Pieza independiente

Streptomyces griseus · Rutgers, octubre de 1943

El sótano

I

En octubre de 1943, en el sótano de un edificio de la Universidad Rutgers, en Nueva Jersey, un estudiante de doctorado de veintitrés años aisló de un puñado de tierra un compuesto que mataba al bacilo de la tuberculosis.

Se llamaba Albert Schatz. Trabajaba en el sótano porque arriba no dejaban manipular cepas virulentas de tuberculosis, y trabajaba de noche porque de día atendía las tareas del laboratorio. Cobraba cuarenta dólares al mes [la beca corriente de un doctorando].

Las dos cepas de las que salió el compuesto venían de sitios cotidianos: una de un campo abonado y otra de la garganta de una gallina enferma, en un frotis que le pasó una compañera del departamento de avicultura.

El director del laboratorio se llamaba Selman Waksman y llevaba dos décadas estudiando los microbios del suelo. Había montado un programa sistemático para buscar en la tierra sustancias que mataran bacterias y había acuñado la palabra con la que hoy las llamamos.

En enero de 1944 se publicó el hallazgo. En noviembre de ese año se trató a la primera enferma de tuberculosis y mejoró.

II

Lo que vino después es un asunto de firmas.

Waksman gestionó la patente a través de la fundación de la universidad [la fundación de investigación de Rutgers, creada para eso] y pidió a Schatz que cediera sus derechos, cosa que Schatz hizo; le dijo que las regalías eran insignificantes. No lo eran, y Waksman estaba cobrando un porcentaje.

Schatz se enteró más tarde y demandó. El pleito se cerró fuera de los tribunales en 1950 con un pago de ciento veinticinco mil dólares [de los que el abogado se llevó el cuarenta por ciento], un tres por ciento de las regalías futuras y el reconocimiento legal de que era «codescubridor».

En 1952 el premio Nobel de medicina se concedió a Waksman, solo, por el descubrimiento de la estreptomicina.

La carrera de Schatz no se recuperó. Un investigador que demanda a su director se queda sin cartas de recomendación; acabó dando clases de didáctica de las ciencias, publicó sobre enseñanza y sobre caries dental, y estuvo décadas fuera del campo. Rutgers le dio una medalla en 1994, cincuenta y un años después del sótano.

III

El organismo del que salió aquello no es una bacteria con la forma que uno espera.

Crece en filamentos que se ramifican, como un hongo pequeño, y forma una maraña sobre la partícula de tierra. Cuando se le acaba la comida, las puntas de los filamentos se levantan —fuera del agua, al aire— y producen esporas en cadena, que es lo que le da a la colonia un aspecto polvoriento.

Es lo que se huele cuando llueve sobre tierra seca. Produce una molécula llamada geosmina, y la nariz humana la detecta en cantidades minúsculas; el olor a tierra mojada es, literalmente, el olor de este género.

Un gramo de suelo lleva del orden de mil millones de bacterias [y varios miles de especies distintas]. Una parte considerable son de este grupo. De él han salido alrededor de dos tercios de los antibióticos que se usan en clínica.

IV

Y aquí hay que frenar, porque la frase que sigue sola es falsa.

Se dice que fabrican antibióticos para defenderse de sus competidores. Eso suena razonable y no cuadra con las cantidades: en el suelo, estas moléculas aparecen en concentraciones muy por debajo de las que matan a nadie [cien o mil veces por debajo].

A esas concentraciones bajas, lo que hacen es otra cosa. Se pegan a los mismos sitios de la maquinaria de otras bacterias y alteran qué genes se encienden en ellas, de modo que funcionan como señales dentro de una comunidad apretada. Matar, a las dosis del suelo, no lo hacen.

«Antibiótico» no es una propiedad de la molécula. Es el nombre de lo que nosotros hacemos con ella cuando la purificamos y la concentramos cien mil veces.

Las estirpes que producían esas moléculas dejaron descendencia en un suelo donde eso era útil por las razones que fueran, y nosotros encontramos después una aplicación distinta. El propósito es nuestro. La molécula estaba antes.

V

Lo que enseña este expediente no es que Waksman fuera un ladrón.

Waksman hizo algo real y difícil: montó un método industrial para buscar en el suelo de manera sistemática [criba en serie, protocolo fijo, personal barato], y ese método es lo que produjo la mayor parte de los antibióticos de las dos décadas siguientes. Schatz, solo, no habría tenido ni el programa ni las cepas ni la financiación.

El problema es que un descubrimiento tiene dos partes que no coinciden. Está la infraestructura que hace probable que aparezca algo, y está el par de manos que hizo la placa en la que apareció. Las instituciones reparten el crédito según la primera y los relatos lo reparten según la segunda, y ninguna de las dos reglas es del todo falsa.

Cuando las dos partes son la misma persona, no hay conflicto. Cuando no lo son, hay un sótano.

VI

La objeción me la pongo a mí.

Esta historia tiene un formato que la hace irresistible —el joven contra el jefe, el sótano contra el despacho— y ese formato ya lo he usado en esta misma temporada con una cabaña de paja en Hong Kong. Un patrón que se repite dos veces empieza a ser una plantilla mía y no un hallazgo del archivo.

La diferencia está en el resultado y hay que mirarla. En Hong Kong el que trabajaba peor equipado acertó porque su material estaba menos contaminado: la desventaja produjo el acierto. Aquí no. Aquí el sótano no mejoró nada; el estudiante habría hecho el mismo trabajo en una planta con ventanas, y lo único que el sótano añadió fue que se ocupara él del riesgo.

VII

Al organismo no le pasó nada.

Sigue en la tierra, ramificándose y esporulando, produciendo la misma molécula que en 1943 en las mismas cantidades pequeñas; lo que cambió fue que empezamos a cultivarlo en tanques de decenas de miles de litros y a purificar lo que suelta [la fermentación industrial se montó en dos años].

La primera enferma se llamaba Patricia Thomas, tenía veintiún años y empezó el tratamiento el 20 de noviembre de 1944 en una clínica de Minnesota; le pusieron inyecciones durante meses y las lesiones del pulmón se cerraron. Vivió.

El bacilo contra el que funcionó desarrolló resistencia deprisa. Ya en los primeros ensayos británicos se vio que con el fármaco solo, en pocos meses, la bacteria dejaba de responder, y de ahí salió la regla de combinar varios fármacos a la vez que sigue vigente.

Octubre de 1943, el sótano.

Noviembre de 1944, la primera enferma tratada.

1950, ciento veinticinco mil dólares y un tres por ciento.

1952, el Nobel, para uno.

1994, una medalla, cincuenta y un años después.

Dos tercios de los antibióticos de uso clínico salen de este género; un gramo de tierra lleva mil millones de bacterias dentro.

James Void Voyage · 12.10.2026