Pieza independiente

60 Hudson Street · Fráncfort · los sitios donde las redes se tocan

La sala

I

En la esquina de Hudson con Thomas, en el bajo Manhattan, hay un edificio de ladrillo de veinticuatro plantas que se terminó en 1930.

Lo construyó Western Union para concentrar en un solo sitio su red de telégrafos. Las plantas se proyectaron con una altura libre poco habitual y con conductos verticales de gran sección, porque por ahí tenían que subir y bajar los tubos neumáticos que llevaban los mensajes en cápsulas entre pisos, y porque había que meter decenas de miles de pares de cobre.

Western Union se marchó en los años setenta y el edificio quedó con una característica que entonces no valía nada: estaba lleno de huecos verticales por los que pasar cable, y era donde desembocaban las canalizaciones de media ciudad. Después lo valió todo.

Hoy el 60 de Hudson Street es uno de los cuatro o cinco edificios por los que pasa una parte desproporcionada del tráfico de internet del hemisferio norte. Dentro hay varios centenares de redes, y lo que hacen allí es enchufarse unas a otras con fibra corta.

La fibra va por los mismos conductos que el tubo neumático. Se puede subir y verlos: hierro remachado de 1930, con mazos de fibra atados encima.

II

Conviene entender por qué hace falta un edificio, porque la palabra internet no lo sugiere.

Dos redes que quieran intercambiar tráfico tienen dos opciones. Una es que la primera le pague a la segunda por llevarle los paquetes a donde haga falta [tránsito]. La otra es que se conecten directamente entre ellas y se intercambien sólo el tráfico que va de una a la otra, sin pagarse nada [interconexión].

La segunda sale más barata para las dos siempre que el volumen la justifique. Pero conectarse directamente significa, literalmente, que un cable salga de un equipo de una empresa y entre en un equipo de la otra. Y para eso los dos equipos tienen que estar cerca.

De ahí sale la lógica entera. Si hay un edificio donde ya están cien redes, la red ciento uno quiere estar ahí y no en otro sitio, porque desde allí puede conectarse con las cien a la vez. Cuantas más hay, más atractivo es; cuanto más atractivo es, más hay.

No es monopolio, y no hace falta que nadie lo organice; es el efecto de red funcionando sobre el hormigón.

III

La versión europea de ese edificio está en Fráncfort y se organizó de otra manera.

En vez de que cada par de redes tienda un cable con cada otra [lo que con quinientas redes son más de cien mil cables], hay un conmutador común. Cada red se enchufa una sola vez a ese conmutador, y desde ahí puede hablar con cualquiera de las demás que acepte hablar con ella. Eso es un punto neutro de intercambio.

El de Fráncfort es el mayor del mundo por tráfico. El de Ámsterdam y el de Londres completan el trío, y entre los tres pasa buena parte de lo que se mueve dentro de Europa.

Que Fráncfort sea el primero no viene de la geografía, ni de los cables submarinos, que llegan por la costa atlántica. Viene de la división de Alemania: durante la guerra fría, Fráncfort era la ciudad de la Alemania occidental con mejores comunicaciones hacia el este, y la banca se instaló allí por lo mismo. Las decisiones de una república partida en dos siguen decidiendo por dónde pasa el tráfico de un continente, y nadie lo eligió: se heredó, igual que los conductos de Hudson Street.

La lista completa de edificios así es corta y se puede recitar. Telehouse en los Docklands de Londres, abierto en 1990 y el primero de Europa. El Interxion de Ámsterdam. El de la calle Comercio en Hong Kong. Un puñado más.

Ninguno tiene rótulo; son cajas sin ventanas, con generadores diésel en el sótano y depósito de gasóleo para varios días. Por fuera no se distinguen de un almacén.

IV

Hay un detalle administrativo que suele perderse y que es el que más dice.

Lo que se vende dentro de estos edificios no es ancho de banda. Es espacio, corriente eléctrica, refrigeración y, sobre todo, conexiones cruzadas: el derecho a que un técnico de la casa tienda un latiguillo de fibra desde tu bastidor hasta el de otro cliente.

Ese latiguillo mide a veces treinta metros, se instala en media hora y se factura todos los meses durante años [una cuota fija, con revisión anual]. Un edificio grande tiene decenas de miles. No hay en todo internet un producto con mejor margen, y es un trozo de fibra de treinta metros dentro de una habitación.

Cuando una empresa compra uno de estos edificios no está comprando metros cuadrados; está comprando la lista de quién ya está dentro. En 2010, Google pagó alrededor de mil novecientos millones de dólares por el 111 de la Octava Avenida, en Nueva York, que es otro de los edificios de esta lista. No lo compró para poner oficinas. Compró el derecho a estar en la habitación donde ya estaban todos, que es lo único que no se puede construir en otro sitio.

Hay una cifra que resume el negocio mejor que cualquier descripción. Un bastidor de servidores en uno de estos edificios se alquila por el espacio y la corriente que consume; la conexión cruzada que lo une al bastidor de al lado se cobra aparte, cuesta una fracción pequeña de lo anterior, y no tiene prácticamente ningún coste recurrente para quien la vende. Es el mismo trozo de fibra el primer año y el décimo.

V

La consecuencia para el dibujo de Baran es directa, y no hace falta forzarla.

El panel de la derecha supone que los enlaces entre nodos son baratos y que se pueden poner donde haga falta. En una red de conmutación por radio, o en la malla que Baran estaba modelando, esa suposición se sostiene.

En la red que se construyó, un enlace entre dos redes cuesta estar en la misma habitación. Y como no hay muchas habitaciones donde estén todos, todos van a las mismas.

El resultado es que la topología lógica —quién habla con quién— puede parecerse bastante al panel de la derecha, mientras la topología física se parece al de la izquierda. Son dos dibujos distintos del mismo sistema, y sólo uno de los dos se incendia.

El diez de marzo de 2021 ardió un edificio de un proveedor en Estrasburgo. Se quemaron tres millones de sitios web, entre ellos los de varias administraciones públicas francesas, y una parte de los afectados descubrió aquel día que su copia de seguridad estaba en el edificio de al lado.

El fuego empezó en una sala de alimentación eléctrica. El centro afectado estaba construido con contenedores apilados y refrigeración por aire exterior — un diseño barato y eficiente, que funcionó durante años tal como se esperaba de él —, y no tenía extinción por gas en todas las salas.

Lo que ardió no fue la nube. Fue un edificio de cuatro plantas al lado de un canal, con una dirección postal que se puede buscar.

James Void Voyage · 12.10.2026