Pieza independiente

Jeremy Bentham · Londres, 9 de junio de 1832

El único que lo pidió

I

Llovía. El 9 de junio de 1832, en una sala de la calle Webb, en Londres, un grupo de invitados se sentó a ver cómo abrían a un hombre que llevaba tres días muerto.

El que sostenía el cuchillo era Thomas Southwood Smith [médico, higienista y amigo del difunto]. Antes de empezar leyó una alocución sobre la utilidad de los cuerpos para la enseñanza. Se cuenta que le temblaba la voz y que fuera tronaba.

El muerto era Jeremy Bentham, ochenta y cuatro años, y aquello no le estaba pasando. Lo había pedido él, por escrito, nueve días antes de morir.

II

El testamento es específico de un modo que incomoda leerlo.

Dispone que el cuerpo se entregue a Southwood Smith para su disección pública; que la lección se anuncie; que asistan quienes quieran aprender. Hasta ahí es una donación.

Lo que viene después no lo es. Dispone que el esqueleto se vuelva a montar, que se rellene con heno hasta recuperar el volumen del cuerpo, que se vista con su propia ropa [el traje que usaba, el sombrero de paja, el bastón que llamaba Dapple] y que se siente en su silla, en la postura habitual de trabajo, dentro de una caja con frente de cristal.

Le puso nombre al resultado. Lo llamó auto-icono y escribió un opúsculo explicando el término; un hombre es su propio mejor retrato, y una vez muerto no hay razón para sustituirlo por mármol.

La caja está hoy en el University College de Londres. Cualquiera puede ir a verla, que era la idea.

III

La única parte que salió mal fue la cabeza.

Bentham quería conservarla, y Southwood Smith intentó un procedimiento del que había leído — extraer los fluidos bajo campana de vacío, sobre ácido sulfúrico, sin calor. El método funcionó en el sentido técnico. Los tejidos se mantuvieron.

Lo que quedó, sin embargo, era insostenible de mirar. La piel se oscureció hasta el pardo, los labios se retrajeron y la expresión se fijó en algo que no se parecía a ninguna cara humana en reposo. Se encargó entonces una de cera, con los ojos de cristal que el propio Bentham había comprado años antes y llevaba en el bolsillo — para que estuvieran listos.

La cabeza verdadera estuvo durante décadas en el mismo mueble, a sus pies. Los estudiantes la robaban por deporte, y hubo al menos una ocasión en la que se pidió un rescate. Acabó en una cámara con llave y volvió a exhibirse, en su propia vitrina y aparte, en 2020.

Es la parte del asunto que todo el mundo recuerda, y es la menos importante.

Conviene además decir qué no es. No es una momia y no es un cuerpo conservado: el auto-icono es un esqueleto limpio, articulado con alambre, acolchado con heno y paja hasta recuperar el volumen que tenía el hombre vivo. Lo que se ve bajo la ropa es relleno.

De Bentham quedan los huesos, la ropa, el bastón y la cabeza aparte. Todo lo demás es montaje, y él lo especificó así.

IV

Porque lo que hay que preguntarse es por qué un hombre que no creía en el alma ni en la resurrección dedicó su última disposición a un montaje de este tipo.

No fue excentricidad. Fue propaganda, en el sentido recto de la palabra, y hay que mirar lo que estaba en juego aquel año.

En Gran Bretaña, hasta 1832, la única fuente legal de cuerpos para las escuelas de anatomía eran los asesinos ejecutados. La ley lo había establecido así en 1752, como agravante de la pena; al condenado se le colgaba y después se le negaba la sepultura entregándolo a los cirujanos. La disección era, literalmente, parte del castigo.

El problema aritmético es evidente. Las escuelas de Londres y Edimburgo necesitaban cientos de cuerpos al año y los patíbulos no daban para tanto, así que apareció un oficio. A los que desenterraban se les llamaba hombres de la resurrección, cobraban por pieza y los cirujanos pagaban sin preguntar.

V

En 1828 el oficio dio un paso lógico.

William Burke y William Hare, en Edimburgo, calcularon que desenterrar era trabajoso y que había una manera más directa de conseguir mercancía fresca. Mataron a dieciséis personas en diez meses, por asfixia, eligiendo a gente que nadie iba a reclamar — inquilinos, mendigos, una mujer con discapacidad a la que conocían por el nombre.

Vendían los cuerpos a Robert Knox [anatomista de prestigio, con la escuela privada más concurrida de Edimburgo] a entre siete y diez libras la pieza. Knox no fue procesado.

Hare declaró contra su socio y salió libre. A Burke lo ahorcaron en enero de 1829 ante una multitud enorme, y la sentencia incluía la cláusula de 1752: su cadáver fue diseccionado públicamente al día siguiente, en la Universidad de Edimburgo, por el profesor de anatomía.

Su esqueleto sigue allí, en el museo de anatomía de la universidad. Se puede visitar.

De su piel se curtieron además varios objetos, y al menos una cartera de bolsillo se conserva catalogada. El hombre que vendía cuerpos acabó convertido en los dos productos del oficio: el esqueleto de enseñanza y el souvenir.

VI

Ése era el estado de la cuestión cuando Bentham redactó su testamento, y Southwood Smith llevaba años haciendo campaña por cambiarlo.

La Ley de Anatomía se aprobó el 1 de agosto de 1832, ocho semanas después de aquella disección bajo la lluvia. Resolvió el problema de la oferta y resolvió el de los asesinatos, y lo hizo de la única manera que el Parlamento consideró viable, que fue autorizar el uso de los cuerpos no reclamados.

Es decir: de quien moría en un asilo, en una casa de trabajo o en un hospital de pobres sin nadie que pagara el entierro.

La disección dejó de ser un castigo por asesinato y pasó a ser una consecuencia de la indigencia. Durante el siglo siguiente, los cuerpos de las mesas de anatomía británicas fueron abrumadoramente los de quienes habían muerto sin medios, y el miedo a acabar en una de esas mesas se convirtió en un motivo real para que la gente pagara seguros de entierro que no podía permitirse.

La objeción honesta es que la ley funcionó en lo suyo. Dejaron de desenterrarse cadáveres y dejaron de aparecer Burkes. Juzgarla desde aquí, con el calendario a favor, es barato.

Pero el cambio se puede decir en una frase sin juzgar nada: antes, para acabar en la mesa, había que haber hecho algo. Después, bastaba con no tener a nadie.

VII

Y por eso la caja de la calle Gower es lo que es.

Hay dentro un hombre vestido con su propia ropa, sentado como se sentaba; que dejó por escrito cada paso del procedimiento, eligió el método, encargó los ojos con antelación y le puso nombre al resultado.

Es, en todo lo que vino después —en los almacenes, en los cajones numerados, en las colecciones que todavía se están contando—, el único que lo pidió.

La ley que lo hizo posible la firmó el mismo verano.

James Void Voyage · 12.10.2026