Pieza independiente

Alphonse Bertillon · París, 1879

Once medidas

I

El problema era administrativo y no tenía nada de filosófico.

En la prefectura de París, hacia 1875, las fichas de detenidos se archivaban por nombre. Un hombre detenido tres veces con tres nombres distintos generaba tres expedientes, y la ley francesa castigaba la reincidencia con mucha más dureza que el primer delito. De modo que dar un nombre falso era, en la práctica, gratis.

Había fotografías desde hacía veinte años, pero no servían de nada. Estaban hechas de cualquier manera, a cualquier distancia, con la cabeza girada, y buscar una cara entre decenas de miles de cartones significaba mirarlos uno a uno.

Alphonse Bertillon tenía veintidós años, era escribiente en esa oficina y se aburría copiando fichas. Su padre y su abuelo eran estadísticos, y en casa se hablaba de medir poblaciones.

II

Lo que propuso en 1879 partía de una observación sencilla; un hombre puede cambiarse el nombre, la ropa, el pelo y la barba, pero no la longitud de sus huesos.

El sistema eran once medidas. Estatura, envergadura de brazos extendidos, altura del tronco sentado, longitud y anchura de la cabeza, longitud de la oreja derecha, del pie izquierdo, del dedo corazón izquierdo, del meñique izquierdo, del antebrazo izquierdo y la anchura de los pómulos.

Cada una se tomaba con un instrumento propio, en un orden fijo, por un operador entrenado, y la ficha anotaba también quién había medido. Bertillon sabía que el error del sistema no estaba en el cuerpo sino en la mano que sostiene el compás, y por eso escribió un manual de procedimiento con la postura del sujeto, la presión de las puntas y el redondeo. El lado izquierdo se eligió a propósito — se usa menos y se deforma menos con el trabajo.

Encima de eso montó las otras dos piezas que de verdad lo hicieron funcionar.

La primera es la fotografía normalizada. Dos tomas, de frente y de perfil, a distancia fija, con la misma luz y la misma altura de cámara. Es el retrato policial tal como existe desde entonces, y lo inventó para que dos fotos de la misma persona pudieran compararse.

La segunda es el retrato hablado, una descripción codificada de rasgos [forma del lóbulo, perfil de la nariz, inclinación de la frente] con vocabulario cerrado, para que un agente pudiera transmitir por telégrafo la cara de alguien.

III

La parte brillante, sin embargo, no es ninguna de las tres; es el archivo.

Once números no sirven si hay que recorrer ochenta mil fichas comparándolos. Bertillon dividió el fichero por la primera medida en tres bloques —pequeño, mediano, grande—, cada bloque por la segunda medida en otros tres, y así sucesivamente. El resultado es que llegar a una ficha concreta exige abrir unos pocos cajones.

Es un árbol de búsqueda [con cartón, y a mano] treinta años antes de que existiera la informática.

Funcionó. La primera identificación de un reincidente que mentía sobre su nombre llegó en 1883, y en la década siguiente el sistema se adoptó en media Europa y en América. No fue una moda: resolvía el problema para el que se había diseñado, de forma reproducible y comprobable, y cualquiera podía repetir la medición y obtener lo mismo.

IV

Por eso esta pieza está en esta serie, y es la más incómoda de las veinticuatro.

En todas las demás, el instrumento mide algo que no existe: El índice cefálico no mide un temperamento porque no hay temperamento en el hueso; el perdigón de Morton mide un volumen real y lo compara con columnas inventadas. Son instrumentos buenos apuntando a nada.

El de Bertillon apunta a algo que sí está. La longitud de un cúbito existe, es estable en el adulto y distingue. Hizo lo que prometía.

Y aun así, lo que montó es el expediente del cuerpo; la idea de que el Estado conserve de cada persona un conjunto de cifras tomadas sobre su carne, archivadas para siempre, consultables sin su presencia y sin su permiso. Esa idea no estaba antes y después ya no se fue.

Un instrumento que funciona es más peligroso que uno roto, porque el roto se abandona.

Conviene además decir quién entraba en el fichero, porque eso no lo decidía el método. Lo decidía la ley, y la ley francesa de entonces perseguía la vagancia, la mendicidad y la reincidencia menor. El archivo se llenó sobre todo de pobres urbanos detenidos muchas veces por cosas pequeñas.

El instrumento era neutral en el sentido estricto de que medía igual a cualquiera. Sobre quién se aplicaba no decía nada, y esa parte la escribió otro.

V

El sistema cayó en unos pocos años, por dos motivos.

Uno es técnico. En 1903, en una prisión de Kansas, apareció un recluso cuyas once medidas coincidían casi exactamente con las de otro que ya estaba dentro, y se parecían además de cara. La historia se ha contado mil veces y se ha adornado, pero el problema que ilustra es real: once números no bastan cuando el archivo crece lo suficiente. Las huellas dactilares sí.

El otro es económico y pesa más. Tomar las once medidas exige un operador entrenado, instrumentos calibrados y veinte minutos; tomar una huella, no. Basta tinta, papel y nadie en particular. El método que ganó no era más verdadero — era más barato.

Hay una herencia suya que sigue en uso y que casi nadie atribuye. Las dos tomas de frente y perfil, a distancia fija y con la misma luz, son las de cualquier documento de identidad del mundo. El formato que inventó para comparar delincuentes es el que hoy acredita que alguien es quien dice ser.

El retrato policial y el retrato oficial son la misma fotografía. Lo único que cambia es qué se archiva al lado.

VI

Queda el último capítulo, que es el que cierra la pieza.

En 1894 se juzgó en Francia a un oficial del ejército acusado de pasar documentos a Alemania, a partir de una nota manuscrita. Bertillon compareció como perito calígrafo, pese a no serlo, y expuso una teoría elaborada: el acusado habría imitado su propia letra deformándola, mediante un sistema de superposiciones y mediciones que presentó con tablas y plantillas.

El tribunal no entendió la demostración y lo condenó. Bertillon volvió a sostenerla en la revisión de 1899, con el mismo aparato.

Era falso de principio a fin, y el hombre pasó cuatro años en una isla.

El que había construido el método más riguroso de la prefectura lo aplicó fuera de su alcance, con la misma seguridad y las mismas tablas. Nadie en aquella sala tenía manera de distinguir una cosa de la otra, porque las dos se presentaban igual.

Las once medidas eran buenas. Lo que no venía con ellas era una instrucción que dijera dónde dejaban de serlo.

El sistema se abandonó en Francia en 1970, cuando se retiraron los últimos ficheros. Las dos fotografías siguen.

James Void Voyage · 12.10.2026