Pieza independiente
Carl von Linneo · Upsala, 1758 y 1959
Se lo clavaron después
I
La décima edición del Systema Naturae salió en Estocolmo en 1758 y es, por acuerdo internacional, el punto cero de la nomenclatura zoológica. Todo nombre de animal anterior a esa fecha no cuenta.
Dentro hay miles de entradas, y cada una sigue el mismo formato seco; género, especie, una diagnosis breve en latín con los caracteres que distinguen a ese animal de sus parientes.
Hasta que llega a nosotros, y ahí se detiene.
En el lugar donde debería ir la descripción de Homo sapiens, Linneo escribió dos palabras — nosce te ipsum. Conócete a ti mismo.
No es una broma ni es pereza. Es la constatación de que el procedimiento que acababa de montar para ordenar el mundo no se podía aplicar al que lo estaba aplicando, porque habría que describirse desde fuera y no hay fuera.
II
El sistema que estaba fundando resolvía un problema que hoy cuesta ver, porque ya está resuelto.
Antes de él, el nombre de una planta o de un animal era una frase descriptiva que cada autor escribía a su manera y que iba alargándose a medida que aparecían especies parecidas. Dos naturalistas podían estar hablando del mismo bicho sin saberlo, o de dos distintos creyendo que era el mismo. No había manera de comprobarlo salvo discutir.
Linneo cortó eso con dos palabras por especie y una jerarquía por encima. Pero el nombre corto, por sí solo, no arregla nada: si yo digo que un animal es Felis catus y tú dices que no, seguimos sin árbitro.
La solución llegó después y es más radical de lo que parece. Se decidió que cada nombre quedara anclado a un objeto físico concreto, depositado en una colección, accesible: el ejemplar tipo. El nombre no significa lo que la descripción dice; significa ese individuo, y la pregunta de si otro animal pertenece a la especie se resuelve comparando.
Es una decisión filosófica de las grandes, y se tomó en una comisión de nomenclatura. El lenguaje se volvió comprobable contra cadáveres.
III
Con nuestra propia especie el ancla se puso tarde.
Como Linneo no había designado ningún ejemplar —no había descripción, mal podía haber testigo—, durante doscientos un años el nombre más usado de la zoología estuvo flotando sin objeto que lo sostuviera.
En 1959, William Stearn escribió que Linneo mismo debía quedar como tipo de su Homo sapiens. La designación se aceptó y es la que vale.
Conviene decirlo con la palabra correcta, porque la diferencia es justamente el asunto. Un holotipo es el ejemplar que el autor señala al describir la especie, y va dentro del acto fundacional. Lo de Stearn es un lectotipo, que es lo que se elige más tarde, de entre el material que quedó, cuando el original no dejó ninguno.
De modo que el nombre de nuestra especie no nació clavado a un cuerpo. Se le clavó uno dos siglos después, y el cuerpo está enterrado en la catedral de Upsala.
Si alguna vez hubiera que dirimir formalmente si un ejemplar pertenece a Homo sapiens, el procedimiento pasa por un hombre concreto, muerto en 1778, bajo una losa sueca.
IV
Esa decisión tiene una consecuencia material que casi nunca se menciona y que sostiene todo lo que viene después en esta serie.
Si el nombre significa un objeto, el objeto hay que guardarlo. Para siempre. Climatizado, etiquetado, accesible a quien lo pida y protegido del fuego, del agua y de los insectos [en las colecciones antiguas, con arsénico]. Un tipo perdido es un nombre que se queda sin árbitro.
Ahí nacen las colecciones de historia natural tal como existen: no como almacenes de curiosidades sino como archivos de referencia legal, en el sentido estricto de que dirimen disputas. Millones de cajones con millones de cuerpos que hay que conservar indefinidamente porque de ellos cuelgan palabras.
Y una vez montada esa maquinaria [el cajón, la etiqueta, el número de entrada, el inventario], admite cualquier cosa que quepa en un cajón.
Hay un detalle del propio Linneo que enseña hasta dónde llega la idea. Cuando murió, en 1778, su herbario, sus insectos, sus conchas y su biblioteca pasaron a su viuda, y en 1784 los compró un médico inglés de veinticuatro años — unas mil guineas — que después fundaría con ellos una sociedad. Salieron de Suecia en barco.
Están en una cámara acorazada de Londres, con control de humedad, y se consultan con cita previa. No son recuerdos del fundador: son los objetos contra los que se comprueban varios miles de nombres, y por eso hay que tenerlos a mano trescientos años después.
V
Hay otra cosa en el Systema Naturae de 1758, en la misma página de nosce te ipsum, y es la que convierte a esta pieza en el arranque de la colección y no en una curiosidad de nomenclatura.
Debajo de la especie, Linneo puso cuatro variedades geográficas. Y a cada una, además del continente, le adjudicó un color, un temperamento y un carácter; a una la llamó risueña e ingeniosa, a otra obstinada, a otra sosegada, a otra impasible. Añadió incluso cómo se gobernaban.
No son observaciones. Son los cuatro humores de la medicina antigua [sanguíneo, colérico, melancólico, flemático] repartidos por el mapa, en el libro que fundaba la práctica de clasificar seres vivos por caracteres observables.
La objeción contra mí mismo es obvia y hay que ponerla: leer 1758 desde aquí es barato. Linneo no viajó, trabajaba con relatos de marinos y de misioneros, y el texto de las variedades cambió entre ediciones. Nada de esto se escribió como programa.
Pero el formato sí importa, porque el formato es lo que se hereda. Puso el carácter dentro de la ficha. Lo colocó en la misma columna que el color del pelo y la latitud, con el mismo aire de dato.
Una vez que el temperamento está en la ficha, alguien va a querer medirlo.
VI
Lo que vino después ocupa el resto de esta serie. Un siglo largo de gente competente llenando cráneos de perdigón, trazando ángulos sobre perfiles y calculando índices, para encontrar en el hueso el carácter que Linneo había escrito al lado del continente.
No lo encontraron, y conviene subrayar que lo intentaron en serio y con medios. Lo que se encontró, cuando por fin alguien midió bien y con sujetos suficientes, fue que la medida cambiaba en una sola generación de migrantes.
De todo aquel aparato queda hoy el ancla, que era la parte buena; la idea de que una palabra debe poder comprobarse contra una cosa. Es lo que sigue impidiendo que un nombre signifique lo que a cada uno le convenga.
Queda también el hombre bajo la losa de Upsala, que es la cosa contra la que se comprueba la palabra humano.
Doscientos un años sin saber a quién señalaba, y cuando hubo que señalar a alguien, resultó ser el que había escrito conócete a ti mismo en el hueco de la descripción.