Pieza independiente

Prochlorococcus marinus · mar de los Sargazos, 1986

Lo que pasa por el filtro

I

En 1986, en el mar de los Sargazos, un aparato que contaba células una por una empezó a marcar puntos que nadie sabía interpretar.

El aparato era un citómetro de flujo [una máquina diseñada para contar y clasificar células de sangre], adaptada unos años antes al trabajo en el mar. Hace pasar el agua por un tubo muy fino, de modo que las células van en fila india; las cruza con un láser, cada una devuelve un destello y el destello se mide.

Lo que salía en aquellas muestras era una nube de puntos con fluorescencia roja muy débil, más numerosa que todo lo demás junto y por debajo del tamaño de cualquier cosa catalogada.

La fluorescencia roja es la firma de la clorofila. Una célula que emite en rojo está haciendo la fotosíntesis.

El equipo era de Sallie Chisholm, del Instituto Tecnológico de Massachusetts, y de Robert Olson, de Woods Hole; publicaron el hallazgo en 1988 [seis firmantes, tres páginas]. La célula recibió nombre propio en 1992, seis años después de aparecer en la pantalla.

Mide entre media micra y siete décimas. Es el organismo fotosintético más pequeño que se conoce y el más abundante del planeta.

II

No estaba escondida en ningún sitio difícil.

Está en el agua de superficie de casi todos los océanos templados y tropicales —hasta doscientas mil células por mililitro—. Un vaso de agua de mar del Caribe lleva dentro varios millones. No se ve ninguna. La cifra global que se maneja es del orden de diez elevado a veintisiete células, y entre una parte considerable del oxígeno atmosférico y una parte considerable del carbono que se fija en el mar salen de ahí.

Los barcos oceanográficos llevaban décadas sacando esa misma agua, filtrándola y midiéndola [las campañas del Atlántico norte empezaron en los años cincuenta].

El problema estaba en el procedimiento, y el procedimiento tenía dos partes. La primera es el filtro; el agua se hace pasar por una membrana con poros de un tamaño determinado, se cuenta lo que se queda encima y lo que atraviesa se va por el desagüe. La segunda es el microscopio de fluorescencia, donde la célula aparecía, cuando aparecía, como una mota de polvo o como ruido del aparato.

Un método decide de antemano qué tamaño tiene lo que merece contarse. Lo que pasa por el filtro no es que se cuente mal: es que no consta.

III

Hay un antecedente y está fechado.

En 1977, un oceanógrafo holandés apellidado Gieskes analizó agua del Atlántico subtropical con cromatografía en capa fina y encontró una clorofila que no era la normal: el pico estaba desplazado unos nanómetros más allá de donde debía estar [un pico desplazado se anota y se sigue trabajando]. Encontró también clorofila b [la de las plantas y las algas verdes], que no tenía por qué estar ahí.

Aquello quedó anotado como una anomalía del pigmento y no como un organismo; en el vocabulario del oficio, como «clorofila desplazada al rojo». En 1983 se publicó indirectamente la existencia de esa clorofila rara en aguas del Atlántico.

La molécula que producía el desplazamiento es una variante con un doble enlace de más, y esa variante es lo que había estado descolocando las cuentas. Los pigmentos de esta célula absorben sobre todo en el azul, que es el color que queda a cincuenta o cien metros de profundidad cuando el resto del espectro ya se ha apagado.

De modo que el método de referencia para medir cuánta fotosíntesis hay en el mar estaba midiendo una clorofila y había otra, en otra longitud de onda, en la célula más numerosa del agua.

IV

Lo que la encontró no fue una mejor pregunta. Fue un aparato prestado de otra disciplina.

El citómetro no busca organismos y no sabe qué es un plancton. Registra cada partícula que cruza el láser, la mide por el tamaño de la sombra y por lo que devuelve en fluorescencia, y las apunta todas —las que encajan en una categoría conocida y las que no—. La nube de puntos rojos apareció porque la máquina no tenía criterio previo sobre qué merece contarse.

Esa es la diferencia con el filtro y con el microscopio, que son instrumentos con una idea incorporada del tamaño de las cosas.

En 1988 se consiguió cultivarla y se pudo mirar de cerca. En 1992 se la describió formalmente y se le puso el nombre con el que aparece hoy en los manuales.

Hay un detalle que agrava la historia en vez de salvarla. Aquel mismo grupo ya se había llevado el mismo susto siete años antes: en 1979, John Waterbury, de Woods Hole, había encontrado en el mar otro organismo fotosintético diminuto que tampoco constaba, del que hoy se sabe que hay decenas de miles por mililitro. Waterbury firma también el artículo de 1988. La primera vez podía ser una sorpresa; la segunda, con el mismo laboratorio, en el mismo océano y con el mismo tipo de célula, es un patrón.

V

Aquí no hay ningún error humano llamativo. Es lo que hace incómoda esta historia.

Nadie defendió una teoría falsa, nadie ridiculizó a un colega y nadie tiñó mil estómagos con el colorante equivocado [en esta serie eso será la excepción y no la regla]. Lo que hubo fue un procedimiento razonable, hecho por gente competente, que llevaba incorporada una decisión previa sobre qué cuenta como un dato.

Los filtros no se eligieron por capricho; se eligieron porque con ese poro se retiene lo que se quería estudiar y pasa lo que se consideraba agua. Esa frase, dicha en voz alta, ya contiene el problema entero.

Y no es un fallo que se pueda corregir del todo, porque todo instrumento lleva dentro una hipótesis sobre el tamaño, la velocidad o el color de lo que va a encontrar. Lo que se descubrió en 1986 no fue solo un organismo. Fue la anchura de la rendija por la que se estaba mirando el océano.

VI

Lo que hace en el agua se cuenta en dos frases y ninguna necesita intención.

Tiene un juego de pigmentos que absorbe la luz azul, y con esa luz rompe agua y fija carbono, que es lo mismo que hace una hoja. Vive en capas distintas según la estirpe: unas llevan más pigmento y ocupan la parte honda y oscura [hasta ciento cincuenta metros], otras llevan menos y están arriba, donde la luz quema.

Las estirpes que tenían los pigmentos adecuados a cada profundidad dejaron descendencia a esa profundidad. Las demás, no.

Su genoma es de los más pequeños que se conocen en un organismo de vida libre; alrededor de mil setecientos genes. Ha perdido muchos de los que llevan sus parientes de costa, incluidos algunos de reparación y de defensa, y funciona con lo justo en un agua donde casi no hay nutrientes.

VII

De 1986 no se enteró.

No pasó nada. Llevaba en cada litro de agua de superficie el tiempo que llevara, fijando carbono con la luz azul, mientras los barcos pasaban por encima con los filtros puestos. El día que apareció en la pantalla del citómetro no cambió nada en el mar de los Sargazos. En el acta de la campaña, aquello fue «una población no identificada de fluorescencia roja».

Nueve años entre la clorofila desplazada de 1977 y la nube de puntos de 1986.

Dos más hasta la publicación, seis hasta el nombre.

Entre cincuenta mil y doscientas mil células por mililitro de agua de superficie, en casi todos los mares templados y tropicales.

Media micra de diámetro, que es lo que hay que medir para quedar por debajo de un procedimiento.

James Void Voyage · 12.10.2026