Pieza independiente

Los cuatro kilómetros

LSD · Albert Hofmann, 19 de abril de 1943

I

El 19 de abril de 1943, a las cuatro y veinte de la tarde, un químico suizo de treinta y siete años se tomó en su laboratorio doscientos cincuenta millonésimas de gramo de una sustancia que había sintetizado cinco años antes y había dejado olvidada en un estante.

Se llamaba Albert Hofmann. Escribió la hora y la cantidad en su cuaderno antes de tomarla; eso es lo que distingue un experimento de una tontería.

Todo lo que viene de aquella tarde sale de ese cuaderno y del informe que redactó al día siguiente para su jefe. No de sus memorias, que son de cuarenta años después y ya están contaminadas por todo lo que pasó en medio.

Había elegido esa cantidad porque le pareció ridículamente pequeña; quería descartar un efecto, no encontrarlo. Con cualquier otro compuesto conocido, doscientos cincuenta microgramos no habrían hecho nada en absoluto.

A las cinco no podía seguir escribiendo. Le pidió a una ayudante que lo acompañara a casa y se fueron en bicicleta —era 1943, había guerra y no había coches ni gasolina para asuntos así—.

Fueron cuatro kilómetros.

Durante el trayecto, según anotó después, la carretera se movía, el tiempo se le deshacía y estaba convencido de que se había envenenado y de que se estaba muriendo. En casa llamaron al médico, que lo examinó y no encontró nada anormal salvo unas pupilas enormes: pulso bien, respiración bien, tensión bien.

A las seis horas se le fue pasando; a las diez de la noche podía hablar con normalidad. Al día siguiente se levantó con una sensación de claridad que describió como si el mundo estuviera recién lavado, y se fue a trabajar.

II

Lo que hace singular esta primera dosis no es la experiencia. Es la cifra.

Doscientos cincuenta microgramos es una cantidad que no se ve. Un grano de sal pesa unos sesenta microgramos [más o menos, según el grano], de modo que aquello eran cuatro granos de sal repartidos por un cuerpo de setenta kilos.

Nada conocido entonces hacía nada a esa escala. Los fármacos se medían en miligramos y muchas veces en gramos [una aspirina son quinientos], y esta sustancia era mil veces más potente que cualquier cosa del armario.

Eso, por sí solo, obligó a cambiar una idea. Si un efecto tan enorme se produce con tan poca materia, es porque no está actuando como un veneno ni como un disolvente; está encajando en algo muy concreto y muy escaso.

La cifra fue el descubrimiento. Lo demás, incluida toda la cultura que vino después, es consecuencia.

Por eso el hallazgo de aquella tarde no pertenece a la historia de las drogas sino a la de la farmacología. Si algo actúa a esa escala, tiene que estar encajando en una pieza concreta del cerebro, y esa pieza tiene que existir por alguna razón que no tiene nada que ver con la sustancia. Buscarla llevó años y cambió lo que se sabía sobre cómo funciona un cerebro por dentro.

III

Yo no lo he tomado y no voy a fingir que sí.

Lo que hice fue lo otro: cogí una bicicleta y recorrí cuatro kilómetros a la misma hora, un miércoles de abril, para ver cuánto es eso en un cuerpo normal.

Se tarda catorce minutos yendo despacio [lo cronometré dos veces, por si acaso]. Es una distancia corta, de esas que uno hace sin pensar para ir a cualquier sitio, y el trayecto que elegí tenía una cuesta suave al principio y una avenida recta después. Hacía trece grados —abril en una ciudad del norte— y llegué sin sudar.

Catorce minutos.

En esos catorce minutos, un hombre que sabía perfectamente lo que se había tomado y cuánto estuvo convencido de que se moría, y siguió pedaleando, y lo apuntó al llegar.

No hay ninguna manera honesta de que yo cuente lo otro. Puedo contar la bicicleta, la hora, los trece grados y lo que cuesta una bici de alquiler municipal [treinta céntimos la media hora]. Eso es lo que tengo.

Lo que sí puedo decir es que la distancia, hecha en un cuerpo corriente, es humillantemente pequeña.

Hay una cosa más que saqué de aquel miércoles y que no esperaba. Fui pendiente del tráfico, de un semáforo largo y de un bordillo, y en catorce minutos tomé unas cuantas decisiones pequeñas sin darme cuenta de ninguna [frenar, girar, esperar]. Todo eso lo hizo él también, con la carretera moviéndose y convencido de estar muriéndose. Llegó entero, aparcó la bicicleta y subió a su casa [el resto de la tarde lo pasó en el sofá, con la ayudante al lado y un vaso de leche].

IV

Por dentro, la clave está en esa desproporción entre lo poco que hay y lo mucho que pasa.

La molécula es rígida y tiene una forma que se parece bastante a la serotonina, esa señal que en el cerebro regula el ánimo, el sueño y también, en algunos sitios, la manera en que la corteza filtra lo que le llega. Hay cerraduras hechas para la serotonina repartidas por todo el sistema nervioso, y una de ellas, muy abundante en la capa externa del cerebro, es la que importa aquí.

El LSD se mete en esa cerradura y se queda. Aquí está el detalle que se descubrió hace pocos años y que explica las horas. La molécula entra, y una parte de la propia proteína se pliega por encima como una tapa [una tapa que no estaba prevista para nadie], de modo que queda atrapada dentro. No puede salir hasta que la célula se traga el receptor entero.

Por eso dura tanto con tan poco. No es que haya mucha sustancia; es que la poca que hay no se va.

Lo que cambia entonces no es la percepción en bruto. Los ojos siguen viendo lo mismo. Lo que se altera es el trabajo de filtrado: el cerebro dedica una parte enorme de su actividad a predecir lo que va a percibir y a descartar lo que no encaja, y ese sistema de descarte es el que se afloja.

Entran cosas que normalmente no pasan el filtro. Se conectan zonas que normalmente se hablan poco. La sensación de que uno es una cosa separada del resto, que también la fabrica el cerebro y que cuesta energía sostener, se debilita.

El cuerpo, mientras tanto, apenas se entera: sube algo la tensión y la temperatura, se dilatan las pupilas, y ya. La dosis letal está tan lejos de la activa que casi no hay casos documentados de muerte por la sustancia en sí [los muertos que hay son por lo que la gente hace, no por lo que la molécula hace].

V

De aquella tarde salieron dos historias que no se llevan bien.

Una es la científica, y duró poco. Durante los años cincuenta y sesenta se publicaron cientos de estudios y se probó en alcoholismo, en ansiedad de enfermos terminales y en psicoterapia, con metodologías que hoy no pasarían ningún filtro pero con resultados que no se pudieron descartar del todo.

La otra es la cultural, y se la llevó por delante a la primera. A finales de los sesenta la sustancia se volvió una bandera, la política entró en el asunto y en pocos años estaba prohibida en casi todas partes; con la prohibición se cerró también la investigación clínica durante cuarenta años; los expedientes se guardaron y las sustancias se quedaron en las neveras.

Lo que quiero dejar dicho es el mecanismo, no la nostalgia. Una molécula se puede volver imposible de estudiar menos por lo que hace en un cuerpo que por lo que significa en una discusión pública. Cuando eso pasa, lo que se pierde no es la droga, que sigue circulando igual: lo que se pierde son los ensayos.

VI

Contra mí: he escrito mil trescientas palabras sobre una sustancia que no he probado, a partir de cuadernos ajenos y de una excursión en bicicleta.

Eso es justo lo que critico en otros sitios de este trabajo.

Lo sostengo por una razón y es de método: aquí el cuerpo del archivo está mejor documentado que el mío. Hofmann anotó la hora, la dosis, los síntomas y la duración, en un laboratorio, con un testigo médico, y volvió a hacerlo después con cantidades menores. Es uno de los pocos autoexperimentos de la historia que cumple los requisitos que le pediríamos hoy a un ensayo, salvo el más importante, que es no ser el único sujeto.

VII

Hofmann trabajó cuarenta años más en el mismo laboratorio, aisló los compuestos activos de los hongos mexicanos, se jubiló, escribió y murió en 2008, a los ciento dos años.

Hasta el final sostuvo dos cosas a la vez: que aquello tenía valor médico y que su difusión masiva fuera de control había sido un desastre. Llamaba a su compuesto «mi niño problemático».

19 de abril de 1943, cuatro y veinte de la tarde, doscientos cincuenta microgramos.

Cuatro granos de sal.

Cuatro kilómetros en bicicleta, catorce minutos en un cuerpo normal.

Seis horas de efecto.

Cuarenta años de investigación clínica interrumpida.

Bicicleta municipal de alquiler: treinta céntimos la media hora.

James Void Voyage · 20.09.2026