Pieza independiente
La carta de Maven · abril de 2018
Tres mil cien firmas
I
En abril de 2018 empezó a circular por el correo interno de una empresa de Mountain View una carta dirigida al director general. Tenía una frase que se repitió después en todas partes: que aquella compañía no debería dedicarse al negocio de la guerra.
La firmaron alrededor de tres mil cien empleados. No era una filtración ni un panfleto anónimo. Iba con nombre, apellido y puesto, dentro del sistema de la casa, con el remitente identificado en cada línea.
El contrato del que hablaba se llamaba Maven y consistía en aplicar reconocimiento automático de objetos a las horas de vídeo que graban los drones militares. No armas; imágenes [un sistema que mira grabación y señala qué hay].
La empresa sostuvo durante semanas que aquello era tecnología de propósito general, que el contrato era pequeño [unos nueve millones de dólares, según las cifras que circularon] y que nada de lo que salía de ahí disparaba nada.
Las dos cosas eran ciertas a la vez; ahí está la parte incómoda.
II
Una decena de personas dimitió: en una plantilla de decenas de miles, eso es un redondeo.
Lo que no fue un redondeo es que en junio la empresa anunciara que no renovaría el contrato cuando venciera al año siguiente, y que publicara una lista de principios sobre lo que haría y lo que no haría con inteligencia artificial. Entre lo que no haría figuraban las armas y la vigilancia que violase normas internacionales.
Funcionó. Es de las pocas veces en que un grupo de empleados de una empresa de ese tamaño consiguió que se cancelara una línea de negocio, y hay que decirlo sin adornos, porque el resto de esta serie no acaba así.
En febrero de 2025 esa lista se reescribió. La frase sobre las armas ya no está.
Siete años entre la carta y la retirada de la frase. En medio, la misma empresa firmó contratos de computación con ejércitos y con ministerios de defensa de varios países, y la discusión pública sobre aquello duró bastante menos de lo que había durado la de 2018.
III
Yo nunca he firmado nada en el trabajo.
He tenido tres empleos con nómina y en ninguno se me pidió, porque en ninguno hubo nada que firmar; no es una virtud ni un defecto, es que trabajé en sitios donde lo que se decidía no le pasaba a nadie. Lo más parecido a un conflicto que recuerdo fue un cambio de proveedor de café.
Sí he estado en la parte de atrás de esa maquinaria, que es donde está casi todo el mundo. Escribí textos de producto para una empresa que vendía software a otras empresas. No sabía quiénes eran los clientes finales, no pregunté, y el contrato que firmé al entrar tenía una cláusula de confidencialidad de cuatro párrafos que leí en diagonal.
Cobraba dos mil cien euros al mes. Me parecía poco entonces y me sigue pareciendo poco.
De aquella oficina me acuerdo de cosas que no vienen al caso y se quedaron igual. La máquina de agua fría que hacía un ruido de tubería al rellenarse. Una reunión de los lunes a las nueve y media, con números que no dependían de nadie de los que estábamos sentados allí. El sitio donde se guardaban las sudaderas con el logotipo, que se repartían en diciembre y que la gente se ponía.
Nadie discutía nada porque no había nada que discutir a la vista. Eso no es conformidad. Es distancia [más barata de mantener, y no exige ninguna decisión].
La cuestión no es si yo habría firmado la carta. Es que nunca estuve en la sala donde había una carta que firmar, y esa es la situación del noventa y tantos por ciento de la gente que trabaja en esto. El dilema moral tiene un requisito previo y es estar cerca de la decisión.
IV
Por dentro, lo que hace un sistema de esos es más aburrido de lo que parece y por eso funciona.
Un dron graba horas y horas de vídeo de una zona. Un analista humano tiene que mirarlas. El cuello de botella nunca fue la cámara ni el avión: era el número de ojos disponibles y las horas que aguantan mirando una pantalla sin equivocarse, que son pocas.
El sistema recorre el vídeo fotograma a fotograma y dibuja recuadros alrededor de las cosas que se parecen a lo que ha visto antes. Vehículo, edificio, persona, grupo de personas. A cada recuadro le pone un número entre cero y uno [cuánto se parece, no qué es].
No decide nada. Ordena una lista.
Eso es todo, y eso lo cambia todo, porque lo que antes obligaba a mirar diez mil horas ahora obliga a mirar las doscientas que el sistema ha marcado. El humano sigue estando en el circuito; lo que ha cambiado es la velocidad a la que le llegan las cosas y el orden en que se las presentan.
Ahí está el problema que no tiene solución técnica. Un analista que revisa una lista ordenada por un sistema no empieza de cero: empieza mirando lo que el sistema le ha puesto arriba, y la pregunta que se hace no es «qué hay aquí» sino «tiene razón esto». Son dos trabajos distintos, y solo uno de los dos es vigilar.
V
Lo que se ganó en 2018 no fue una prohibición. Fue un texto.
Un principio publicado en una página corporativa no es una cláusula. No lo firma ningún juez, no lo alega nadie ante un tribunal, y se modifica editando un documento. Se parece bastante a un dólar simbólico por una patente, y dura lo mismo — mientras a nadie le convenga cambiarlo.
Lo que sí quedó es otra cosa y es más interesante. Tres mil cien personas descubrieron que se podían contar, y la manera de contarse fue un correo interno con los nombres visibles. La empresa aprendió lo mismo, y lo que hizo en los años siguientes fue gestionar esa posibilidad; reorganizaciones, cambios en las listas de distribución, condiciones nuevas sobre lo que se puede discutir en horario laboral.
El conflicto no se resolvió. Se le quitaron las herramientas.
VI
Contra mí, que es fácil escribir esto desde fuera de esa nómina.
Quien firmó aquella carta tenía algo que perder de verdad, y no era el sueldo. Eran acciones sin consolidar, un visado atado al empleo en bastantes casos [en ese sector, muchísimos], y una carrera entera en un sitio donde todo el mundo se conoce. Yo escribo sobre eso sin arriesgar nada y cobrando por el texto.
Hay una segunda parte peor. La conclusión cómoda de esta historia es que el gesto no sirvió de nada porque la frase acabó borrada. Eso es falso: el contrato no se renovó y aquello fue real durante seis años. Lo que pasa es que un resultado que dura seis años no encaja en ningún relato, ni en el heroico ni en el cínico, y por eso casi nadie lo cuenta.
VII
Vuelvo al correo de abril.
La carta se escribió dentro del sistema de la empresa, con las herramientas de la empresa, en el horario de la empresa, y por eso pudo firmarla tanta gente tan deprisa. Esa facilidad era una propiedad del sitio, no de las personas, y las propiedades de un sitio las decide quien lo administra.
Unos tres mil cien firmantes sobre una plantilla que superaba los ochenta mil.
Una decena de dimisiones.
Un contrato de unos nueve millones de dólares, no renovado.
Seis años y ocho meses entre la publicación de los principios y la retirada de la frase sobre armas.
Mi sueldo cuando escribía textos de producto sin preguntar para quién: dos mil cien euros al mes.