Pieza independiente

Un ratón por enfermo

Anticuerpo a medida · Phillip Karr, 1981

I

En 1981, en Stanford, un hombre con linfoma de células B al que la quimioterapia ya no le hacía nada recibió por vena un anticuerpo fabricado contra su tumor y contra ningún otro del mundo.

Se llamaba Phillip Karr. Lo trató Richard Miller, en el laboratorio de Ronald Levy.

Para fabricarlo había que partir de él. Un linfoma de células B es la descendencia de una sola célula que se puso a copiarse sin parar, de modo que todas las células del tumor son hijas de aquélla y todas fabrican el mismo anticuerpo, con la misma punta. Esa punta tiene nombre técnico, «idiotipo», y es distinta en cada persona y en cada tumor. Era la única marca del planeta que llevaban las células enfermas de Karr y no llevaba ninguna célula sana de nadie.

Le sacaron tumor [una biopsia de ganglio]. Purificaron el anticuerpo que fabricaba, se lo inyectaron a ratones y esperaron a que el ratón montara defensas contra esa punta concreta. Después fusionaron células de bazo del ratón con células de mieloma, para que la fábrica no se muriera al cabo de unos días, y fueron cribando hasta dar con la línea que reconocía la punta de Karr y ninguna otra.

Meses de trabajo para un paciente.

Miller empezó con una dosis muy baja y fue subiendo despacio. Los ganglios se le redujeron; las plaquetas y el recuento de sangre mejoraron; el tumor desapareció.

Karr estuvo más de treinta años en remisión. El caso se publicó el 4 de marzo de 1982 en una revista médica de Boston [volumen 306, páginas 517 a 522].

II

Aquello no era un producto y por eso nadie sabía dónde ponerlo.

No había lote, no había indicación y no había precio, porque no había nada que vender. Lo fabricado servía contra un tumor, y ese tumor estaba dentro de un señor concreto [uno, con dirección postal]. El paciente siguiente necesitaba otro ratón, otra fusión, otro cribado y otros meses. David Maloney, que estaba en aquel laboratorio, lo resumió años más tarde en términos de taller. Un anticuerpo solo servía para un enfermo; hacía falta uno nuevo por cada enfermo nuevo.

Se hicieron unos cuantos trajes más. Ninguna industria puede funcionar así.

De modo que Levy y Miller abandonaron la punta y se fueron a la chapa. En la superficie de todas las células B, enfermas y sanas, asoma una proteína que se llama CD20; no distingue a nadie, la lleva puesta todo el mundo, y por eso mismo se puede fabricar en serie una cosa que se agarre a ella.

Salió un anticuerpo de ratón con la mitad de abajo cambiada por la humana, con nombre de código y número. El primer cuerpo que lo recibió entró en un ensayo de fase uno en marzo de 1993. Fueron quince pacientes y dosis únicas de diez, cincuenta, cien, doscientos cincuenta y quinientos miligramos por metro cuadrado de superficie corporal [tres personas por escalón].

Ese cuerpo no tiene nombre público. Es una fila en una tabla de escalada de dosis.

El fármaco se aprobó el 26 de noviembre de 1997 y fue el primer anticuerpo monoclonal autorizado contra un cáncer.

III

Yo he pagado sesenta y dos euros por que me cuenten las mías.

Es un análisis de poblaciones linfocitarias que se pide sin receta en cualquier laboratorio privado. Dos tubos, un algodón, una sala de espera con una televisión sin sonido —los subtítulos automáticos iban un segundo por detrás de las bocas— y un aparcamiento que costó uno con veinte.

El informe llegó por correo cuatro días después, con una tabla de valores y una columna de rangos de referencia al lado. La línea que me interesaba dice linfocitos B, noventa y dos células por microlitro de sangre, dentro de lo normal.

Esas células llevan puesta la chapa. Son las mías, están sanas y son lo que el fármaco borra, porque el fármaco no sabe leer la diferencia entre una célula B enferma y una célula B mía.

Lo que compré por sesenta y dos euros no fue nada parecido a un tratamiento. Fue la lectura de la diana.

IV

Un anticuerpo es una cosa enorme.

Pesa unos ciento cincuenta mil daltons y tiene forma de Y; comparado con una aspirina [ciento ochenta daltons] es un camión al lado de una canica. No entra en las células, no cruza al cerebro y no se puede tomar en pastilla, porque el estómago lo digeriría como digiere un filete. Va por la sangre y por la linfa, que es donde están las células B.

Las dos puntas de la Y agarran la chapa. Lo que decide el destino de la célula es la otra parte, el pie de la Y, que queda asomando hacia fuera como un asa.

A partir de ahí pasan tres cosas, y las tres las hace el cuerpo y no el fármaco. Una cadena de proteínas que circula por la sangre reconoce el asa, se ensambla encima de la célula y le perfora la membrana. Un macrófago que pasa por allí agarra el asa con la mano que tiene para eso y se traga la célula entera. Y la propia célula, con cientos de chapas agarradas a la vez, recibe por dentro la orden de apagarse.

El pie de la Y es la razón de que el anticuerpo tenga la mitad humana. El asa del ratón no encaja en las manos de un macrófago humano, así que le dejaron al ratón las puntas que saben agarrar y le pusieron debajo un asa nuestra. Ése es el invento entero.

El cuerpo responde a esto de la única manera que puede, que es rehaciendo el inventario. Las células B desaparecen de la sangre en cuestión de días y tardan de seis a doce meses en volver.

Hay una excepción y es la parte buena. Las células que llevan años fabricando tus anticuerpos de siempre —las del tétanos de la infancia, las del sarampión— se quitaron la chapa al madurar y no la llevan puesta. Sobreviven. Conservas las defensas viejas y pierdes durante un año la capacidad de fabricar defensas nuevas.

V

Entre 1981 y 1997 no cambió la ciencia. Cambió a quién iba dirigida la cosa.

El anticuerpo de Karr sabía quién era Karr. Estaba fabricado contra una marca que solo existía dentro de él, y por eso no tocaba una sola célula sana. La precisión absoluta y la imposibilidad de venderlo eran el mismo hecho.

El que llegó después no necesita saber nada de ti. Se agarra a una chapa genérica, y para que la chapa sea genérica tiene que llevarla también todo lo sano; de manera que borrar el compartimento entero deja de ser un efecto secundario del tratamiento y pasa a ser su condición de fabricación.

La «bala mágica» que la industria alemana del color buscó durante treinta años terminó siendo esto. Un fármaco de masas exige una diana de masas, y una diana de masas la llevas puesta tú también.

VI

Contra mí: el traje a medida era peor.

Tardaba meses, y el que se está muriendo de un linfoma refractario no tiene meses [tiene semanas, con suerte]. Se le hizo a un puñado de personas en un solo hospital de California [cuarenta y tantas en quince años]. De los que lo recibieron después, muy pocos respondieron como él, y nadie ha explicado del todo por qué a Karr le fue así.

Lo genérico ha tratado a millones de personas, está en la lista de medicamentos esenciales de la Organización Mundial de la Salud y hoy se pone también para artritis, esclerosis múltiple y enfermedades del riñón. En ésas el objetivo es justamente borrar células B sanas. La nostalgia del sastre es una postura cómoda que solo puede permitirse alguien que no está en la lista de espera.

VII

Vuelvo al ratón.

Había un ratón vivo al que le inyectaron el tumor de un hombre para que fabricara contra él lo que el hombre no podía fabricar, y ese ratón no servía para el enfermo siguiente. Para el siguiente hacía falta otro animal y otro tumor. La medicina que salió de ahí consistió en dejar de mirar lo que cada tumor tiene de irrepetible y quedarse con lo que todos tienen en común, que es también lo que tenemos en común los sanos.

Ciento cuarenta y cuatro años después de la primera vacuna, y cuarenta y cuatro antes del líquido que se fabricó en Filadelfia para un bebé de seis meses, hubo un medicamento cuya población entera era un señor de California.

Número de pacientes para los que servía aquel anticuerpo: uno.

Precio: ninguno, porque nunca se puso a la venta.

Tiempo de fabricación: meses, empezando por un ratón.

Un vial de quinientos miligramos del que se fabrica hoy en serie: tres mil quinientos ochenta y cuatro dólares de precio de catálogo en su versión biosimilar, y un tratamiento corriente lleva varios.

Tiempo que tardan en volver las células B que borra: de seis a doce meses.

Lo que me costó a mí contar las mías: sesenta y dos euros, con el aparcamiento aparte.

James Void Voyage · 21.09.2026