Pieza independiente
El consejo de OpenAI · 17 de noviembre de 2023
Cinco días
I
El viernes 17 de noviembre de 2023, por la tarde, el consejo de administración de la empresa que había puesto la conversación con máquinas al alcance de todo el mundo destituyó a su director general en una videollamada de menos de media hora.
El comunicado decía que no había sido consistentemente sincero en sus comunicaciones con el consejo; ésa fue la fórmula exacta. No decía en qué. Nunca lo dijo: ni entonces, ni después, ni cuando se lo preguntaron en público.
Ese consejo tenía una particularidad que casi nadie había mirado hasta entonces. La empresa no era una empresa normal. Era una fundación sin ánimo de lucro que controlaba una sociedad con beneficios limitados [un tope a lo que un inversor puede llegar a ganar, escrito en los papeles], y el consejo de la fundación no respondía ante accionistas. No tenía que dar explicaciones a nadie. Estaba diseñado así, a propósito, para que pudiera parar la máquina si hacía falta.
El lunes la máquina no estaba parada: seguía respondiendo, seguía facturando, seguía creciendo. El martes, el director general estaba de vuelta y el consejo que lo había destituido ya no existía.
II
Lo que pasó en medio fue una carta —una sola, de un párrafo— y esto: que nadie con autoridad formal pudo hacer nada contra ella.
Unos setecientos empleados de una plantilla de setecientos setenta firmaron un documento en el que decían que se irían todos a la empresa que financiaba a la suya si el consejo no dimitía. No era una amenaza vaga: había una oferta en firme sobre la mesa para contratarlos a todos, con el mismo sueldo y sin periodo de prueba.
Entre los firmantes estaba uno de los miembros del consejo que había votado la destitución dos días antes. Dijo públicamente que se arrepentía de haber participado.
Ahí terminó el asunto. Un consejo con la autoridad legal completa para tomar esa decisión, y que la tomó, descubrió en un fin de semana lo que ya sabían los que se fueron a firmar: que la autoridad legal no era lo que movía nada.
III
Yo pasé ese fin de semana mirando una línea de tiempo en el móvil.
No tenía ninguna razón para hacerlo. No trabajo en el sector, no tengo acciones de nada, y lo que se decidiera allí no iba a cambiar mi lunes. Refresqué esa pantalla durante tres días como se refresca un resultado deportivo —sin apostar nada, sin conocer a nadie—; y me acuerdo de dónde estaba en dos de los momentos [una cocina el viernes por la noche, un tren el domingo por la tarde].
Lo que me interesaba no era quién ganaba. Era una sensación difícil de nombrar: mirar hacia arriba en una sala grande y descubrir que la lámpara está colgada de un solo cable.
El domingo por la noche, cuando ya parecía resuelto, hice una cosa que no había hecho nunca: abrí la aplicación y le pedí que me explicara lo que estaba pasando con la empresa que la fabricaba. Contestó con una fluidez perfecta y con datos de un año antes [no sabía nada de aquel fin de semana, y no tenía manera de saberlo].
Ahí está la escena entera. Setecientas personas decidiendo el futuro de una cosa que, mientras tanto, contestaba preguntas sobre sí misma sin enterarse de nada [con el mismo aplomo de siempre, y con un año de retraso].
El lunes por la mañana abrí la herramienta y funcionaba igual que el jueves. Todo el episodio no había producido un solo minuto de interrupción para ninguno de los que la usábamos.
Sigo pagando veintitrés euros al mes por algo cuya dirección se decidió en un fin de semana, en una discusión de la que no se publicó ni el acta.
IV
Por dentro, una estructura de gobierno es un documento y no hay nada más.
Son unos estatutos que dicen quién puede nombrar y destituir a quién, con qué mayorías y en qué plazos. En este caso decían que el consejo de una fundación, sin accionistas y sin dueños, podía echar al director de la sociedad que la fundación controlaba. Estaba escrito así desde la fundación y era una decisión deliberada, un freno de emergencia para el día en que hubiera que elegir entre el dinero y otra cosa.
El freno funcionó. Lo que falló fue lo que había al otro lado del cable.
Porque una empresa de este tipo no es su propiedad legal. Es tres cosas. La gente que sabe entrenar los modelos, los contratos de cómputo que le permiten hacerlo y los clientes que pagan por usarlos. Ninguna de esas tres cosas está sujeta por los estatutos. Los ingenieros se pueden ir en grupo; el proveedor de cómputo puede ofrecerles sitio; los clientes se van detrás del producto y no detrás de la razón social.
Un consejo puede destituir a una persona. No puede destituir a setecientas que se marchan con ella, cosa que no contempla ningún estatuto, ni retener un contrato de servidores, ni impedir que lo mismo se reconstruya a la semana siguiente en otro edificio con otro membrete.
La autoridad estaba en el papel. El activo estaba en las nóminas y en los cables [en ese orden, y no al revés].
V
De ahí sale lo que este episodio enseña, y no va de quién tenía razón.
Durante ocho años, esa estructura se citó en todas partes como la garantía de que aquella empresa era distinta. Estaba en los perfiles de prensa, en las comparecencias ante comisiones y en los argumentos de quienes defendían que no hacía falta regular todavía [había un mecanismo interno, decían, y estaba escrito].
En cinco días se comprobó que el mecanismo existía y que no estaba conectado a nada. No fue derrotado. Se usó, y no pasó nada.
Eso no es un fallo de diseño jurídico que se pueda arreglar con estatutos mejores. Es que ningún papel sujeta a gente que se puede levantar y marcharse, y en este sector concreto el valor está casi entero en gente que puede hacer eso.
El resultado se publicó en forma de acuerdo [un comunicado corto, con agradecimientos]. Lo que quedó demostrado es que quien controla el cómputo y la nómina controla la empresa, y que la propiedad formal, en estos sitios, es una convención que dura mientras nadie la ponga a prueba.
VI
Contra mí, porque contar esto como una lección tiene trampa.
Los setecientos que firmaron no eran un bloque manipulado. Había gente convencida, gente con acciones que valían mucho y gente que quería seguir trabajando con quien llevaba trabajando cinco años. Esas tres cosas caben perfectamente en la misma persona. Reducir eso a que el dinero mandó es cómodo y es falso.
Y hay una segunda cosa. Un consejo que destituye a alguien y no explica por qué, en una organización cuya legitimidad entera se apoya en ser transparente, hizo lo peor que se podía hacer con el poder que tenía. La ausencia de explicación no protegió a nadie; dejó el sitio libre para que lo llenara cualquier versión.
Quien tenía el freno lo usó mal, y eso también forma parte de que no volviera a usarse.
VII
Vuelvo al viernes por la tarde.
La videollamada duró menos de media hora e incluyó a las personas que iban a ser despedidas, que se enteraron allí y en directo. Nadie grabó nada; nadie publicó un acta; las dos partes contaron después versiones que no se parecen.
De todo el episodio, lo único documentado con precisión es la carta con las firmas. Nombre por nombre, en un documento público, como la de abril de 2018.
Es la misma herramienta y el resultado contrario. En 2018 unos empleados firmaron para que su empresa dejara de hacer algo. En 2023 firmaron para que su empresa siguiera haciendo lo que hacía, y ganaron más deprisa.
Menos de media hora de reunión.
Cinco días entre la destitución y la vuelta.
Unos setecientos firmantes de setecientos setenta.
Cero minutos de interrupción del servicio.
Mi suscripción, aquel mes y este: veintitrés euros.