Pieza independiente

Deinococcus radiodurans · Corvallis, Oregón, 1956

La lata

I

En 1956, en una estación agrícola de Corvallis, Oregón [experimental, dependiente de la universidad del estado], se irradiaron latas de carne para ver si la radiación servía para conservarlas.

El procedimiento consistía en meter la lata cerrada en un campo de rayos gamma y darle una dosis muy por encima de lo que se sabía que mataba a cualquier bacteria conocida. Después se guardaba y se esperaba.

Algunas latas se pudrieron.

Un investigador llamado Arthur Anderson abrió las que se habían estropeado y aisló de dentro un coco rosado [el color viene de un pigmento del grupo de los carotenos] que estaba vivo después de cuatro mil grays, que es una dosis mil veces superior a la que mata a una bacteria intestinal corriente y ochocientas veces la que mata a una persona.

Se describió ese mismo año; se le cambió el género en 1981 y el nombre que quedó significa, traducido, «baya extraña que aguanta la radiación».

II

Lo que falló ahí no fue una hipótesis. Fue una cifra escrita en una norma.

La industria conservera trabajaba con dosis de esterilización calculadas a partir de las curvas de muerte de los microorganismos que se conocían. Se mide cuánta radiación hace falta para reducir una población a la décima parte, se multiplica por un margen de seguridad y sale un número [en conservas el margen es grande]; ese número se pone en una especificación y a partir de ese momento la esterilidad deja de comprobarse y se supone.

Es una manera correcta de trabajar. Todo el control de calidad industrial funciona así, porque comprobar cada lote es imposible.

El problema de un número de ese tipo es éste: resume una población de referencia. Vale solo para lo que estaba dentro de la muestra con la que se calculó, y no dice nada de lo que no estaba.

La lata podrida no refutó ninguna teoría. Refutó una cifra, que es más difícil de refutar, porque una cifra en una norma no parece una afirmación sobre el mundo: parece un dato administrativo.

III

Lo que la radiación hace a una célula es romperle el ADN por los dos lados de la doble hebra.

Una rotura de ésas es el daño más grave que existe para una célula, porque los dos extremos quedan sueltos y sin plantilla para saber cómo volver a unirlos. Una bacteria corriente muere con unas pocas [dos o tres bastan]. Una célula humana, con un puñado.

En este organismo, cuatro mil grays producen del orden de doscientas roturas, y el genoma queda hecho pedazos.

Lo que pasa después ocupa unas horas y se puede seguir en un gel. Los trozos se van juntando por los extremos que coinciden —hay varias copias del genoma dentro de la misma célula— y los fragmentos de una sirven de plantilla para los de otra; en tres o cuatro horas el cromosoma está entero otra vez y la célula se divide.

La pieza que casi nadie cuenta es que el truco principal no está en la reparación. Está en que sus proteínas no se estropean durante la irradiación: acumula manganeso [el metal, en complejos pequeños con fosfato y péptidos] en una forma que neutraliza lo que la radiación produce alrededor, de manera que las máquinas de reparar siguen funcionando cuando en cualquier otra célula ya estarían oxidadas y muertas.

Se repara porque las herramientas de reparar sobrevivieron. Eso es todo.

IV

Aquí hay una pregunta que tienta a contestar mal.

En la Tierra no existe ningún sitio con cuatro mil grays. No hay ambiente natural que seleccione la resistencia a una dosis que ningún organismo va a recibir nunca, de modo que la explicación por la radiación no se sostiene y hay que buscar otra.

La otra explicación es ésta: la sequedad. Cuando una célula se deseca [y un suelo seco es el ambiente más común del planeta], el ADN se fragmenta de una manera muy parecida a como lo fragmenta la radiación, y las proteínas se oxidan igual. Las estirpes que sobrevivían a secarse y volver a mojarse dejaron descendencia en suelos y superficies expuestas; lo de los rayos gamma vino de regalo, porque el daño es el mismo y la maquinaria que lo arregla no distingue de dónde viene.

No hay nada preparado para nada. Hay una avería frecuente, una reparación que funcionaba y una coincidencia entre dos causas distintas del mismo destrozo.

V

Lo que se descubrió en aquella lata no fue un organismo resistente. Fue el borde de la muestra con la que se había hecho la norma.

Ese borde es la parte general de esta historia, y aparece siempre igual. Se estudia lo que se tiene, se calcula un límite con lo que se ha estudiado, se escribe el límite en un documento y el documento se aplica a todo lo que existe, incluido lo que no estaba en la lista.

La corrección, cuando llega, no llega de un laboratorio. Llega de un producto que se estropea, de un paciente que no mejora o de un puente que se mueve.

No hay manera de blindarse del todo. Un límite es siempre un resumen de lo conocido, y lo desconocido no tiene la obligación de parecerse.

VI

La objeción es que el caso se ha contado mil veces como una hazaña y no lo es.

El organismo no vive en reactores ni prospera en el espacio; es un microbio corriente —de suelo, de excrementos, de agua, de superficies secas— que crece despacio y no compite bien con nadie. Su fama viene de una prueba de laboratorio que no se parece a nada que le ocurra a diario.

El mote con el que se lo conoce en los periódicos, «Conan la bacteria», hace el trabajo al revés que esta serie: lo convierte en un personaje con voluntad de resistir, cuando lo que hay es una célula con varias copias de su propio texto y una química que protege las herramientas.

Lo del espacio, además, es una prueba a la inversa. Se lo ha expuesto al exterior de una estación orbital [tres años, en un experimento japonés] y una parte sobrevive, y eso no dice que venga del espacio ni que vaya: dice que la desecación y el vacío rompen lo mismo.

VII

La lata no formaba parte de ningún experimento sobre ella.

Era una prueba de conservación de alimentos, encargada para saber si se podía vender carne irradiada, y el hallazgo apareció como un fallo del producto. Alguien abrió una lata mal, olió mal y en vez de tirarla la sembró en una placa.

Cuatro mil grays en la lata.

Cinco grays matan a una persona; sesenta, a una bacteria intestinal.

Doscientas roturas de la doble hebra, y tres o cuatro horas para volver a montarlo.

Veinticinco años desde que se aisló hasta que se le dio el género con el que se la nombra hoy.

El número que decía que aquella dosis esterilizaba llevaba años en la norma y no se había comprobado nunca contra lo que no estaba en la lista.

James Void Voyage · 12.10.2026