Pieza independiente

Mycobacterium tuberculosis · Berlín, 1882 y 1890

Ocho años después

I

El 24 de marzo de 1882, en Berlín, un médico de treinta y ocho años leyó ante la Sociedad de Fisiología un trabajo de una hora [lo tituló, sin más, «Sobre la tuberculosis»] sobre la causa de la enfermedad que mataba a uno de cada siete europeos.

Se llamaba Robert Koch. Había traído al salón sus preparaciones, sus microscopios y sus tubos de cultivo, y los tenía puestos en mesas alrededor para que los asistentes miraran al terminar.

El bacilo era difícil de teñir. Koch había dado con un procedimiento que lo coloreaba de azul sobre un fondo pardo y que exigía dejar la muestra en el colorante durante horas, a veces un día entero. Lo que se veía luego eran bastones finos —de dos a cuatro micras— en grupos y en parejas.

Cultivarlo era peor. Crece tan despacio que hay que esperar semanas a que aparezca algo en el tubo [cualquier otra de las que se estudiaban entonces daba colonias en una noche].

Cuando terminó no hubo preguntas ni aplausos. Los asistentes se levantaron y fueron a mirar por los microscopios.

II

Ocho años después, el mismo hombre, en la misma ciudad, anunció que tenía el remedio.

Fue el 4 de agosto de 1890, en el Décimo Congreso Internacional de Medicina, delante de varios miles de médicos. Dijo que había encontrado una sustancia que detenía la enfermedad en animales y que parecía hacerlo también en personas. No dijo de qué estaba hecha.

El secreto era parte del asunto. Koch estaba negociando la fabricación y tenía un interés económico en el producto, además de un instituto que quería levantar [el que lleva hoy su nombre]. Mantuvo la fórmula reservada durante meses.

Lo que pasó después fue una peregrinación: enfermos de toda Europa viajaron a Berlín a pedir una dosis, se alquilaron pisos convertidos en enfermerías improvisadas y los médicos de media ciudad se pusieron a inyectar aquello.

Quien lo recibía enfermaba de golpe: fiebre alta, dolor, inflamación violenta alrededor de las lesiones. Algunos parecían mejorar. Otros se murieron.

En enero de 1891, Rudolf Virchow publicó las autopsias. Los muertos seguían llenos de bacilos y, en varios casos, la inflamación provocada por la inyección había extendido la enfermedad en vez de contenerla.

Koch tuvo que revelar la composición. Era esto: un caldo de cultivo del propio bacilo, glicerinado, evaporado a la décima parte y filtrado.

III

Lo que hacía en realidad se entendió después y no es curativo. Es una reacción de reconocimiento.

Dentro de ese filtrado hay fragmentos de la pared del bacilo. Un cuerpo que ya se ha encontrado con la bacteria tiene células de defensa que llevan años recordando esos fragmentos. Cuando se los inyectas debajo de la piel, esas células acuden y montan una inflamación local en dos o tres días.

Si el cuerpo nunca se encontró con el bacilo no pasa nada. Si se encontró, aparece un bulto duro que se mide con una regla [en milímetros, y el corte depende de a quién se le haga].

Eso es lo que se usa hoy, con el mismo material y el mismo principio, ciento treinta y cinco años después. No como tratamiento: como prueba diagnóstica, la que en los hospitales se pide como «la prueba de la tuberculina».

Inyectado en un enfermo con lesiones activas, en cambio, el mismo reconocimiento se produce alrededor de los focos que ya tiene. Esa es la explicación de las muertes de 1890: no hubo veneno, hubo una reacción del propio enfermo, provocada a lo bestia y en el peor sitio.

IV

La bacteria está construida de una manera que explica casi todo lo demás.

Su pared lleva una cantidad enorme de grasas de cadena larga, ceras que la vuelven impermeable. De ahí salen las tres cosas que la caracterizan. Que no se tiña con los colorantes corrientes y haya que forzarla con calor y tiempo; que aguante dentro de las células que se la tragan —las que deberían digerirla— y que crezca despacio, porque construir esa envuelta es caro.

El macrófago se la come y no la mata. Dentro de él, la bacteria impide que el compartimento donde ha quedado encerrada se funda con la bolsa de enzimas que lo destruiría, y ahí se queda.

Lo que se forma alrededor es la lesión clásica: una bola de células defensivas apretadas, con material muerto en el centro, que aísla el foco sin eliminarlo. Puede quedarse quieta durante décadas y reabrirse cuando el cuerpo se debilita [una de cada cuatro personas del mundo la lleva dentro así].

No hay astucia en esto. Las estirpes con esa envuelta grasa quedaron dentro de macrófagos y se transmitieron desde ahí; las que no la tenían se digirieron.

V

Lo que este expediente pone delante es que acertar no protege de nada.

Koch tenía en 1890 la mejor posición epistémica del mundo sobre esa enfermedad. Había aislado el bacilo, había formulado las reglas que todavía se enseñan para atribuir una enfermedad a un microbio [los postulados que llevan su apellido] y había repetido la jugada con el cólera. Nadie sabía más.

Y el error no fue de conocimiento. Fue de procedimiento: anunciar antes de tiempo, en un congreso y no en una revista, sin decir de qué estaba hecho el producto, con dinero de por medio y ante una demanda desesperada que no le dejó espacio para retirarse.

El prestigio que había ganado en 1882 es lo que hizo posible el daño de 1890. Sin él, nadie habría cruzado Europa por una inyección de composición secreta.

VI

La objeción es que tampoco fue un fraude, y no hay que arreglar la historia por el otro lado.

La sustancia funcionaba en la prueba que él había hecho en cobayas; el propio Koch se la inyectó antes que a nadie y pasó una noche con fiebre y vómitos [dosis alta, según su relato]. El error estuvo en la distancia entre ese resultado y la afirmación pública, y en la velocidad con la que la segunda salió detrás del primero.

Además, de ahí salió algo que sirve. La prueba de la tuberculina se sigue usando en el mundo entero para saber quién lleva el bacilo dentro; el fracaso terapéutico se convirtió en el instrumento diagnóstico que permitió medir por primera vez el tamaño real de la epidemia.

VII

Ella siguió igual.

En 1882 se la vio y se le puso nombre, y en 1890 se intentó detenerla; en las dos fechas continuó pasando de un pulmón a otro en las gotas que suelta alguien al toser; las gotas pequeñas se quedan flotando en una habitación durante horas. La primera cosa que la mató de verdad en un cuerpo humano llegó en 1944, sesenta y dos años después de la conferencia.

Hoy sigue siendo la infección que más gente mata en el mundo. Más de un millón de personas al año, casi todas en países pobres, casi todas con un tratamiento que existe y que cuesta poco.

Sesenta y dos años entre el bacilo identificado y el primer fármaco que lo detuvo.

Ocho entre la conferencia que lo identificó y el anuncio que no curaba.

Cinco meses de secreto sobre la composición.

Uno de cada siete muertos en Europa, en 1882.

Más de un millón al año, ahora.

James Void Voyage · 12.10.2026