Pieza independiente

Sin que le importara

Clorpromazina · Jacques Lh., 19 de enero de 1952

I

El 19 de enero de 1952, a las diez de la mañana, en el hospital militar de Val-de-Grâce, en París, a un hombre de veinticuatro años le pusieron cincuenta miligramos de una cosa nueva por vía intravenosa.

En el expediente figura como Jacques Lh. Estaba agitado, con un cuadro maníaco, y llevaba dentro el tiempo que llevaba dentro la gente entonces [todo el que hiciera falta]. No se lo puso el hombre que había insistido durante meses para que se lo pusieran; se lo pusieron los del servicio de neuropsiquiatría del hospital [Hamon, Paraire y Velluz], que publicaron el caso ese mismo año en una revista francesa.

Veinte días de dosis repetidas y salió del hospital. Es la primera vez en la historia que alguien entra en un hospital psiquiátrico agitado y sale por una puerta porque le han dado algo, en vez de por lo que hubiera pasado antes [contención, sueño provocado, electricidad, tiempo].

Hay que decir con cuidado qué demostró aquello, porque casi siempre se cuenta de más. Jacques Lh. no recibió la molécula sola. La recibió acompañada de barbitúricos, dentro de una combinación. Lo que se vio en Val-de-Grâce fue que el conjunto funcionaba. Que bastaba con el compuesto solo lo demostraron unos meses después, en Sainte-Anne, Delay y Deniker, con treinta y ocho pacientes y sin nada más encima; la prueba limpia llegó cuando la primera vez ya tenía fecha y titular.

La primera vez y la prueba no son la misma fecha. Pasa más de lo que parece.

II

La molécula venía de diciembre de 1950, de un laboratorio en las afueras de París, donde un químico le había cambiado la cola a un derivado clorado y le había puesto un número: 4560.

Su familia es antigua y no es médica. Las fenotiazinas empezaron siendo colorantes textiles, saltaron de ahí a los antihistamínicos y de los antihistamínicos a esto. Lo que se inyectó aquella mañana de enero era pariente lejano de un tinte.

El hombre que insistió tampoco era psiquiatra. Henri Laborit era cirujano de la marina y lo que le quitaba el sueño era otra cosa —que los heridos se le murieran de shock en la mesa, por la reacción del cuerpo a la herida y no por la herida—. En junio de 1951 pidió al fabricante aquel compuesto porque lo vendían como potenciador de la anestesia [una ayuda para gastar menos éter], y lo que vio en sus quirófanos no era lo que buscaba.

Los pacientes no se dormían. Se quedaban despiertos, contestando a lo que se les preguntaba, orientados, y sin ningún interés por lo que estaba a punto de pasarles. Lo llamó «quietud eufórica», y la frase se le quedó pegada al compuesto durante años. Trabajaba entonces en algo que llamaba hibernación artificial, y a los enfermos los rodeaba de hielo para bajarles la temperatura; el cuerpo entero, envuelto, como se transporta el pescado.

Un cirujano buscando una manera de que no se le muriera la gente encontró, de paso, la primera medicación psiquiátrica de la historia. Lo que encontró fue la indiferencia.

Cuesta un poco asumir el orden de los hechos. Primero apareció el efecto, en cuerpos que estaban ahí por otra cosa; después alguien pensó para qué podía servir; y solo al final hubo una enfermedad a la que aplicárselo. El fármaco llegó antes que su indicación, que es el orden inverso al que se enseña.

III

Los primeros cuerpos que recibieron esta molécula no son los psiquiátricos. Son los quirúrgicos de Laborit, en 1951, y ninguno tiene nombre.

Tampoco lo tienen por la razón de los ensayos posteriores. En 1951 no había protocolo, ni comité, ni anonimato obligatorio. No estaban protegidos por nada. No figuran porque a nadie se le ocurrió que la indiferencia de un paciente de cirugía fuera un hallazgo digno de anotarse, y porque eran gente a la que se estaba operando de otra cosa.

Una ausencia por protección y otra por desinterés. No se parecen en nada y las dos dejan la misma página en blanco.

IV

A mí me pusieron algo un martes a las siete y cuarenta de la mañana, y no era esta molécula ni pariente suya. Para esto hoy se usa una benzodiacepina, que es otra familia entera y funciona por otro sitio. El efecto que compré, sin embargo, es el de Laborit.

El quirófano se prepara con una eficiencia doméstica que desarma. Una enfermera dice tu nombre completo y tu fecha de nacimiento, te lo hace repetir, comprueba una pulsera, y te pregunta si llevas prótesis dentales con el mismo tono con el que se pregunta si quieres bolsa. Hace frío. Once o doce grados me pareció a mí, y es probable que fueran dieciocho y que el frío fuera mío.

La vía entra en el dorso de la mano [aguja del veinte, cinta hipoalergénica] y el suero está a temperatura ambiente, lo que quiere decir que entra frío y se nota subir por el antebrazo, un dedo de frío avanzando hacia el codo. Después alguien dice algo por encima de mi cabeza, hay un movimiento en la línea, y en un minuto o dos empieza lo otro.

No es sueño. No es euforia. Lo que ocurre es que la cosa que va a pasar dentro de veinte minutos deja de tener peso, sin dejar de estar ahí. Yo sabía perfectamente dónde estaba y qué venía después; podía decir la hora, el número de la puerta y el nombre del anestesista. Pregunté algo, me contestaron, y no me interesó la respuesta.

De los veinte minutos siguientes me acuerdo de tres cosas: una luz de techo con una junta de goma gris, el sonido de un envase rasgándose, y la certeza tranquila de que si aquello salía mal tampoco iba a ser para tanto.

Eso último es lo que creo que compré, y aquí tengo que frenar en seco, porque al comprobarlo no se sostiene.

Lo que hace una benzodiacepina no es quitarle importancia a lo que pasa. Se mete en la cerradura del freno general del cerebro y lo aprieta, y entre las cosas que ese freno apaga está el sitio donde se graba lo que está ocurriendo. No retira la importancia: retira el registro.

De modo que probablemente yo estuve allí, me importó lo normal, y después no quedó nada escrito. La certeza tranquila que digo recordar puede no haber existido nunca; lo que tengo no es el recuerdo de estar tranquilo, es el recuerdo de recordar que lo estuve, y no hay manera de comprobarlo desde dentro.

Salí a las once y media con la boca seca y con una sensación rara que duró toda la tarde, la de haber estado presente en algo que no me pasó a mí. Comí a las dos, con hambre. Por la noche me acordé del número de la puerta y no de la puerta.

V

Por dentro, el asunto es más simple de lo que parece y bastante más raro.

La molécula es plana, tres anillos pegados, con una cola flexible colgando de un lado. Es grasa, de modo que no se queda en la sangre. Se reparte por todo el cuerpo, entra en el cerebro sin pedir permiso y se mete en las membranas como quien se sienta en un sofá ajeno.

Donde hace lo suyo es en la puerta. En el cerebro hay una señal que no informa de qué está pasando; informa de cuánto importa. Es la que sube el volumen de lo relevante, la que hace que un ruido en el pasillo a las cuatro de la mañana sea urgente y no un ruido. Esa señal llega a unas cerraduras concretas. La clorpromazina se sienta encima y las ocupa.

No apaga el pensamiento. No borra la percepción. Apaga la importancia.

Por eso funcionaba en el quirófano y por eso funcionó en la sala. El paciente agitado sigue oyendo lo que oye [nada de eso desaparece], y lo que se cae es la urgencia de responder. Y por eso baja también la tensión arterial, que es lo que Laborit quería contra el shock, y por eso baja la temperatura, que es lo que le hacía rodear a la gente de hielo.

El cuerpo, mientras tanto, hace lo suyo. Si esas cerraduras llevan semanas ocupadas, la célula fabrica más. Más cerraduras significa un sistema más sensible esperando debajo del fármaco, y ahí empieza el problema que tardaron años en ver —gente que después de mucho tiempo desarrolla movimientos que no puede parar, en la boca y en las manos, y que a veces no se van al retirar el tratamiento—.

VI

Lo que se inventó en 1952 no fue un calmante. Los calmantes existían y eran barbitúricos, que lo que hacen es tumbarte [con su margen estrecho y sus muertos]. Tampoco fue un somnífero, ni un anestésico, ni nada que suprima la conciencia.

Fue la posibilidad de administrar indiferencia: separar un hecho de su importancia y dejar el hecho intacto.

Eso es una tecnología nueva, y no se parece a nada que hubiera antes. Un sedante te quita del mundo. Esto te deja dentro del mundo, funcionando, contestando preguntas, con la percepción entera, y te retira la parte que convierte lo que ves en algo que hay que hacer.

Eso es lo que recibió Jacques Lh., y no es lo que recibí yo.

A él le administraron indiferencia durante veinte días. A mí me vendieron veinte minutos de algo que se le parece por fuera y funciona por otro sitio: no un mal rato que no importó, sino un mal rato que no se recuerda.

El detalle que lo vuelve serio es que desde dentro no se distinguen. Al día siguiente los dos dejan el mismo hueco y la misma tarde rara. Son dos tecnologías distintas vendidas como el mismo servicio de veinte minutos, y el cliente no tiene ninguna manera de saber cuál le dieron.

VII

Después de 1952 vino el internamiento medicado a gran escala, y con cincuenta años de ventaja se escribe una denuncia estupenda.

El problema es que es históricamente floja. Esta molécula llenó salas y también las vació: buena parte del cierre de los manicomios ocurrió porque, con ella, mucha gente pudo vivir fuera. Las dos cosas son ciertas a la vez y una denuncia obliga a quedarse con una.

Hay algo peor para mi posición. Yo compré veinte minutos de eso, con conocimiento de causa, y los volvería a comprar. No me lo administraron. Lo pedí, firmé un papel y venía con su precio.

VIII

Del expediente de Jacques Lh. sabemos la hora, la dosis, la vía y los días. No sabemos qué pensó. El archivo no lo perdió: lo que se anotaba era otra cosa [si estaba agitado, si comía, si dormía].

Lo único que se puede afirmar de los dos cuerpos de este texto es lo mismo, y es poco. A los dos les administraron indiferencia. A él veinte días, por decisión de otros, para que dejara de ser un problema en una sala. A mí veinte minutos, a petición propia, para no pasar un mal rato en una camilla, y ni siquiera eso con seguridad.

Diciembre de 1950, síntesis del compuesto 4560.

19 de enero de 1952, diez de la mañana, cincuenta miligramos por vía intravenosa.

Veinte días de tratamiento, con barbitúricos de por medio.

Treinta y ocho pacientes, unos meses después, con el fármaco solo.

Una caja de treinta comprimidos de veinticinco miligramos, hoy, en una farmacia española: menos de tres euros.

Mi premedicación, en la factura, como línea aparte.

James Void Voyage · 20.09.2026