Pieza independiente

La lista de la compra

MDMA · Alexander Shulgin, 1976

I

En 1976, en un cobertizo del jardín de una casa de California, un químico de cincuenta y un años sintetizó una sustancia que llevaba sesenta y cuatro años patentada y olvidada, y se la tomó.

Se llamaba Alexander Shulgin. Había trabajado en una empresa química grande, donde había inventado un insecticida que dio mucho dinero, y con ese prestigio había conseguido algo insólito: una licencia federal para trabajar con sustancias controladas en su propio laboratorio doméstico.

El cobertizo tenía telarañas y material de segunda mano [un laboratorio doméstico con licencia federal, que es una combinación que hoy no existe]. Ahí dentro sintetizó y probó más de doscientos compuestos a lo largo de su vida.

El método era siempre el mismo y lo tenía escrito. Se empezaba con una cantidad ridícula, muy por debajo de cualquier efecto esperable, y se iba subiendo en sesiones separadas por días, anotando la hora de cada toma y de cada cambio. Primero él, después su mujer, Ann, y después un grupo de una decena de amigos que llevaban años haciendo lo mismo —con una escala de intensidad que se habían inventado ellos—.

De aquella sustancia escribió que producía «una ventana» y que le parecía útil para hablar, claridad emocional, sin alucinaciones.

No la inventó él. La había sintetizado una empresa alemana en 1912, como intermediario para fabricar otra cosa [la patente no la reivindica como fármaco], y estuvo sesenta y cuatro años sin que nadie supiera para qué servía.

II

Lo que Shulgin hizo después es lo que hace este caso distinto de una anécdota de laboratorio.

Se la enseñó a un psicólogo jubilado, Leo Zeff, que estaba trabajando con terapias asistidas. Zeff dejó la jubilación y se pasó los años siguientes enseñando a otros terapeutas cómo usarla en sesión [se calcula que formó a varios miles].

Entre 1977 y 1985, esa sustancia se usó en consultas, legalmente, sin que existiera un solo ensayo clínico controlado sobre ella.

Después salió del despacho. Empezó a venderse en bares de Texas con nombre comercial y con tarjeta de crédito, apareció en la prensa, y en 1985 la autoridad federal la prohibió de urgencia [la lista uno, la de las sustancias sin uso médico aceptado], en contra del dictamen de su propio juez administrativo, que había recomendado dejarla disponible con receta.

Con la prohibición se acabaron las dos cosas a la vez: el uso terapéutico y la posibilidad de estudiarlo.

Hicieron falta treinta años para que volviera a haber ensayos autorizados.

III

Yo no la he tomado y la parte que me toca contar es la sala.

He estado muchas veces en sitios donde la mitad de la gente iba con algo dentro, y lo que se ve desde fuera es bastante monótono. Mandíbulas trabajando. Gente bebiendo agua de botellas de medio litro que dejan por todas partes. Abrazos largos entre personas que se acaban de conocer. Conversaciones muy intensas junto a los baños, a las cuatro de la mañana, que al día siguiente nadie recuerda con precisión.

Una entrada con consumición costaba veinte euros. El resto no lo sé, porque nunca lo he comprado.

Lo que sí he visto es el martes. Hay un bajón que llega dos o tres días después, con la gente rara, susceptible, durmiendo mal y diciendo que no vuelve a salir, y es tan previsible que tiene nombre entre quienes lo hacen a menudo.

Eso es lo único que puedo aportar, y lo pongo porque describir desde dentro una experiencia que no he tenido sería justo lo que esta serie intenta no hacer.

IV

Por dentro, esta molécula hace algo que no hace casi ninguna otra. No bloquea la recogida de una señal, la pone del revés.

En una neurona que trabaja con serotonina hay una bomba en la superficie cuya función normal es recoger del hueco lo que se ha soltado y meterlo otra vez dentro para reutilizarlo. Hay fármacos que se sientan encima de esa bomba y la ocupan; entonces la serotonina que ya salió se queda fuera más tiempo.

Esto no. Esta molécula entra en la bomba y viaja con ella hacia dentro de la célula, y una vez dentro hace que la bomba funcione al revés y empiece a sacar serotonina a chorro, sin esperar a ninguna señal.

No es un aumento de la conversación normal entre dos neuronas. Es un vaciado.

Como el almacén se vacía, después no queda nada. Reponerlo lleva días, y en esos días el ánimo está por debajo de su línea de base; es lo que la gente describe como «el martes».

Hace además otras dos cosas que importan, y las dos explican titulares de periódico. Libera oxitocina, que es la señal asociada al vínculo y al contacto, lo que explica la parte social del efecto mejor que ninguna teoría psicológica. Y sube la temperatura corporal y bloquea la sensación de sed en algunos casos, que es la combinación que ha matado a gente en fiestas.

El cuerpo, mientras tanto, hace lo que puede: el hígado la va desmontando, y en ese proceso produce fragmentos que a dosis altas y repetidas pueden dañar las propias terminaciones que soltaron la serotonina.

V

Lo que me interesa de este expediente no es la sustancia.

Es la ventana. Entre 1977 y 1985 hubo ocho años en los que una molécula se usó en terapia, en un país entero, sin que nadie hubiera hecho un ensayo controlado, y después hubo treinta años en los que no se pudo estudiar aunque se quisiera.

Las dos situaciones son la misma clase de error con signos opuestos, y las dos vienen de que la decisión no la tomó la evidencia; la tomó, primero, un grupo de terapeutas convencidos, y después, un procedimiento de urgencia administrativo.

Hoy hay ensayos, hay resultados y hay discusión sobre su calidad [una agencia reguladora ya ha rechazado una solicitud por problemas de diseño]. Eso es lo que no hubo durante cuarenta años, y esa ausencia no es culpa de la molécula.

VI

La objeción es fácil de formular y difícil de sostener en los dos sentidos.

Shulgin experimentaba consigo mismo, con su mujer y con un grupo de amigos que firmaban lo que hacían y llevaban una escala de intensidad inventada por él. Eso no es un ensayo clínico y él nunca dijo que lo fuera; publicó dos libros enormes con las fórmulas y las dosis, y esos libros son a la vez un archivo científico único y un manual que cualquiera puede usar.

Yo no sé resolver eso y no voy a fingir que sí.

Lo que sí puedo decir es lo mismo que en la pieza del suizo de la bicicleta: el cuerpo del archivo está mejor documentado que el mío. Él anotó hora, cantidad, duración y efectos durante cuarenta años. Yo he mirado una pista de baile.

VII

Shulgin tuvo un ictus en 2010 y murió en 2014, a los ochenta y ocho años, en la misma casa donde estaba el cobertizo.

Sus cuadernos se conservan y están digitalizados.

Lo que hay ahí dentro son cuarenta años de una misma rutina: fecha, compuesto, cantidad en miligramos, hora de la toma, hora del primer efecto, duración, notas. Doscientas y pico sustancias, muchas inventadas por él y sintetizadas por primera vez en aquel cobertizo, probadas en el mismo cuerpo que las hizo. La licencia federal se la habían retirado en 1994, después de una inspección; le pusieron una multa y siguió trabajando sin ella.

1912, patentada como intermediario y olvidada durante sesenta y cuatro años.

1976, la primera dosis en el cobertizo.

1977 a 1985, ocho años de uso en terapia sin un solo ensayo controlado.

1985, prohibición de urgencia contra el dictamen del propio juez administrativo.

Treinta años hasta los primeros ensayos autorizados.

Entrada con consumición: veinte euros.

James Void Voyage · 21.09.2026