Pieza independiente

Eduard Pernkopf · Viena, 1937–1960

Y los cirujanos lo siguen abriendo

I

Un atlas de anatomía es un libro de láminas, y la mayoría de las láminas de la historia son esquemas — el nervio en amarillo, la arteria en rojo, la vena en azul, cada estructura separada de las demás para que se entienda.

El cuerpo no es así. Dentro de un brazo abierto hay grasa, hay fascia, hay planos que se confunden, y el color de un nervio es casi el de lo que tiene al lado.

Las láminas de Viena no son esquemas. Están pintadas del natural, sobre disecciones frescas, con los tejidos en el color y la textura que tienen, y muestran las relaciones espaciales tal como aparecen cuando alguien abre. Un cirujano que las mira reconoce lo que va a encontrarse.

Por eso se siguen consultando setenta años después. No hay otras iguales, y se ha intentado.

II

El libro se publicó en cuatro volúmenes entre 1937 y 1960; lo dirigió Eduard Pernkopf, anatomista de la Universidad de Viena.

Pernkopf se afilió al partido nazi en 1933, cuando todavía era ilegal en Austria. Después de la anexión de 1938 fue nombrado decano de la facultad de medicina, y una de sus primeras actuaciones fue expulsar al profesorado judío: de los ciento noventa y siete docentes salieron ciento cincuenta y tres.

Tomó posesión del decanato con el uniforme puesto.

Los nombres de los expulsados están publicados y entre ellos hay varios de los mejores anatomistas de Europa. Alguno de ellos había enseñado a los pintores que después hicieron las láminas.

Los cuatro pintores que hicieron las láminas trabajaron años en ellas, y dos firmaron sus obras con símbolos del régimen incorporados a la firma. En las ediciones posteriores alguien los borró del dibujo.

III

La pregunta de dónde salían los cuerpos tardó en hacerse en voz alta.

El instituto de anatomía de Viena recibía, como todos los institutos, cadáveres sin reclamar. Pero entre 1938 y 1945 recibió además los cuerpos de personas ejecutadas por el tribunal regional de la ciudad, que en esos años condenaba a muerte por desertar, por resistencia y por escuchar radios extranjeras.

Un cuerpo ejecutado llegaba a la mesa de disección pocas horas después [el tribunal y el instituto estaban a poco más de un kilómetro], y es exactamente lo que un pintor necesita para trabajar del natural: tejido fresco, color real, sin la rigidez ni el pardo de la conservación.

Esa es la relación entre las dos cosas — hay que decirla sin rodeo. La calidad de las láminas depende de cómo se obtuvieron los cuerpos.

En 1997, dos médicos estadounidenses plantearon el asunto públicamente. La Universidad de Viena abrió una investigación interna y publicó sus conclusiones en 1998 — durante aquellos años el instituto recibió en torno a mil cuatrocientos cuerpos de ejecutados, y no se puede descartar que alguno aparezca en las láminas del atlas.

No se sabe cuáles. Los registros que lo permitirían no se conservan completos, y esa incertidumbre es parte del problema: no se puede separar la página limpia de la página que no lo está.

IV

Lo que siguió es la parte que hace de esta pieza algo distinto de una denuncia.

El libro no se retiró de las bibliotecas, y sigue en el catálogo de cualquier facultad grande. Los cirujanos no dejaron de consultarlo, porque sigue siendo lo mejor que hay para ciertas regiones del cuerpo —el suelo de la boca, la base del cráneo, el plexo braquial— donde una mala orientación en el quirófano cuesta una función para siempre; la vista, la voz, un brazo.

La pregunta, entonces, es si se puede usar.

No es retórica. Se la hicieron en serio varias facultades y la contestaron por escrito.

Hubo quien dijo que no — que usarlo normaliza el origen. Y hubo quien consultó a autoridades rabínicas, porque muchas de las víctimas de aquel tribunal eran judías, y la respuesta que se dio y que se ha seguido es incómoda y seria: el atlas puede usarse si cada vez se declara de dónde viene.

El razonamiento es doble; destruirlo o dejar de usarlo no devuelve nada a nadie y convierte aquellas muertes en un desperdicio completo; usarlo en silencio las borra. Declarar el origen cada vez es lo único que mantiene a los muertos dentro del acto.

Hay revistas que exigen esa declaración cuando un artículo reproduce una lámina. El editor dejó de imprimirlo; los ejemplares circulan de segunda mano a precios altos.

Hay una consecuencia material de eso que merece anotarse. Al no reeditarse, el atlas se ha vuelto un objeto escaso y caro, de modo que la decisión de no imprimirlo no lo retiró del uso: lo convirtió en algo que solo tienen los servicios que pueden pagarlo.

Retirar un libro de circulación no borra lo que contiene. Redistribuye quién lo tiene.

V

La objeción contra mí mismo es que esto se puede contar como un dilema elegante y no lo es.

Un cirujano que opera un tumor de la base del cráneo a las siete de la mañana no está resolviendo un problema de filosofía moral. Está buscando por dónde pasa un nervio, y abre el libro que mejor se lo enseña porque la alternativa tiene consecuencias en una persona concreta que está dormida en la mesa.

La solución de declarar el origen no es una salida airosa. Es una manera de que la incomodidad no se pierda, y eso es menos de lo que el caso pide, pero es lo único que estaba disponible.

VI

Pernkopf dirigió la universidad entera entre 1943 y el final de la guerra — rector, no solo decano. Después pasó tres años detenido, sin cargos, y lo soltaron en 1948.

Volvió al instituto de anatomía y se dedicó a terminar el atlas. Murió en 1955 corrigiendo pruebas del tercer volumen, y el cuarto se publicó después, con su nombre en la portada.

En Viena, en 2021, se enterraron en una ceremonia los restos que la facultad había identificado como procedentes de aquellos años y que seguían en la colección. Les llevó más de dos décadas desde el informe, y no por falta de voluntad: identificar qué resto venía de dónde exigió revisar libros de registro escritos a mano por gente que no quería dejar rastro.

El libro sigue en los estantes de las bibliotecas de medicina, y hay quien lo abre esta semana.

Lo abre, probablemente, sin pensar en nada de esto. Busca una lámina concreta, mira por dónde pasa una estructura, cierra y se lava las manos.

Esa es la forma final que toma el asunto, y no se parece a un dilema. Un conocimiento obtenido así no llega al quirófano como una pregunta moral: llega como una página buena entre muchas páginas regulares, en un libro que alguien dejó en el estante hace cuarenta años.

La declaración de origen existe para que esa página vuelva a ser una pregunta cada vez que se abre; es poco, y es lo único que había.

James Void Voyage · 12.10.2026