Pieza independiente

Samuel George Morton · Filadelfia, 1839

Primero semilla, después plomo

I

El procedimiento es sencillo y cualquiera puede repetirlo.

Se tapona con algodón el agujero occipital, que es por donde entra la médula. Se llena la cavidad craneal por ese agujero con una sustancia granulada, sacudiendo y golpeando ligeramente hasta que no admite más. Se vacía después el contenido en una probeta graduada y se lee el volumen [Morton lo anotaba en pulgadas cúbicas].

Samuel George Morton, médico de Filadelfia, lo hizo con unos novecientos cráneos. Era la mayor colección de cráneos humanos del mundo, y en su época la llamaron el Gólgota americano.

La sustancia que usó primero fue semilla [las fuentes no coinciden en cuál; lo habitual es leer mostaza blanca]. Después la cambió por perdigón de plomo.

II

El cambio no es un detalle de intendencia; es la parte del asunto donde el oficio se ve.

La semilla es ligera, irregular y compresible. Dos personas llenando el mismo cráneo obtienen cifras distintas según la fuerza con que sacudan, y la misma persona obtiene cifras distintas en días distintos. Morton lo notó y lo escribió.

El perdigón de plomo es duro, esférico y pesa. Se asienta solo y no se deja comprimir, de modo que la medida deja de depender del pulso del que mide. Al cambiar de material, Morton volvió atrás y remidió.

Eso es buena práctica experimental y hay que decirlo antes de seguir. Detectó una fuente de variabilidad en su propio instrumento, la aisló, la corrigió y rehízo el trabajo, que es más de lo que hacen muchos.

El resultado lo publicó en 1839, en un volumen grande con láminas, bajo el título Crania Americana. En las tablas, junto a los volúmenes, puso una clasificación por grupos y una media para cada grupo.

El orden de esas medias es el que todo el mundo recuerda.

Conviene fijarse en la secuencia, porque es donde está lo incómodo. Primero publicó. Después cambió al material bueno y volvió a medir.

De modo que la pregunta que tenía delante no era si su instrumento servía: era qué se hace con unas cifras que ya están impresas cuando uno las vuelve a tomar mejor. Esa pregunta reaparece, con otros protagonistas, ciento cuarenta años más tarde.

III

Ciento cuarenta años después, en 1978, Stephen Jay Gould publicó un artículo sosteniendo que las cifras estaban amañadas.

Su tesis era precisa y por eso resultó demoledora. No decía que Morton mintiera: decía que había cometido una larga serie de errores pequeños —inclusiones y exclusiones de submuestras, medias mal calculadas, grupos mezclados— y que todos los errores apuntaban en la misma dirección, la de lo que esperaba encontrar. Lo llamó amaño inconsciente, y el libro que lo recogió en 1981 se convirtió en lectura obligatoria.

En 2011, un equipo volvió al sótano del museo de Filadelfia y midió otra vez. Rehicieron cerca de la mitad de los cráneos que se conservan, con perdigón, siguiendo el método original.

Encontraron que las medidas de Morton eran, en lo esencial, correctas. Sostuvieron además que la revisión de Gould contenía sus propios errores, y que algunos de los sesgos que le atribuía no aparecían en los datos.

Aquello no cerró nada. Vinieron después réplicas sosteniendo dos cosas — que el equipo de 2011 había exagerado el alcance de su resultado, y que varias de las objeciones de Gould seguían en pie. La discusión sigue abierta, y conviene contarla abierta; hay dos fechas y no hay sentencia.

IV

Lo que nadie discute es lo que de verdad importa, y curiosamente es lo que menos se cita.

Las medidas de Morton, aceptadas como buenas, no sostienen su conclusión. No la sostienen por una razón que no tiene nada que ver con la honradez de quien midió.

La capacidad craneal varía con el tamaño del cuerpo, y el tamaño del cuerpo varía con el clima, con la alimentación de la infancia y con el sexo. Si en un grupo hay más mujeres que en otro, el grupo con más mujeres saldrá por debajo, y la diferencia no dirá nada sobre nada. Si en un grupo hay poblaciones de latitudes altas, saldrán por encima — por la misma razón por la que los cuerpos son más corpulentos donde hace frío.

Morton no corrigió por ninguna de esas cosas, y agrupó poblaciones muy distintas bajo etiquetas muy anchas.

De modo que el error no está en la probeta. Está un paso antes, en la decisión de qué cosas van juntas en la misma columna.

Esa decisión la tomó cuando empezó, antes de llenar el primer cráneo, y el instrumento no tiene manera de avisar de que la ha tomado mal. Una medición impecable de categorías equivocadas produce números exactos y falsos.

Hay además una comprobación que el propio material permite y que conviene nombrar. El perdigón mide un hueco, y un hueco no tiene opinión: cualquiera puede ir hoy al sótano, llenar el mismo cráneo y comparar su cifra con la que Morton anotó en su cuaderno. Eso es lo que se hizo en 2011 y por eso la disputa sobre las medidas se pudo cerrar en parte.

Lo que no se puede volver a medir es la decisión de agrupar. No hay instrumento para eso.

V

La colección sigue en el sótano del museo de Pensilvania.

En 2020, la universidad anunció que la retiraba del uso docente y de la exhibición. En 2021 se hizo público que contenía cráneos de personas esclavizadas traídos de Cuba, y de medio centenar de habitantes negros de Filadelfia sacados de una fosa común del siglo XIX. Ninguno de ellos había dejado nada escrito.

Hubo entonces una discusión larga sobre qué hacer con aquello, y es la misma discusión que recorre esta serie: si se entierra, se pierde un material que hoy responde preguntas que Morton no sabía formular; si se conserva, se mantiene en un estante a gente que nunca dijo que sí.

Parte de la colección se enterró. Parte sigue donde estaba.

La discusión no se resolvió bien ni mal: se resolvió a trozos, que es como se resuelven estas cosas cuando ninguna de las dos opciones es limpia.

VI

Queda el procedimiento, que es donde empezamos.

Un hombre tapona un agujero con algodón, vierte perdigón, sacude, vuelca en una probeta y anota. Lo repite novecientas veces a lo largo de años, anotando cada cifra a mano en un cuaderno que todavía se conserva; los cuadernos son lo que permitió revisarlo. Cuando descubre que el material falseaba la lectura, cambia de material y empieza de nuevo.

Es exactamente lo que se le pide a alguien que mide. Por eso la pieza es ésta y no otra. Si el error estuviera en la probeta, bastaría con una probeta mejor.

El error estaba en la hoja donde decidió qué columnas iba a comparar, y esa hoja la escribió antes de tocar el primer cráneo.

James Void Voyage · 12.10.2026