Pieza independiente
Richard Lewontin · 1972, y lo que vino después
El archivo se refutó solo
I
En 1972, Richard Lewontin publicó un artículo de catorce páginas en una revista de biología evolutiva, con un título administrativo — el reparto de la diversidad humana.
La pregunta que se hacía era aritmética. Si se toma toda la variación genética que hay en nuestra especie y se reparte en tres cajones —la que hay dentro de una población, la que hay entre poblaciones de la misma región, y la que hay entre las grandes agrupaciones continentales—, ¿cuánto cae en cada cajón?
Usó los únicos marcadores disponibles entonces — proteínas de la sangre, de diecisiete tipos, en poblaciones de todo el mundo.
El resultado. Alrededor del ochenta y cinco por ciento de la variación está dentro de cada población. Entre poblaciones vecinas hay otro ocho por ciento largo. Y lo que queda para la diferencia entre continentes [la partición sobre la que se construyó todo lo anterior de esta serie] es del orden del seis por ciento.
Dos personas tomadas al azar del mismo pueblo se parecen entre sí, genéticamente, casi tan poco como dos tomadas de continentes distintos.
Dicho de otro modo: el cajón más grande, con mucha diferencia, es el que contiene a los vecinos.
II
El artículo no cerró la discusión y no hay que fingir que lo hizo.
En 2003, un genetista publicó una objeción técnica seria: que mirar marcadores de uno en uno infravalora la información que hay en el conjunto, porque las pequeñas diferencias de muchos genes, tomadas juntas, sí permiten clasificar el origen geográfico de una muestra con alta fiabilidad. Es cierto y está comprobado [el argumento se conoce como la falacia de Lewontin, y el nombre es injusto con los dos].
Pero las dos cosas conviven sin contradicción, y entenderlo es el asunto. Que un algoritmo pueda deducir de dónde vienen tus abuelos no significa que existan tipos discretos. Significa que la variación está distribuida de forma continua y gradual sobre la geografía, con más parecido cuanto más cerca, y que un ordenador puede leer esa gradación.
Lo que no aparece por ninguna parte es una frontera; ni una. No hay un punto del mapa donde algo cambie de golpe, y eso es justamente lo que un tipo necesita para existir.
III
Aquí es donde el asunto se da la vuelta, y es por lo que esta pieza cierra la serie.
El material con el que se ha hecho la genética de poblaciones humanas de las últimas décadas —el que permite reconstruir migraciones, mezclas y rutas— sale en buena parte de las colecciones.
De huesos guardados en cajones con número de entrada. De dientes. De pieles curtidas con arsénico por alguien que no sabía lo que era un gen. Lo mismo que pasó con las pieles de animales extintos, que un siglo después entregaron genomas que nadie sabía que estaba conservando.
Esas colecciones las llenaron, en gran parte, las personas de las que trata esta serie. Todas ellas. Morton compró y pidió cráneos durante veinte años; el ejército recogió los suyos por orden. Los institutos alemanes recibieron cajas desde una guerra colonial.
Las juntaron para demostrar que la humanidad se divide en tipos con caracteres propios.
Y el material que apilaron es el que ha servido para demostrar que no.
Nadie sabía qué estaba guardando. Es la misma frase que vale para la cuaga de 1883 y para una piel curtida en 1860, y vale aquí por la misma razón: lo que se conserva contiene siempre más de lo que se quiso conservar.
IV
La objeción contra mí mismo es evidente y hay que decirla sin suavizarla, porque es la trampa de toda esta pieza.
Que de un archivo mal obtenido salga después un resultado bueno no justifica nada hacia atrás. No convierte a Morton en un precursor involuntario ni redime un solo cráneo sacado de una fosa. Las personas que están en esos cajones siguen estando sin haber dicho que sí, y el hecho de que su ADN haya servido para refutar a quien los puso ahí no les devuelve nada.
La ironía es real y no es una compensación. Son dos cosas distintas que ocurrieron sobre el mismo material.
Y hay una consecuencia práctica incómoda que esta serie no puede resolver: cada vez que se devuelve y se entierra una colección, se pierde información que todavía no se ha extraído. Las dos cosas que hay que hacer se estorban, y cuál pesa más lo tienen que decidir los descendientes y no los museos.
Hay instituciones que han resuelto el conflicto tomando muestra antes de enterrar, con permiso explícito y con el acuerdo de que los datos se destruyen si se pide. Es un apaño y funciona a veces. No siempre se concede, y no tiene por qué concederse.
La pregunta de fondo no es científica y no la puede contestar un laboratorio: es de quién es un cuerpo que lleva ciento cincuenta años en un cajón ajeno.
V
Queda lo que se aprendió, y es más corto que todo lo anterior.
Durante siglo y medio, gente competente midió con instrumentos buenos para encontrar en el hueso una diferencia que estaba en la hoja donde habían decidido las columnas. Cambiaron de material cuando el material fallaba; se incluyeron a sí mismos en la muestra; publicaron sus series y corrigieron sus errores de cálculo.
Nada de eso sirvió, porque ninguna de esas correcciones toca el supuesto, y el supuesto era el error.
Lo que acabó moviéndolo no fue una refutación desde fuera. Fue alguien usando el mismo compás para preguntar si la medida se mantenía entre padres e hijos, y la respuesta, y después medio siglo de datos saliendo del propio archivo.
VI
En los almacenes sigue habiendo cajones. Tienen etiqueta, número de entrada y una procedencia aproximada, y dentro hay personas de las que no se sabe el nombre.
Lo que se sabe hoy es que no se puede saber qué contiene lo que se guarda. El arsénico de 1860 conservó, sin que nadie se lo propusiera, unas cadenas que nadie sabía que existían.
De modo que los cajones de ahora contienen también algo que todavía no sabemos leer, y que alguien leerá.
Esa es la única razón seria para conservar, y no es una razón que le sirva de nada a quien está dentro.
Conviene terminar por donde esta serie empezó, que es con un hombre sentado en una caja de cristal en Londres.
Bentham no está ahí por lo que su cuerpo pueda enseñar. Lo que su cuerpo enseña, y es poco, es la anatomía corriente de un inglés de ochenta y cuatro años muerto en 1832. Está ahí porque dejó escrito que quería estar, y especificó cómo.
Es el único de toda esta serie del que se puede decir en qué consintió. Veinticuatro piezas más tarde sigue siendo el único, y eso no es una conclusión que yo haya sacado: es lo que queda cuando se cuentan los demás.