Pieza independiente
Yersinia pestis · Hong Kong, junio de 1894
La choza
I
En junio de 1894, en Hong Kong, dos equipos buscaban el mismo bacilo en la misma epidemia y a doscientos metros uno del otro.
Uno era japonés y lo dirigía Kitasato Shibasaburō, que se había formado en Berlín con Robert Koch [seis años en su laboratorio], que había aislado el bacilo del tétanos y que llegó con equipo, ayudantes y una reputación enorme. Las autoridades británicas le dieron laboratorio dentro del hospital y acceso inmediato a los cadáveres.
El otro era un suizo de treinta años llamado Alexandre Yersin, médico del Instituto Pasteur, que llegó unos días después y se encontró con que el reparto ya estaba hecho. Le autorizaron a levantar una cabaña de paja y barro pegada al muro exterior del hospital [con permiso escrito del gobierno inglés]; ahí montó el microscopio. No tenía ayudantes.
Para conseguir cuerpos tuvo que pagar a los marineros ingleses que se encargaban del depósito.
Los dos anunciaron el hallazgo en el mismo mes. Durante ochenta años se habló de «descubrimiento simultáneo» y de dos nombres.
II
No fue simultáneo, porque uno de los dos no estaba describiendo lo mismo.
Yersin escribió que su bacilo era gramnegativo: no retiene el colorante de la prueba de Gram y se ve del color de contraste. Kitasato sostuvo que el suyo era grampositivo. Esa prueba distingue dos tipos de pared bacteriana y no admite término medio [o retiene el violeta o no lo retiene], de modo que uno de los dos tenía en la platina un organismo distinto.
Hay más: Kitasato describió cocos en parejas cuando miraba sangre y bastones cuando miraba el bubón [dos formas para el mismo agente], y esa inconsistencia es la firma de un cultivo contaminado.
Lo que casi con seguridad tenía era un neumococo, que es grampositivo y que aparece en parejas, y que estaba ahí porque muchos enfermos de peste mueren con una infección añadida en el pulmón. Un cadáver fresco de hospital, abierto a tiempo y en un laboratorio bien equipado, trae dentro más de una cosa.
Yersin, que trabajaba en una cabaña y con cuerpos que le pasaban por dinero, sacaba el material del bubón, que es donde el bacilo está casi puro.
La ventaja del otro fue el problema del otro.
III
Este organismo no viene de la peste. Viene del intestino y lleva menos de veinte mil años en su forma actual.
Su pariente más próximo es una bacteria que se coge con la comida y produce un cuadro digestivo pasajero. En algún momento perdió genes, ganó tres plásmidos [anillos de ADN sueltos, aparte del cromosoma] y cambió de sitio, y esa variante no se transmite por la boca: se transmite por la sangre de un animal a otro con una pulga en medio.
Dentro de la pulga ocurre lo que decide la historia entera: el bacilo se multiplica en el buche del insecto y forma una masa que tapona el paso, la pulga deja de poder tragar, se queda con hambre permanente y pica una y otra vez, y en cada intento regurgita parte de lo que lleva dentro de la herida.
No hay táctica en eso. Las estirpes que producían la sustancia que forma el tapón se transmitieron y las que no la producían se quedaron en la pulga; el insecto, bloqueado, se muere de hambre en unos días.
Lo que en un cuerpo humano hace el resto es una proteína que impide que los glóbulos blancos se lo traguen, más un mecanismo que inyecta moléculas dentro de la célula defensora y la desarma antes de tocarla.
IV
El bacilo se identificó en 1894. Cómo llegaba de un cuerpo a otro se explicó cuatro años después y tardó una década en aceptarse.
En 1898, en Karachi, un médico francés del Instituto Pasteur llamado Paul-Louis Simond propuso que el transmisor era la pulga de la rata. La idea se recibió mal en los dos lados del Canal y se le acusó de fantasear; el mecanismo no se aceptó del todo hasta que una comisión británica lo confirmó años después [trabajó en Bombay a partir de 1905].
Simond tenía razón. Falta la otra mitad, que se ha revisado hace poco con los cuadernos delante.
Su experimento consistía en tres ratas sanas. Una murió de peste. No informó de las dos que sobrevivieron, no informó de que en el montaje las pulgas podían escaparse del tarro, y no citó que un año antes un bacteriólogo japonés, Ogata, había mostrado que las pulgas machacadas de una rata enferma transmitían la enfermedad.
De modo que el que acertó presentó una prueba floja y calló lo que la debilitaba. El que se equivocó tenía el mejor laboratorio de la ciudad.
V
Lo que enseña este expediente no es que la ciencia sea injusta, que es la conclusión cómoda.
Es que el registro no es una contabilidad de quién tuvo razón. En 1894 ganó la fama; el nombre del género tardó setenta y seis años en asignarse, cuando en 1970 se reclasificó y se le puso el apellido del de la cabaña. El asunto de si hubo o no un «codescubridor» se discutía todavía en revistas de historia de la medicina en los años setenta.
Y el que acertó en lo del transmisor no acertó por rigor. Acertó por tener delante un patrón que otros no miraban —ratas muertas en la calle antes que personas enfermas en la casa— y después montó deprisa un experimento que no habría pasado ninguna revisión moderna.
Son dos operaciones distintas. Tener razón y demostrarlo bien no siempre las hace la misma persona.
VI
La objeción es que todo esto se cuenta mejor de lo que se vivió.
En junio de 1894, en Hong Kong, había mil quinientos muertos en dos meses, barrios enteros desalojados a la fuerza y casas quemadas por orden militar. Los dos equipos trabajaban con quince horas de calor, sin refrigeración y con material que se estropeaba. Kitasato no era un charlatán: era uno de los mejores bacteriólogos vivos, y su error fue el de cualquiera que mira una muestra mezclada sin saber que está mezclada.
La escena limpia —el hospital contra la choza, el prestigio contra el mérito— es una figura que ordena los hechos después. Ninguno de los dos sabía, mientras trabajaba, en cuál de los dos papeles estaba.
VII
Ella no cambió de conducta en ningún momento de todo esto.
Siguió pasando de la rata a la pulga y de la pulga al hombre, en Hong Kong, en Bombay y en los puertos a los que llegaron los barcos, durante la pandemia que empezó en aquella década y que se llevó unos doce millones de personas en la India [entre 1896 y 1930]. Que en 1894 se la viera por primera vez en un microscopio no alteró nada de eso. No se enteró.
Sigue estando en poblaciones de roedores de varios continentes. Cada año se declaran unos cuantos cientos de casos humanos y se tratan con antibióticos, y el que llega tarde se muere igual que en 1894.
Dos meses entre los primeros muertos de Hong Kong y los dos anuncios.
Cuatro años hasta la pulga; una década hasta que la pulga se aceptó.
Tres ratas en el experimento que lo demostró, y dos sobrevivieron.
Setenta y seis años desde el hallazgo hasta que el género llevó el nombre del que acertó.
Mil quinientos años de epidemias anteriores a la primera vez que alguien la vio.