriano de la historia fue una niña a la que nadie consideró un caso, porque no lo era: era la hija del que lo descubrió, y lo que se hizo con ella fue desesperación con acceso al armario [la distinción importa, y no aparece en ningún libro de texto].

1932, el tinte que salvaba ratones y no hacía nada en la placa.

Diciembre de 1935, una aguja rota dentro de la mano de su hija, hasta el hueso de la muñeca.

1937, ciento siete muertos por el disolvente de un jarabe.

1938, la ley que obliga a probar la seguridad antes de vender.

Infección de garganta hoy, ocho días de tratamiento: catorce euros.

James Void Voyage · 20.09.2026