Pieza independiente

Una semana de abril

Cortisona · la señora G., 21 de septiembre de 1948

I

El 21 de septiembre de 1948, en la clínica Mayo, una mujer de veintinueve años con artritis reumatoide recibió cien miligramos de un compuesto que en el laboratorio llamaban, por orden alfabético de aislamiento, sustancia E.

En los artículos figura como «la señora G.» Llevaba cinco años con la enfermedad, tenía las articulaciones deformadas y llegó al hospital sin poder moverse por sí misma —había entrado en una silla—.

Al cuarto día se levantó y caminó [sola, por el pasillo, delante de los médicos].

A la semana salió del hospital y se fue de compras por la ciudad. Ese detalle, que parece de folletín, está en las notas de los médicos y en una película que se rodó allí para documentar el efecto [catorce pacientes, en blanco y negro, moviéndose para la cámara].

Dijo que nunca en su vida se había sentido mejor.

Lo que vino después, y que ella no sabía, es que el efecto no se sostenía. Al retirar el compuesto los síntomas volvían en días, y al mantenerlo aparecían otros problemas. La mejoría espectacular de la primera semana resultó ser el principio de una negociación larga [y en 1948 nadie sabía que iba a ser larga].

II

Hay que decir de dónde salía aquel compuesto, porque explica por qué tardó tanto.

La sustancia E era una hormona de la corteza de la glándula suprarrenal, y en 1948 la única manera de obtenerla era extraerla de vísceras de ganado en cantidades absurdas: hacían falta toneladas de glándulas para conseguir unos pocos gramos [decenas de miles de reses por kilo]. Durante la guerra hubo un programa para fabricarla en serie, alimentado por un rumor —los pilotos alemanes volaban a gran altitud gracias a extractos suprarrenales— que nunca se comprobó.

El rumor era falso. El programa existió igualmente y dejó montada la química.

Cuando Philip Hench pidió el compuesto para probarlo en su paciente, le mandaron un frasco con lo que había: no existía más en el mundo.

III

A mí me infiltraron cortisona en el hombro derecho hace dos años.

Era una tendinitis del manguito, de las que empiezan por no poder dormir del lado malo y acaban por no poder colgar una camisa en una percha. Seis semanas de antiinflamatorios y de ejercicios no habían hecho nada.

La infiltración dura dos minutos; la consulta entera, doce. Lo desagradable no es la aguja, que es fina; es la sensación de presión cuando el líquido entra en un sitio que no tiene espacio para nada. Duele durante el propio pinchazo y luego duele más durante veinticuatro horas, que es lo que nadie te cuenta.

Al tercer día no me dolía nada. Nada de nada.

Levanté el brazo por encima de la cabeza por primera vez en dos meses, en el pasillo de casa, y me quedé ahí parado un momento con la mano en alto, como un idiota, comprobándolo.

Ochenta euros en una consulta privada, con ecógrafo [con la aguja en la pantalla, entrando]. El traumatólogo me dijo, sin que yo preguntara, que tres al año como máximo y que cada una deteriora un poco el tendón.

Eso último es el resumen entero de esta molécula.

Hay una frase de aquel día que se me quedó, porque describe todo el asunto sin pretenderlo. Le pregunté por qué tres y no cuatro, y me contestó que porque a la cuarta empieza a costar más de lo que arregla. Ése es el fármaco: una cuenta con su punto de equilibrio, distinta para cada articulación y para cada persona.

IV

Por dentro, la cortisona no hace una cosa: apaga un departamento.

Casi todas las células del cuerpo tienen, flotando en su interior, un receptor esperando a esta clase de hormona. Es un aparato grande que está inactivo hasta que la molécula se le encaja; entonces cambia de forma, entra en el núcleo y se pega directamente al material genético.

Ahí está la diferencia con el resto de la serie. Los demás fármacos ocupan cerraduras, bloquean canales, sueldan enzimas. Éste entra en la sala de mandos y cambia qué genes se leen y cuáles no.

El resultado es que decenas de procesos se reajustan a la vez. Se dejan de fabricar las señales que convocan a las células de la inflamación, las que ya están se marchan, y los vasos dejan de dejar pasar líquido; la hinchazón baja. El dolor se va detrás.

No cura nada. La enfermedad sigue donde estaba [intacta, avanzando]; lo que desaparece es la respuesta del cuerpo a la enfermedad, que era lo que dolía.

Como el mando que se ha tocado gobierna muchas cosas, el precio aparece por todas partes: sube el azúcar en sangre, se pierde calcio del hueso, la piel se afina, el ánimo se altera, las infecciones dormidas se despiertan. La propia glándula, al ver que ya hay hormona de sobra, deja de fabricar la suya.

Ese último punto es el más traicionero. Tras semanas de tratamiento, quitarlo de golpe deja al cuerpo sin la hormona propia y sin la de fuera, y eso puede matar. Hay que bajarlo despacio, como quien despierta a alguien.

V

En 1949 Hench presentó los resultados y la película en un congreso, y el efecto fue el de una bomba.

En pocos meses la prensa hablaba de un milagro. En 1950 le dieron el Nobel a él y a los dos químicos, a menos de dos años de la primera inyección. Es de los premios más rápidos de la historia de la medicina.

La clínica enseñó aquella película durante años como un triunfo, que lo era. Lo que no se proyectaba con la misma frecuencia eran las historias clínicas de después.

Después vino la resaca, que duró décadas. Se recetó para todo, en dosis altas y durante meses, y aparecieron las caras hinchadas, las fracturas de cadera, las diabetes provocadas y las infecciones oportunistas. La palabra cortisona pasó a significar dos cosas contrarias a la vez [milagro y daño], y todavía las significa.

Lo que este caso enseña, entonces, no es el milagro. Es la forma de la curva: un alivio inmediato y espectacular, un coste que aparece tarde y en otro sitio, y un intervalo de varios años entre los dos en el que nadie relaciona una cosa con la otra.

VI

Contra mí. Yo he escrito cuatro párrafos sobre los riesgos del tratamiento y me infiltré el hombro sin dudarlo, y si me vuelve a doler lo repito.

Hay una cosa más honesta todavía. La señora G. recibió el compuesto en su forma más cruda y en la dosis más alta, y a los pocos años, cuando se supieron los efectos del uso prolongado, mucha de aquella gente pagó por haber sido la primera. Yo me beneficio de setenta años de aprender en cuerpos ajenos cuál es la cantidad, cada cuánto y hasta cuándo.

Mi infiltración de dos minutos es el resumen de ese aprendizaje.

VII

De la señora G. no se sabe casi nada más. Ni su nombre completo, ni qué fue de ella. En la película se la ve moverse por una habitación, con una bata clara, girando el cuerpo para enseñar a la cámara que puede.

Es de los primeros cuerpos de esta serie que se conserva en imagen y de los que menos constan por escrito; se la ve, y no se la nombra.

Esa película se proyectó en congresos durante años y convenció a más médicos que cualquier tabla. Una mujer levantando los brazos delante de una cámara hizo por la cortisona lo que no habrían hecho veinte artículos, y de paso fijó la manera de presentar un fármaco nuevo que sigue usándose hoy, que consiste en enseñar a alguien haciendo algo que antes no podía.

21 de septiembre de 1948, cien miligramos de sustancia E.

Cuatro días hasta levantarse; siete hasta salir de compras.

Toneladas de glándulas de ganado para unos pocos gramos.

1950, el Nobel, a menos de dos años de la primera inyección.

Infiltración de hombro, hoy, en consulta privada: ochenta euros.

Tres al año como máximo.

James Void Voyage · 20.09.2026