Pieza independiente
Ochenta y dos
Lenvatinib · el ensayo de fase uno, 2006
I
Lo que hay en lugar de un nombre es un número de registro.
El ensayo japonés figura como NCT00280397, inscrito en enero de 2006, con veintisiete pacientes de mediana de edad cincuenta y tres años, trece miligramos dos veces al día en ciclos de dos semanas de toma y una de descanso. Casi a la vez corrió otro en Europa con ochenta y dos pacientes, repartidos en escalones que iban de dos décimas de miligramo a treinta y dos [la primera dosis de una escalada es ridícula a propósito].
La escalada se paró en treinta y dos porque a alguien de ese escalón empezó a salírsele proteína por la orina. El riñón filtra por unos ovillos de vasos finísimos; cuando esos vasos dejan de mantenerse, la proteína de la sangre se cuela. Ese dato fijó el techo en veinticinco miligramos.
De la persona a la que le pasó consta el sexo, la edad, el tumor que tenía, la dosis, el día del ciclo en que apareció el problema y el grado de la toxicidad en una escala de uno a cinco [el tres quiere decir que hay que interrumpir]. No consta nada más, y no consta porque el protocolo prohíbe que conste.
El registro está completo. Tiene todo lo que un ensayo de fase uno debe tener [n, diseño, escalones, criterios de retirada] y no tiene a nadie dentro.
II
El catálogo entero de lo dirigido promete lo mismo desde los años noventa.
La promesa es que la molécula deja de ignorarte y pasa a seleccionarte. Hace falta el cuerpo correcto, el que lleva la marca; el que no clasifica se queda fuera, y eso ya lo decidió un análisis antes de que nadie firmara nada. Ésa es la frontera que se cruzó en 1992 con las dieciséis mujeres del trastuzumab.
Este fármaco está en ese catálogo y hace lo contrario.
Se agarra a seis familias de receptores a la vez. Las tres que reciben la orden de fabricar vasos nuevos, las cuatro de otra familia que construye tejido, la del factor de las plaquetas y dos más que están metidas en cánceres distintos [una de ellas es la que se avería en el tiroides]. No hay análisis previo que decida quién entra; la indicación es anatómica y no molecular, y se escribe así: tiroides que ha dejado de captar yodo.
No mata el tumor. Le corta el riego.
Una escopeta en un catálogo de rifles, vendida en el mismo mostrador y con el mismo argumento.
III
Lo más barato de esta serie me ha costado diecinueve con noventa.
Es un tensiómetro de brazo, de farmacia, con manguito de velcro y dos pilas. Se aprieta un botón, el manguito se infla, aprieta, suelta y da tres números en una pantalla grande pensada para gente mayor.
Me lo puse como dicen las instrucciones, «sentado, con la espalda apoyada y sin hablar». Doce con ocho, sesenta y dos pulsaciones.
Ese aparato es el instrumento con el que se vigila el fármaco del que va esta pieza. A cuatro de cada diez pacientes se les sube la tensión en las primeras semanas, y es una subida que aparece antes que cualquier prueba de imagen. Cuando les ordenas a los vasos de todo el cuerpo que dejen de ensancharse y de repararse, la sangre que sale del corazón encuentra tubos más duros y menos plásticos, y el número del manguito sube.
De modo que la primera señal de que la cosa está funcionando dentro no llega de una resonancia de mil euros. Llega de esto.
Lo tengo encima de la mesa mientras escribo. A mí no me está cortando el riego nadie; lo único que mide mi aparato es una tensión normal de un hombre que duerme mal.
IV
Un tumor pequeño no necesita nada de esto. Con un par de milímetros le basta con lo que le llega por difusión desde los vasos del vecindario, como a una mancha de humedad le basta con la pared.
Para pasar de ahí tiene que pedir tubería, y la pide gritando.
Las células que forran los vasos por dentro llevan una antena que asoma hacia fuera y que está puesta ahí para recibir ese grito. Cuando lo reciben, se ponen a construir. Se estiran, se separan, fabrican un conducto nuevo y lo empalman. El tumor grita mucho más fuerte que un tejido sano, y la tubería que sale de ese grito está mal hecha —vasos torcidos, con agujeros, que pierden líquido y se estrangulan solos— porque nadie supervisa una obra hecha a gritos.
La cápsula se traga por la mañana, se deshace, atraviesa la pared del intestino y va a la sangre. La molécula es pequeña; pesa unas trescientas cincuenta veces menos que un anticuerpo [cuatrocientos veintisiete daltons contra ciento cincuenta mil] y entra donde quiere. Lo que busca es el interruptor de la antena, que está por la cara de dentro de la célula.
Ahí se mete en el hueco donde encaja la pieza que enciende el interruptor, y se mete de una manera particular: además del hueco, agarra un surco de al lado, y por eso se suelta más despacio que otros de su familia.
El grito sigue. No lo atiende nadie.
Lo que pasa después es lento y tiene forma de abandono. La obra se para, los vasos mal hechos que ya estaban puestos se colapsan los primeros, y el tumor se queda con el suministro que tenía y sin el que iba a tener.
El cuerpo responde a esto donde también fabrica vasos, que es en todas partes. Los ovillos del riñón dejan pasar proteína. Las heridas no cierran, porque cerrar una herida consiste en tender tubería nueva. Las manos se agrietan y la tensión sube, y esa tensión hay que tratarla con otra pastilla mientras dura el tratamiento.
V
Donde no hay un mecanismo único que explicar, tampoco hay un cuerpo único que enseñar.
Las piezas anteriores tenían las dos cosas a la vez —una diana y un cuerpo— y las tenían por el mismo motivo. Un fármaco que se agarra a una diana concreta se deja contar en una persona concreta, porque la persona es la prueba de que la diana existía.
Aquí no hay diana, hay seis. No hay una historia clínica, hay ochenta y dos escalones de dosis y una mediana. El ensayo con sus cohortes no es un sustituto del paciente que falta, es la única forma que este fármaco tiene de existir en un expediente.
Lo que se vende como «dirigido» no es la molécula. Es la contabilidad.
Dieciocho meses y tres décimas sin que la enfermedad avance, contra tres meses y seis décimas con placebo. Ese par de cifras del ensayo grande es todo lo que este fármaco es capaz de decir sobre sí mismo, y es más de lo que dijeron nunca la mitad de los de esta serie.
VI
Contra mí, y es serio: la escopeta puede ser la razón de que funcione.
Cuando se bloquea solamente la vía que pide vasos, el tumor tarda poco en usar otra para pedir lo mismo, y la tubería vuelve a crecer por el camino de al lado. Bloquear las dos a la vez le cierra la salida de emergencia. Visto así, agarrarse a seis familias deja de ser falta de puntería y pasa a ser el diseño.
El anonimato tampoco es una herida. En un cáncer de tiroides que ha dejado de responder al yodo no había nada, y lo que hay ahora se sabe porque trescientos noventa y dos pacientes se repartieron al azar entre el fármaco y una pastilla vacía [doscientos sesenta y uno contra ciento treinta y uno]. Ese azar es el que borra los nombres y es el que produce el dato.
Mi queja es estética. Los ochenta y dos no se quejaron de eso.
VII
Vuelvo al escalón de treinta y dos miligramos.
Hay una persona, viva o muerta, a la que en 2006 se le metió en la orina la proteína que debía quedarse en la sangre, y eso puso el techo de todo lo que vino detrás. La dosis que se aprobó nueve años más tarde es de veinticuatro miligramos al día, un escalón por debajo de donde su riñón dijo basta.
Cada cápsula que se traga hoy un enfermo de tiroides está calibrada con el daño de un cuerpo que nadie puede nombrar. El expediente lo registró todo de ese cuerpo menos quién era, y lo hizo bien: ésa era la promesa que se le hizo al entrar.
Veintisiete pacientes en el ensayo japonés, ochenta y dos en el europeo.
Escalones de dos décimas de miligramo a treinta y dos; techo en veinticinco; dosis aprobada, veinticuatro al día.
Aprobado el 13 de febrero de 2015, nueve años después de aquella escalada.
Dieciocho meses y tres décimas contra tres y seis.
Tensión alta en cuatro de cada diez de los que lo toman.
Coste medio por receta en los datos públicos del sistema de mayores de Estados Unidos: once mil quinientos veintiséis dólares. Al año, por paciente, unos ciento cuatro mil.
Mi tensiómetro: diecinueve con noventa, pilas incluidas.